Diario de Amparo Jiménez, Madrid
Es buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella? Y solo le pagas ciento cincuenta euros al mes. Amparo, si hasta le hemos puesto el piso a su nombre.
Hoy me desperté antes de que la luz del alba entrara por la ventana. Julio seguía dormido, así que fui a la otra habitación, despacio, en zapatillas, con el taciturno resplandor de la lamparita de noche iluminando sus rasgos. Observé sus párpados cerrados y escuché su respiración serena. Me arrodillé a su lado. Parece que todo está bien, pensé.
Luego regresé a la cocina, abrí el bote de leche y me serví un poco. Me pasé por el baño y, al volver a mi cuarto, me tumbé de nuevo, aunque el sueño ya no quiso volver.
Ya tenemos noventa años los dos, Julio y yo me dije. ¿Cuánto llevamos vividos? Pronto, cuando Dios quiera, y aquí no queda nadie cerca.
Nuestras hijas… Carmen ya no está, no llegó ni a cumplir los sesenta. Luis, tampoco. Bastante le gustaba la fiesta… Y la nieta, Claudia, esa lleva casi veinte años en Alemania. Ni se acuerda de los abuelos. Hasta tendrá hijos ya crecidos…
Sin sentirlo, me quedé dormida.
Me sobresaltó el roce de una mano.
¿Julio, estás bien? escuché su voz, suave como siempre.
Abrí los ojos. Se había inclinado sobre mí.
¿Qué pasa, Amparo?
Nada, que parecía que te habías quedado tieso.
¡Todavía respiro! Anda, vuelve a la cama.
Oí sus pasos arrastrados, el clic de la luz en la cocina.
Bebió agua, fue al baño y regresó a su habitación. Se tumbó en la cama, suspirando.
A este ritmo reflexionó, un día me despertaré y no estarás. ¿Qué haré entonces? Aunque igual soy yo quien se va antes.
Ya incluso hemos dejado todo preparado para el funeral, algo que jamás pensé que se pudiera organizar con tanta antelación. Pero mejor así; quién va a ocuparse si no.
La nieta se olvidó de nosotros hace mucho. Solo la vecina Inés viene de vez en cuando. Tiene llave. Julio le da parte de nuestra pensión, y ella hace la compra, o lo que hace falta. ¿Para qué queremos tanto dinero? Y ya ni bajamos solos desde el cuarto piso.
Me despertaron los rayos cálidos del sol colándose por la ventana. Julio salió al balcón y contempló el laurel del jardín vecino. Se le dibujó una sonrisa.
¡Mira, Amparo, hemos llegado a ver otro verano más!
Me animó a salir. Yo apenas podía incorporarme: qué poco fuerza me queda ya.
Vamos, vamos insistió, sujetándome por los hombros.
Ya en el balcón, vi las hojas verdes del laurel. La luz y el calor me envolvieron unos instantes.
¿Recuerdas la primera vez que me invitaste al cine? Cuando íbamos aún al instituto. El laurel también estaba verde aquel día.
¿Cómo olvidarlo? Han pasado más de setenta años desde entonces.
Setenta y cinco, exactamente…
Nos pusimos a evocar tiempos pasados, aquellos de juventud que nunca se borran, aunque muchas otras cosas se pierdan con los años.
Uy, se nos ha hecho tarde dije, poniéndome en pie. ¡Y sin desayunar!
Prepara un té bueno, Amparo, ya estoy harto de esas infusiones.
Sabes que no nos conviene.
Hoy hazlo flojito y con un poquito de azúcar.
Así, mientras desayunábamos pan con queso y ese té tan suave, recordé los desayunos de aquellos años, cuando el té era fuerte y dulce, y el pan iba acompañado de magdalenas o churros.
Entró Inés, la vecina, con una sonrisa:
¿Cómo andáis?
¿Qué asuntos puede tener un par de nonagenarios? respondió Julio, con sorna.
Si tienes ganas de bromear, es que no estáis tan mal. ¿Os traigo algo del mercado?
Tráenos pollo, Inés pidió Julio.
Que eso no podéis comer…
Pollo sí.
Vale, os haré una sopita de pollo y fideos.
Recogió la mesa y fregó los platos antes de salir.
Julio me invitó a salir otra vez al balcón. Allí el tiempo parecía detenerse, rodeados de silencio y de luz.
A media mañana volvió Inés:
¿Os apetece polenta? Enseguida os traigo un plato al sol, y me pongo con la sopa para el almuerzo.
Qué buena mujer dijo Julio, mirándola marcharse. Sin ella, ¿qué haríamos?
Y solo le pagas ciento cincuenta euros al mes.
Amparo, la hemos puesto como heredera del piso.
Ella no lo sabe todavía.
Permanecimos en el balcón hasta la hora de comer. La sopa de pollo estaba deliciosa, con trocitos de carne y patata machacada.
Así se la hacía siempre a Carmen y a Luis de pequeños comenté, con una punzada de añoranza.
Ahora, en la vejez, es una extraña la que nos cocina suspiró Julio.
Será nuestro destino. Y cuando ya no estemos, ni una lágrima caerá por nosotros.
Basta, Amparo, no hablemos de tristezas. Vámonos a descansar un rato.
Siempre lo han dicho: Niño y viejo, dos veces en la vida. Al final, todo se reduce a sopa, siesta y merienda.
Dormité un poco, aunque el cuerpo no encontraba reposo. Tal vez cambiaba el tiempo. Fui a la cocina y ahí estaban dos vasos de zumo preparados por Inés.
Los llevé, despacio y con cuidado, a la habitación de Julio. Lo encontré mirando pensativo por la ventana.
¿En qué piensas, Julio? le pregunté, ofreciéndole el zumo.
Bebió un sorbo.
¿Tampoco puedes dormir?
El tiempo está raro.
Esta mañana no me siento bien, Julio le confesé, bajando la voz. Me queda poco, lo sé. Cuídame bien cuando llegue el momento.
No digas eso, Amparo. ¿Qué haré sin ti?
Uno de los dos se irá primero, siempre es así.
Deja, vamos al balcón.
Y allí nos quedamos hasta el anochecer. Inés preparó unas tortitas de queso para cenar. Tras comer, nos sentamos frente al televisor, como cada noche. Ya no entendemos las películas nuevas, así que vemos las comedias antiguas, incluso dibujos animados.
Esa noche solo vimos un dibujo antes de que el cansancio me rindiese.
Me voy a la cama, Julio. Hoy estoy muy cansada.
Yo también. Déjame mirarte bien me dijo de repente.
¿Para qué?
Solo quiero mirarte.
Nos quedamos un buen rato así, viéndonos, recordando tal vez nuestra juventud, cuando todo estaba aún por vivir.
Te acompaño hasta la cama le ofrecí.
Se aferró a mi brazo. Caminamos despacito, cuidando cada paso.
Le arropé con cariño. Fui a mi cuarto, pero sentía el corazón apretado y el sueño se resistía.
Me pareció que no había pasado ni un momento, pero el reloj marcaba las dos de la mañana. Fui a ver a Julio.
Él tenía los ojos abiertos.
Amparo, Amparo… le llamé, cogiéndole la mano.
Am-pa-ro…
De repente, a mí también me faltó el aire. Llegué a mi habitación y, casi sin fuerzas, coloqué los papeles y el testamento sobre la mesa.
Volví junto a Julio. Le miré largamente el rostro. Luego, me tumbé a su lado y cerré los ojos.
Soñé que veía a mi Julio, joven y apuesto, como hacía setenta y cinco años. Caminábamos hacia una luz lejana. Corrí hacia él, cogí su mano y juntos avanzamos.
Por la mañana, Inés entró en la habitación. Nos encontró tumbados lado a lado, con la misma sonrisa de felicidad grabada en la cara.
Por fin, Inés llamó a emergencias. El médico revisó la escena, negó con la cabeza y murmuró:
Se han ido juntos. Debieron amarse mucho
Se los llevaron. Inés, agotada, cayó en una silla junto a la mesa. Al ver los papeles y el testamento a su nombre, apoyó la cabeza en los brazos y, por primera vez en mucho tiempo, lloró desconsoladaEn el silencio del piso, la luz del amanecer se coló por las cortinas, bañando los rostros serenos de los ausentes. La vieja taza de té aún templaba sobre la mesa. Inés contempló la estancia, escuchando el eco de risas antiguas y pasos quedos; una brisa suave agitó las cortinas, como si el aire mismo quisiera despedirse de Amparo y Julio.
Afuera, el laurel brillaba bajo el sol, igual de verde que en aquellos recuerdos de juventud. Inés, con manos temblorosas, ordenó los papeles y vio, entre ellos, la esquela que habían dejado preparada junto a unas palabras escritas de puño y letra de Amparo:
Para la buena Inés, que siempre estuvo.
Las lágrimas rodaron silenciosas por las mejillas de Inés, pero en su corazón brillaba un agradecimiento cálido, como una llama pequeña y firme. Abrió las ventanas y dejó entrar la luz y el murmullo de la ciudad, sintiéndose menos sola.
En algún rincón del viejo piso, la risa de los abuelos pareció resonar un instante, lejana y cercana a la vez.
De aquel hogar sencillo solo quedaba el aroma a sopa y la certeza de una vida compartida hasta el final. Y, en el balcón, el laurel susurró al viento, testigo de un amor que ni la muerte pudo separar.







