El abrigo blanco Marina vivía en un centro de acogida desde los cinco años. No recordaba bien cómo…

Abrigo blanco

Marina vivía en un hogar de acogida desde los cinco años. No recordaba bien por qué acabó allí solo tenía grabado en la memoria cómo una mañana su abuela ya no despertó y cómo su madre sencillamente nunca regresó. Después vinieron las manos extrañas, las paredes pintadas con cal y ese olor persistente a col cocida, que parecía eterno. Al principio lloraba cada noche, pero poco a poco, dejó de hacerlo. Simplemente vivía y estudiaba: en silencio, con empeño, como si esperase que algún día ese esfuerzo le sería recompensado con algo auténtico.

De todas las estancias del centro, la que más le gustaba era el gimnasio. Era grande, con el suelo crujiente y ventanas altas cubiertas de polvo, pero poseía una magia especial. Comparado con la diminuta habitación número ocho, con sus cuatro camas, donde transcurría su vida, el gimnasio le parecía un palacio de cuento. Y cuando el balón naranja, bien inflado, comenzaba a golpear el parque con su ritmo constante, todas las penas desaparecían. Si lograba encestarlo, Marina se sentía casi feliz. Casi, porque todos los niños sabían que la felicidad completa sólo se encontraba en una familia, y todos guardaban en su corazón un pequeño rincón cubierto con una cortina, esperando el momento en que podrían correrla y reír sin miedo.

Marina corría veloz, saltaba alto y el balón la obedecía. La educadora Natalia Álvarez un día le dijo: «Tienes madera de deportista, Marina. Llamaré a un entrenador amigo mío a ver si conseguimos que entres a una sección de baloncesto de verdad».

Y lo consiguieron.

Desde los doce años empezó a entrenar regularmente. Primero formó parte del equipo de su barrio, y después, del equipo de la ciudad. En la final del torneo provincial se alzó como la mejor jugadora del partido, anotando 32 puntos para su equipo.

Mientras el presidente del comité de deportes le entregaba la medalla, le dijo: Felicidades, hija, tienes un brillante futuro por delante. A Marina se le humedecieron los ojos, aunque aquel señor pensó que eran simples lágrimas de alegría infantil. Al verla, una hora más tarde, salir sola en la noche desde el gimnasio, la detuvo.

Marina, ¿y a ti quién te recoge? ¿Dónde vives?
Vivo en la Residencia de Menores número tres, está a cuatro paradas en tranvía.
Perdona, Marina, no lo sabía. Yo soy Ignacio López. Ven, sube al coche, te llevo.

Marina, con catorce años, se subía por primera vez a un coche particular y sentía una extraña sensación de bienestar.

¿Quién responde allí por ti?
Natalia Álvarez, la educadora.
¿Me la presentarás?
Claro, aunque ahora mismo no está, hasta mañana por la mañana no la verás.
De acuerdo, mañana hablo con ella.

A Marina le resultaba intrigante sobre qué querría hablar ese elegante señor con su educadora, pero no se atrevió a preguntar.

Al día siguiente, tras las clases, Natalia Álvarez la llamó a su despacho.

Por boca de la educadora, Marina supo que Ignacio López había preguntado: ¿En qué necesita ayuda Marina Caballero? Natalia le respondió que, en realidad, a Marina ya no le faltaba nada, salvo quizá un abrigo nuevo.

Le conté que estás creciendo muy deprisa y que toda la ropa de niña ya te queda pequeña. Hace falta comprar ropa de adulto. Él preguntó tu talla y aquí estáNatalia colocó sobre la mesa un paquete de papel atado con cuerda. Vamos, prueba esto.

Ante la perpleja Marina, Natalia sacó un abrigo blanco, con un cinturón estrecho y botones color ámbar. Era tan hermoso y distinto a cualquier cosa que hubiese tenido antes, que Marina, siempre tan callada, no consiguió decir nada. Pero lo más importante era que era nuevo, sin ningún apellido escrito por dentro con rotulador químico.

Madre mía, Marina, ¡ese abrigo solo se lo he visto a actrices en el cine! ¡Vaya regalo! ¡Venga, póntelo y da una vuelta!

Como en un sueño, sintió el frescor del forro que pronto se transformó en un calorcillo agradable. Era como si el abrigo la abrazara y girara con ella. Al mirarse en el espejo, Marina vio a una chica radiante, sonriendo, vestida con un abrigo a la moda perfecto para su figura atlética. Eso sí, su falda vieja y la camiseta roja no pegaban mucho con tanta elegancia, pero esos eran detalles despreciables, incapaces de estropear aquel día tan especial.

Y eso no es todo anunció contenta Natalia Álvarez. Toma.

Le entregó una hoja doblada con un dibujo de una niña con pañuelo rojo.

¿Qué es eso, Natalia?
Un billete para el campamento «Juventud». Irás este verano; ¡es precioso! Eso también te lo ha conseguido Ignacio López, que Dios lo bendiga.

Aquella noche Marina casi no pudo dormir; en su mente desfilaban, como en una televisión en color, imágenes de los últimos días: la victoria en la final, la medalla, el paseo en coche con Ignacio López, el billete al campamento y, desde luego, su precioso y flamante abrigo blanco esperándola en el armario.

Se deslizó de la cama en silencio, se acercó descalza al armario y se colocó el abrigo sobre los hombros, lo llamó cariñosamente «Blanquita».

Al asomarse al pasillo y mirar por la ventana, vio la primera lluvia de primavera. Por primera vez en su vida, no se alegró de que el invierno se marchara; quería lucir su abrigo un poco más.

***

No olvides llevar zapatillas de repuesto y deportivasleía Natalia Álvarez las recomendaciones del campamento, justo antes del viaje. Gorra imprescindible. Y el abrigo de entretiempo, Marina, fíjate: lo pone aquí. Hazme caso, si lo pone, es por algo.

Marina asintió, aunque no entendía por qué necesitaría un abrigo en pleno verano. Al menos por las noches refrescaba y no quería dejar su prenda más valiosa en el armario común.

En las cabañas del campamento «Juventud», todas las miradas se fijaron en ella apenas llegó. El resto de las chicas vestía chaquetas ligeras, cortavientos y vaqueros de moda. Marina llevaba su abrigo. No cabía en la mochila, que ya estaba casi ocupada por su balón de baloncesto, así que lo llevaba puesto.

¿Ese estilo es de abuela? se burló Carmen, del catre de al lado.

O de abuelo rió otra.

El invierno terminó hace siglos añadió una desde la ventana.

¿Vendrás de León con renos? se mofaron.

No os metáisrespondió Marina en voz baja, apretando los puños mientras barría la estancia con una mirada fulminante. Nadie volvió a decir nada.

Colgó el abrigo en la cabecera y salió de la habitación.

Vaya tía rara susurró una de las chicas cuando la puerta se cerró tras Marina.

Marina recorrió el campamento, observando el comedor, el escenario con sus bancos, el campo de fútbol, la pista de voleibol con una red rota. Al llegar a la cancha de baloncesto, vio que el césped crecía salvaje, y solo uno de los tableros tenía aro.

«¿Qué hago aquí?», pensó, apoyada contra un alto chopo. Pero sacudió la cabeza y decidió que aguantaría los veintiún días. Si tenía su abrigo y su balón, lo demás no importaba. Volvió a sentirse sola, como tiempo atrás.

Al día siguiente, hubo una inauguración con hoguera y discoteca. Marina contemplaba en silencio tanto las llamas como las luces, sentada en una esquina entre matorrales de acacias. Aunque no sabía bailar, le gustaba la música, así que se mantenía cerca, escuchando las canciones.

Antes de dormir, las chicas contaban historias de miedo y anécdotas de películas extranjeras, porque algunas ya tenían vídeo en casa. Marina fingía dormir, ojos bien cerrados. ¿Con qué podría sorprender ella a aquellas chicas privilegiadas: contarles sobre sollozos nocturnos de las nuevas? ¿Sobre las cortezas de pan robadas en el comedor? ¿Sobre esa mirada ansiosa cada vez que entraba un adulto, solo para descubrir que no venía por ella?

Un día, al elegir jugadoras para el equipo de voleibol y faltar una para completar, la monitora animó a Marina: ¡Vamos, tú eres deportista, pruébalo!

Fue, aunque nunca había jugado al voleibol; el balón debía golpearse con la palma, sin atrapar. La capitana era Clara: vital, guapa, trenza larga.

¡Marina, no lo cojas! ¡Devuélvelo, da pases suaves, que esto no es baloncesto! le gritaba.

Pero el balón no se dejaba. Era tan liviano que tras cada golpe se perdía fuera.

Ays, alta eres como un postese lamentaba Clara. Mejor ponte a bloquear junto a la red.

Tras unos cuantos intentos fallidos y las quejas de Clara, Marina abandonó la pista. Cogió su balón naranja, arrancó la maleza de la cancha de baloncesto y, una y otra vez, encestó.

La rutina del campamento continuó: gimnasia matinal, limpieza, comedor, ensayo del concurso ¿A que tienes talento? y demás actividades típicas.

A Marina le gustaban especialmente los días de cine. Los encargados colgaban carteles de la película y al atardecer llegaba el proyeccionista del pueblo cercano. Ella siempre elegía la última fila, para no molestar, y miraba embelesada las aventuras de marineros valientes y de indios que salvaban a su tribu.

El resto del tiempo, tiraba a canasta, incluso ya de noche, mientras el resto se reunía en grupitos de interés. Solo su abrigo, reluciente, la acompañaba en todo momento.

No iba a las discotecas. Cuando otras chicas se arreglaban y salían luciendo sus mejores galas, ella prefería esconderse entre los arbustos y permanecer en una vieja banca.

Una noche, escuchó cuchicheos tras unos matorrales: eran Clara y un chico del primer grupo. Pensaban que estaban solos, pero entonces aparecieron tres chicos del puebloaltos, con las mejillas rojas y cigarrillos encendidos. Se acercaron a la pareja; el chico huyó y dejó a Clara, sola y nerviosa.

Vaya, ¡quién viene al pueblo! Guapísima y con minifalda. ¿Vamos a dar una vuelta de luna llena, reina? decían rodeándola. Clara gritó, pero con la música a tope nadie la oía.

Sin pensarlo, Marina salió de las sombras decidida y se plantó junto a Clara.

¡Dejadla en paz! dijo en tono bajo pero firme. ¡Os juro que os arrepentiréis!

Los tipos vacilaron, como si hubieran visto un fantasma blanco, pero pronto se crecieron.

Mira, otra para ti, Pablole decían al más altocon esas piernazas.

Pablo intentó atraparla, pero no le dio tiempo. Marina lanzó un puñetazo torpe, pero con todo el alma. Clara, recuperada, tiró del pelo a otro y gritó. En ese extraño silencio entre canciones, chicos y monitores llegaron corriendo. Dos se quedaron allí mismo, el tercero consiguió zafarse. Marina, sin dudarlo, lanzó su balón con fuerza y le dio en la cabeza: cayó al suelo, atrapado.

Buen tiro, hermana le dijo Clara, ya repuesta. Gracias.

Nada contestó Marina, con su balón bajo el brazo.

¿Estás bien? preguntó Clara, por primera vez sin burla en la mirada.

Sí, tranquila.

Al día siguiente, después de la gimnasia, Clara anunció:

¡Marina, ven conmigo! ¡Te enseño a sacar!

No soy buena, Clara…

Claro que sí, ya lo verás.

En minutos, el balón volaba suavemente de una chica a otra.

Más suave, Marina, con las yemas de los dedos, ¡así!

Desde entonces, todo empezó a cambiar. No de repente, pero sí, poco a poco.

***

El Día de Padres, cayó nieve inesperada. Grandes copos bajaban desde la mañana. Las rosas junto al comedor y las aldabas heladas brillaban, pero en realidad nadie sentía calor.

Por culpa de la nieve, Marina no se fue a tirar a canasta; se quedó en la habitación mirando la ventana.

Hacia el mediodía, empezaron a llegar los padres. Entre la entrada y la radio había una línea telefónica improvisada, que aquel día no daba abasto.

La megafonía atada al pino anunciaba:

Carmen García, Aída Sánchez, Iñaki Gutiérrez, vuestros padres han llegado.

Quienes oían su nombre salían corriendo a los abrazos familiares.

Chicas, con este frío me entra hasta pulmonía…suspiró Carmen. Me apañaré con mi sudadera.

Pero entonces una voz que nunca se escuchaba allí sonó:

Toma mi abrigo, Carmen, es muy caliente, no te resfríes.

Todas miraron y vieron a Marina, quitándose el abrigo para dárselo a la misma que días antes lo ridiculizó.

Gracias, Mari… Marina.

Así fue prestando el abrigo primero a una, luego a otra. El abrigo pasó de manos en manos, estuvo en mil abrazos, se impregnó de perfumes, olores a manzana y caramelos. Todas traían algo para Marina: una chocolatina, un botellín de zumo, un puñado de nueces. Aunque rechazaba regalos, por la noche su mesilla estaba repleta de golosinas.

La última en irse fue Clara. Se puso el abrigo, salió y, con paso firme y deportivo, cruzó hacia la penumbra iluminada por farolas. Marina pensó, mientras la observaba, que daría cualquier cosa por que alguien viniese a buscarla a ella también.

Se tumbó en la cama, se tapó entera, intentando crear su propio hogar improvisado bajo la manta.

Despertó al sentir una mano acariciándole el hombro. Medio dormida, vio a una mujer sentada a su lado. Creyó soñar, pero la mano no se iba.

¿Mamá? susurró Marina, con los ojos cerrados.

Sírespondió la mujer, déjame ser tu madre.

Y yo tu hermana, de verdadera la voz de Clara.

En ese punto, Marina se incorporó: la mujer que quería ser su madre era tan guapa como su hija. El modo directo y honesto en que miraba le recordaba a Natalia Álvarez.

Sonriendo, la mujer dijo: Clara ha hablado tanto de ti que yo también te he cogido mucho cariño. Dice que eres la mejor y que sin ti no puede marcharse.

¡Dilo que sí, Marina! insistió Clara, sentándose cerca.

¿Y tu padre? preguntó Marina, ¿no se opondrá?

Él está de acuerdo, y además ya te conoce.

¿De qué?

Al verte con el abrigo, preguntó por él: le dije que era de mi hermana Marina. ¡Se alegró mucho! ¿Te acuerdas de Ignacio López? ¡Es él!

De acuerdo dijo Marina, y rompió a llorar, abrazada a su nueva madre y hermana.

Justo esa imagen fue la que vieron las compañeras al volver de la cena.

***

Ignacio López esperaba la respuesta de Marina en el coche. Pero cuando vio a las chicas radiantes y a su esposa, supo sin palabras que había dado el paso correcto: tendría otra hija.

Y desde ese día, Marina se transformó. Abrió por fin la cortina de la felicidad en su corazón, y la niña callada y reservada se convirtió en la estrella divertida del campamento.

Las demás la apreciaron todavía más tras lo del abrigo y lo de los gamberros. Además, no se comió sola las golosinas dominicales: organizó un picnic nocturno y reunió a todas en su cama con velas para compartir pasteles y risas.

La convencieron para participar en el concurso Miss Juventud, la enseñaron a peinarse y a llevar vestidos.

Una semana más tarde, la megafonía anunció que los padres de Marina y Clara habían llegado. De la mano, corrieron a recibirlos, sabiendo, igual que los que las esperaban, que vivían uno de los momentos más felices de su vida.

A veces, un abrigo cálido y un gesto amable abren la puerta a la familia que uno siempre soñó. Lo importante en la vida es nunca perder la esperanza, cuidar la bondad y estar dispuesto a acoger y querer a quien lo necesita. Porque la familia, a veces, se encuentra donde menos te lo esperas.

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