Ya no sois mi familia

Mamá, ya he traído a Laurita la voz de Tamara llegó desde el recibidor y Carmen apartó la mirada de los apuntes. La recojo por la tarde, me tengo que ir ya.

Sonó un portazo. Carmen se recostó en la silla, frotándose el puente de la nariz. Al cabo de un minuto, su madre, Dolores, entró en la habitación con su sobrina en brazos. La pequeña Laura, de tres años, pestañeaba medio dormida.

¿Otra vez? preguntó Carmen.

Dolores asintió en silencio, dejando a la niña en el suelo. Laura fue directa a la cama, trepó con la misma destreza de siempre y estiró la mano hacia la mesilla. De ahí sacó un cuaderno de colorear despeluchado y una caja de lápices, se acomodó meticulosamente, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo. Todo esto sin decir una sola palabra, como siguiendo los pasos de una procesión de rutina.

Carmen se levantó y siguió a su madre hasta el salón. Dolores ya rebuscaba en el armario su bolsa de trabajo, revisando el contenido.

Mamá empezó Carmen Estoy en el último año. Me quedan tres meses para el TFG. Tengo que estudiar, no…

A Tamara hay que ayudarla la cortó Dolores Ya sabes que tuvo un matrimonio que ni la peor telenovela. Ahora intenta rehacer su vida. Debes comprenderlo.

¡Que se rehaga lo que quiera! Carmen casi le susurró una serpiente, para que la niña no oyera desde la habitación Pero no puede desentenderse así. Es su hija, mamá, SUYA.

Dolores al fin la miró.

¡Déjate de rollos! Me voy que llego tarde dijo cerrando la cremallera de la bolsa La niña es cosa tuya.

Carmen estuvo a punto de replicar. Decirle que era injusto, que no podía ser, que tenía un examen de macroeconomía pasado mañana y el TFG a medio escribir. Pero miró a su madre y supo que era inútil.

Asintió resignada.

Cuando Dolores se fue, Carmen volvió al cuarto. Laura coloreaba un unicornio de morado, tan concentrada que hasta sacaba la lengua.

Tita Carmen, mira enseñó el dibujo orgullosa ¿Te gusta?

Me encanta, Laurita Carmen se sentó en la cama, apartando los apuntes hacia el filo de la mesa.

El día avanzó espeso y pegajoso. Dibujaron, se tragaron unos dibujos animados en el portátil, después Laura tuvo hambre y Carmen le hizo unos macarrones mientras intentaba leer el manual abierto sobre la mesa de la cocina. Las letras se le emborronaban y no significaban nada. Laura tiró el zumo de frutas sobre el mantel. Más tarde, agotada y caprichosa, ni quería dormir ni podía jugar. Carmen la paseó por la casa en brazos, tarareando canciones que ni ella reconocía, hasta que por fin la pequeña se durmió sobre su hombro.

Al caer la tarde, Carmen estaba extenuada. El manual se le quedó abierto por la misma página de esa mañana.

Tamara llegó sobre las siete. Carmen abrió la puerta, Laura aún medio dormida en brazos.

Vamos, bonita Tamara recogió a su hija Nos vamos pitando.

Y se fue. Ni un «gracias», ni un «¿cómo se ha portado?». Carmen estaba hasta el moño de todo aquello.

Dos meses pasaron calcados: Laura aparecía en casa como quien deja el paraguas, Tamara desaparecía de excursión y Carmen intentaba conjugar la carrera con hacer de canguro. Aun así, defendió el TFG, tras pasar noches en vela mientras la sobrina dormía en la habitación contigua.

Entonces, Tamara conoció a Paco. Romance relámpago y en tres meses Carmen ya estaba en el registro civil, contemplando a su hermana en blanco radiante junto a un hombretón embobado. Dolores lloraba a moco tendido, un pañuelo en la mano. Laura bailaba con su vestidito rosa. Carmen aplaudía como una más, pensando que tal vez ahora Tamara sentaría la cabeza y se dedicaría de una vez a su propia familia.

Pronto Tamara tuvo un niño, al que llamaron Jacobo. Carmen fue al hospital con flores y globos azules, sosteniendo aquel ovillito en brazos y pensando que, quizás, su hermana había encontrado la felicidad. Paco presumía de padre, y Laura, importante, declaraba que era la hermana mayor.

Duró la estampa ocho meses.

La llamada de Dolores pilló a Carmen en mitad del curro, encima del cierre trimestral. Dolores tartamudeaba. Paco tenía otra. Tamara encontró los mensajes. Gritos, divorcio.

Carmen se quedó sentada, móvil en mano, masajeándose las sienes. La historia se repetía milimétricamente, solo que esta vez había dos peques.

Tamara lo llevaba aún peor. Llegaba llorando a casa de la madre, plantaba a los niños y se iba a «recomponerse». Volvía horas después, a veces al día siguiente.

Carmen solo sentía que su vida se le escapaba yendo a la deriva.

Pasó un año. Carmen fue ascendida, apenas le dio tiempo a celebrar. Tamara conoció a Alberto y se desató el bucle: flores, cenas, retahíla de «¡es maravilloso, nada que ver con los otros!». La tercera boda fue casi clandestina, churritos familiares. Carmen brindó con cava y no dejó de pensar que aquello aún podía ir a peor.

Dolores llamó en la pausa del mediodía. Carmen, en un bar frente a la oficina, peleaba con una ensalada y hacía la lista mental de la compra.

Carmen la voz materna traía una chispa nerviosa y ansiedad a partes iguales ¿Estás sentada?

Estoy, suelta Carmen dejó el tenedor.

Tamara está embarazada.

La pausa quedó flotando entre el aroma de café y el rumor de las mesas.

De mellizos añadió Dolores Dos.

Carmen miraba su ensalada como si se hubiese mareado. Las hojas de rúcula se difuminaban en un borrón verde. Cuatro niños. Tamara iba a tener cuatro niños de tres padres diferentes. Y cuando el siguiente matrimonio saltase por los aires, que lo haría, ¿dónde acabarían todos esos críos? Otra vez sobre ella y su madre.

¿Carmen? ¿Me oyes? insistió Dolores.

Te oigo, mamá Carmen se frotó el entrecejo Dale la enhorabuena de mi parte.

Colgó antes de que Dolores contestara, quedó un buen rato mirando el móvil apagado. El apetito desapareció, como si nunca hubiera existido.

Carmen llegó a casa sobre las ocho, rendida y vacía. Dolores estaba en la cocina, aferrada a una taza de té frío, y al ver a su hija empezó a hablar atropellada, atropellada, como si temiera que no llegase a decirlo todo.

Hija, llevo toda la tarde dándole vueltas, pero ¿cómo vamos a apañarnos? Cuatro niños, y como esta vez tampoco salga bien, ya ves cómo es Tamara… Le importan más los hombres que los hijos, y entonces, ¿qué? Nosotras no podemos con todo, Carmen, que yo ya no estoy para muchos trotes, y tú con el trabajo… ¿cómo vamos a hacerlo?

Carmen colgó el bolso, se acercó, pero ni se sentó. Miró a su madre desde arriba, a ese pelo con canas rebeldes, las ojeras, los dedos inquietos pegados a la taza.

Mamá dijo Carmen, y Dolores se calló en seco Quiero irme. A otra ciudad.

Dolores se quedó helada, mirándola como si la hija le hubiera hablado en chino.

No puedo más siguió Carmen, cansada No puedo vivir mi vida asomándome constantemente a los dramas de Tamara. Ya la he ayudado bastante, mamá. Ya me he sacrificado mucho: tiempo, carrera, relaciones… Hasta aquí.

Dolores intentó replicar, pero Carmen alzó la mano, deteniéndola.

Si quieres venirte conmigo, mamá, te llevo. Si prefieres quedarte, lo entiendo. Pero yo me voy. Porque estoy harta de criar hijos de mi hermana, mamá. Sí, son mis sobrinos y los quiero. Pero no son mis hijos. No son responsabilidad mía.

Exhaló, como si dejase caer una mochila de piedras que llevaba a cuestas desde siempre. Dolores enmudeció. Su cara era un muro: imposible saber en qué pensaba.

Carmen esperó un minuto más. Nada. Se dio la vuelta, fue a su habitación y se tumbó vestida en la cama, mirando el techo. El corazón le latía a mil, las palmas sudadas. Por fin lo había dicho. Lo que llevaba meses masticando.

No durmió apenas.

Por la mañana, en la mesa de la cocina, encontró la carpeta de documentos. Carmen la reconoció; ahí guardaban las escrituras del piso que heredaron de la abuela, años atrás, cuando aún era adolescente. Pasó las páginas, perpleja, sin entender para qué las habría sacado Dolores.

La vendemos sonó la voz desde la puerta y Carmen dio un respingo.

Dolores estaba en el umbral, ojerosa y pálida, pero extrañamente decidida, como si la noche sin pegar ojo le hubiera servido para anclarse a una idea.

Un tercio para Tamara, que es lo que le toca por ley dijo mientras cruzaba al salón Con el resto, compramos algo en otra ciudad. No necesitamos mucho.

Carmen no podía creérselo. Quiso preguntar, asegurarse de haber entendido, pero Dolores la miró y, por primera vez, Carmen vio en los ojos de su madre el mismo agotamiento que la corroía: Dolores solo lo disfrazaba mejor. O Carmen fingía no verlo.

La abrazó fuerte, cerrando los ojos contra su hombro. Dolores la correspondió, acariciándole el pelo, como cuando era niña.

Nos vamos de aquí, hija murmuró suave Ya está bien.

En dos meses lo ventilaron todo en silencio y eficacia. Encontraron comprador para el piso y un piso pequeño en Valladolid, a cuatrocientos kilómetros. Nada del otro mundo. Carmen gestionó el traslado en la empresa. En todo ese tiempo, ni palabra a Tamara.

Se lo contaron el último día, con las cajas ya hechas y los billetes de tren guardados. Tamara llegó a los veinte minutos, furibunda, embarazadísima, con la cara desencajada.

¿Pero qué hacéis? chilló sin quitarse los zapatos ¿Me vais a dejar tirada? ¿Ahora que estoy a punto de parir a los gemelos?

Carmen le entregó un sobre con dinero, la parte de Tamara de la venta. Tamara lo arrancó de las manos, miró dentro, y su cara se retorció todavía más.

¿Y con esto qué hago? tiró el sobre al suelo, deslizando billetes de 50 euros por todo el pasillo ¡Yo necesito ayuda, no limosnas! ¡Estoy en una situación difícil, no te enteras?

Llevas en una situación difícil cinco años, Tamara dijo Carmen Estamos agotadas.

¿Agotadas? ¿Vosotras? ¿Y yo qué? ¿Me pego la vidorra aquí, con dos niños y otro en camino?

Tú decidiste tu vida, Tamara replicó Carmen Nosotras ahora decidimos la nuestra.

Tamara buscó el apoyo de su madre. Dolores, fingiendo revisar la cremallera del macuto, no la miró.

No sois mi familia murmuró con rabia Ninguna de las dos.

Salió dando un portazo y Carmen y Dolores se miraron. Ninguna dijo nada. Carmen se cargó el bolso al hombro; Dolores, la maleta. Salieron, cerraron la puerta por última vez y bajaron las escaleras.

El tren salía en una hora. Carmen, junto a la ventanilla, veía alejarse el andén, los postes y las casas; a su lado, Dolores dormitaba, por fin rendida por meses de tensión.

La ciudad, con todos sus gritos, mochilas ajenas, culpas y deudas imposibles, quedaba atrás. Carmen reclinó la cabeza y por primera vez en años respiró hondo, y sonrió. Miró al frente, a lo desconocido.

El tren las llevaba a otro lugar, y Carmen cerró los ojos.

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