Das saltos por el mundo como una cabra
Vamos a liarla tú y yo, ya lo verás, Rebeca exclamaba Teresa, agitando los brazos desde el alféizar de su cuarto en la residencia universitaria. Tú acabarás en consultoría, yo en marketing y ¡pam! montaremos nuestra propia agencia. ¡Lo tenemos todo por delante!
Rebeca levantó la vista de sus apuntes y soltó una carcajada, echando hacia atrás su espesa trenza.
Tere, tenemos los exámenes la semana que viene y tú ya montando un imperio.
¿Y qué? ¿No podemos soñar un poco? Teresa saltó del alféizar y se dejó caer junto a ella en la cama más hundida que un sofá viejo del pueblo. En serio, Rebe. Nosotras no somos como esas gallinas de clase. Somos listas. Seguro que nos abrirán las puertas.
Rebeca dejó el bolígrafo y miró a su amiga: despeinada, con una camiseta antigua, pero los ojos llenos de fuego. Y en ese momento, sin saber por qué, le creyó a ciegas.
Nos abrirán las puertas, claro que sí murmuró casi sin voz…
Diez años pasaron volando, como quien dice, en un suspiro…
…Rebeca se dejó la piel, y las muelas, y algo de alma. Prácticas en una multinacional, noches en vela con informes, inglés de negocios a las siete de la mañana, chino los domingos. Foros, conferencias, networking hasta aburrir. Subía peldaños, raspando codos y rodillas, pero no paraba. A los treinta, vestía trajes de lana italiana, volaba a Tokio para negociar y ya ni recordaba cuándo fue la última vez que lloró por agotamiento sencillamente, no había tiempo.
…Teresa conoció a Javier en tercero. Él era mecánico, olía a gasolina y la miraba como si fuese la única mujer del planeta. En cuarto, Teresa se quedó embarazada; en quinto, dejó la uni. La agencia de marketing se evaporó entre los dientes de leche de su hija y el segundo parto. Ahora el imperio de Teresa era un piso de tres habitaciones en Aluche, donde gobernaba cazuelas, rabietas infantiles y un grifo eternamente averiado.
Todavía se veían, cada vez más de tarde en tarde.
Rebeca traía regalos de sus viajes: un pañuelo de seda de Milán, un pack de té de las montañas Yunnan. Sacaba fotos del bolso, enseñaba templos de Kioto, contaba reuniones con socios japoneses.
No dicen nada a la cara, imagínate. Todo a base de indirectas, matices. Me tiré tres meses aprendiendo su protocolo para no meter la pata en la primera reunión.
Teresa asentía, le daba vueltas al paquetito de té y callaba. Luego suspiraba pesado.
Qué bien tú. Y yo aquí, que Mario otra vez trae virus del cole, Javier se deja la vida en el taller, dinero justo y nunca me llega…
Rebeca nunca sabía qué responder. Entre ellas parecía haberse levantado un muro de vidas distintas, idiomas distintos, olores distintos su perfume de doscientos euros frente al detergente infantil de Teresa.
…Para el cumpleaños de Teresa, Rebeca llegó directa desde Barajas. Traje azul noche, tacones altos, peinado recién hecho en la sala VIP. Se integró en el grupo fácil, se reía, hablaba del nuevo proyecto, recogía miradas de hombres atentos y mujeres respetuosas.
Teresa, en cambio, estaba en una esquina…
El vestido era viejo, el mismo que llevó al último evento de Javier hace tres años. El pelo ceñido en una coleta simple, porque por la mañana no hubo tiempo ni de secador Mario otra vez de morros. Observaba a Rebeca brillar en el centro, mientras todos la escuchaban embobados, y dentro de Teresa subía algo oscuro, amargo, pegajoso.
No era envidia.
Era peor…
Rebeca entró a la cocina por agua y se quedó en la puerta. Teresa, aferrada a una copa de vino, miraba a través de la ventana con la vista perdida de quien no ve.
Tere, ¿qué haces aquí sola? Rebeca se acercó, tocó su hombro. Vente, que Nati saca el pastel.
Teresa le quitó la mano de golpe.
Vete. Te esperan fuera.
Rebeca frunció el ceño pero se quedó. Se sirvió agua, dio un sorbo y empezó con cuidado:
Mira, hace tiempo quería decirte… Se nota que echas de menos trabajar, lo veo. En mi empresa hay una vacante, es de inicio pero muy prometedora. Si te interesa, puedo hablar con RRHH, para unas prácticas…
La copa cayó contra la encimera, salpicando vino como si fuera sangre.
¿Unas prácticas? Teresa se giró y Rebeca retrocedió, impresionada por su cara. ¿A mí? ¿Prácticas?
Tere, sólo quería ayudar…
¿Ayudar? Teresa se echó a reír, pero aquello era una risa rota, cruel. ¿Te oyes? La gran Rebeca Martín, descendiendo al nivel de su amiga pringada, ofreciéndole caridad. ¡Gracias por tu magnanimidad!
No lo has entendido bien Rebeca intentó mantener la calma. Veo que te frustras, que quieres algo más y sólo te daba una opción.
¿Te lo he pedido yo? Teresa avanzó hacia ella y Rebeca dio un paso atrás. Has cambiado, Rebe. Antes eras normal, ahora… te crees mejor, vas de altiva. Miras a todos por encima del hombro, con tus Tokios y tus trajes.
Eso no es justo.
¿Justo? Teresa acabó gritando, tanto que hasta alguien asomó de la sala y volvió a esconderse. ¿Justo es que andes mostrando tu vida perfecta por todas partes? Cada día en Instagram, aquí estoy en el avión, aquí en la conferencia, aquí mi smoothie de quinientos euros. ¿Te crees que da gusto verlo?
Rebeca se quedó sin aire por la sorpresa…
Comparto lo que me alegra, Tere. Es normal.
¿Alegría? Teresa resopló. ¡Venga ya! Lo que haces es presumir. Te encanta que todos vean lo exitosa que eres mientras nosotras, pues nada, unas fracasadas. Mujeres normales a los treinta tienen familia, críos, y tú… Das saltos por el mundo como una cabra, ni marido, ni hijos. ¡Vacía!
Ese adjetivo cortó en lo más profundo.
He trabajado Rebeca consiguió que no le temblase la voz. Me he partido el lomo por las noches mientras tú veías series. He aprendido idiomas mientras tú guisabas. Fue mi elección, tengo derecho.
¡Venga ya! Pisaste a todo el que te estorbaba, eso hiciste. ¿Crees que no sé cómo le hiciste la cama a Mariví? Egoísta, siempre mirando por ti.
Rebeca la miró en silencio. Labios temblorosos, mejillas rojas, esa rabia antigua y enquistada, por fin en libertad.
Y todo quedó claro, asquerosamente claro.
No me odias, Tere dijo Rebeca en voz baja. Te odias a ti misma. Por no atreverte, por rendirte. Y prefieres pensar que soy mala, antes que admitir que te acobardaste.
Teresa se quedó blanca.
¡Vete!
Ya me voy Rebeca dejó el vaso y se fue hacia la puerta. Adiós, Tere. Suerte con tu reino doméstico.
Cogió el bolso que colgaba del perchero y empujó la puerta. Una lluvia fría le azotó la cara, pero ni se inmutó, avanzando entre ese manto gris.
Los tacones repiqueteaban en el asfalto mojado. El traje caro empapado y pegado a la espalda; la máscara de pestañas seguro que corría por las mejillas, pero qué más daba. Rebeca se dirigía al metro, y con cada paso, respirar era más fácil.
Lo curioso es que esperaba dolor. Pensaba que la golpearía la tristeza de quince años de amistad, de aquella chica con fuego en la mirada, de planes y sueños compartidos. Pero en vez de dolor, solo sentía alivio, de ese que da un poco de vergüenza.
Esa amistad no murió hoy. Se fue apagando, poco a poco, año tras año, charla tras charla. Cada vez que Rebeca compartía su alegría y recibía silencio. Cada vez que contaba sus planes y Teresa ponía los ojos en blanco. Cada vez que le intentaba tirar de la mano y ella se aferraba a su pierna, arrastrándola hacia abajo.
Rebeca bajó al metro y se sentó, pasando de los regueros mojados que iba dejando. Sacó el espejito del bolso, vio su reflejo: máscara corrida, pelo deshecho, ojos rojos. Sonrió y guardó el espejo.
Mañana se levantaría a las seis, se arreglaría, se pondría otro traje y tiraría al trabajo. Porque la vida no acaba por la envidia ajena…
Un mes después, el director general la llamó a su despacho. Rebeca entró preparada para todonuevo proyecto, un toque, otro maratón de reuniones. Pero Don Ramón le tendió una carpeta, sin decir nada. Rebeca leyó la primera página.
Nombramiento como directora regional de Asia.
Contrato anual en Singapur.
Te lo has ganado, Rebeca Martín el director se recostó en su silla. El consejo ha votado por ti, sin dudas. Salida en tres semanas, ¿te da tiempo a prepararte?
Rebeca levantó la vista y asintió.
Me da tiempo.
Salió del despacho, la carpeta pegada al pecho, y dedicó unos segundos a estar sola en el pasillo. Por la ventana caía el sol de noviembre, pintando rayas de oro y carmesí. Lejos, en Aluche, Teresa estaría haciendo la cena y quejándose de la vida a Javier.
Mientras, Rebeca preparaba sus maletas para Singapur.
Y ni una sola vez en toda su vida se arrepintió de su elección. Como decimos aquí: cada uno, a lo suyo.






