– ¡Eso no lo comemos nosotros! ¡En mi pueblo eso se da a los cerdos! – Mi suegra lanzó el plato. Al …

¡Eso aquí no se come! ¡En mi pueblo con eso alimentan a los cerdos! La suegra lanzó el plato. Al minuto, los estaba echando de casa.

María se secó las manos en el paño y observó la mesa. Rollitos de berenjena, filetes rusos, ensalada, y una jarra de refresco de frambuesa. Todo acorde. Nada faltaba. Aunque por dentro, sentía un ligero arañazo: hoy venía su madre.

Mamá, ¿para qué haces tanta comida? Pablo estaba en la puerta, flaco, serio, con sus doce años, miraba como si ya rondara los cuarenta. ¿Es que piensan quedarse una semana o qué?

Es su madre, Pablo. Doña Carmen. Es la primera vez que viene.

¿Y qué? Si José lleva ya medio año aquí. ¿Ahora qué?

María se calló. Razón no le faltaba al chaval, pero reconocerlo le costaba. José apareció tras el divorcio: apuesto, muy manitas, colgó una estantería, arregló el grifo, se quedó a dormir. Repetido unas veces, medio año allí, y Pablo mirándolo como al lobo feroz.

A las siete me sonó el timbre. Salí a abrir: allí estaba Doña Carmen, grande, el pelo rojo de peluquería y labios rojos como un stop.

A su lado, Lucía, la hermana de José, enfundada en vaqueros ajustados y pegada al móvil. Sin flores, sin una mísera botella, con las manos vacías.

Pasad, dejaos el abrigo intenté sonreír.

Doña Carmen colgó el abrigo y enfiló directa al fondo del piso, escaneando paredes, muebles y rincones. Me quedé plantada. José, en el recibidor, mirando intensamente al suelo.

Chico piso tienes soltó Doña Carmen asomando la cabeza en el salón. Y esa capa de polvo en la repisa De ama de casa, regulinchi.

Me atraganté en silencio. Lucía soltó una risita y empezó a teclear algo en el móvil.

Pasad a la mesa, por favor.

Doña Carmen ocupó el sitio central y analizó las viandas con arruguita en el morro. Mientras iba sirviendo refresco y platos, José ya estiraba la mano a por un filete.

¿Esto qué es? preguntó pinchando un rollito.

Berenjena, queso y ajo. Pruébalo.

¡Eso aquí no se come! soltó a voz en grito. ¡En mi pueblo eso es comida para los cerdos!

Doña Carmen agarró el plato y lo lanzó sobre la mesa. Los rollitos salieron disparados, uno cayó de pleno en el mantel, dejando un manchón. Lucía, inmortalizando todo con el móvil. José, a lo suyo, masticando.

Me quedé inmóvil, jarra en mano. Silencio absoluto.

José, dile algo a tu madre le musité.

Mamá, basta ya refunfuñó él, sin levantar la vista.

¿Basta ya de qué? Yo sólo digo la verdad Doña Carmen, bien plantada, lanzando mirada evaluadora.

Mira María, sí, mujer tienes buena planta Pero ya con cuerpo. El tiempo no pasa en balde. A José le pegaría más una jovencita, delgadita. Que tú, vamos, ya no eres de primerísima.

Por dentro me dio un chispazo seco. Dejo la jarra y me siento.

¿José?

Mamá, ya vale vuelve él al pan, sin inmutarse.

Ay, por favor, si no lo digo con mala idea Doña Carmen mueve la mano, generosa.

Me levanté y fui a la cocina. Había que salir o iba a venirme arriba. Apoyada en la encimera, escuchaba desde allí.

Mamá, para ya José, pero ya sin ganas.

Te lo digo como madre. ¿Para qué quieres una divorciada con crío? El chiquillo ni te mira, es rarísimo. Aquí calentito, te ahorras alquiler, suficiente. En primavera te largas y te buscas algo mejor.

Me quedé paralizada. La tetera hirviendo, y ni la oía.

Que sí, mamá José se reía con un bufido. Pero tiene coche bajo la casa y mi almacén a cinco minutos. Me viene que ni pintado. Paso el invierno, ahorro, y ya veré. Está encoñada conmigo, ni se va a enterar.

Así me gusta. Solo no te líes. A distancia.

José, eres malo, eh se partió Lucía.

Apagué la tetera. Ya más firme, salí, fui al recibidor, abrí el armario y saqué la mochila de José. La dejé en mitad de la mesa, encima del mantel manchado.

¡Recoge tus cosas!

José levanta la cabeza.

¿Qué pasa?

¡Que te vayas! ¡Este hotel hoy se cierra!

Maria, por favor Solo hablábamos

He oído todo, palabra por palabra. ¿Comodidad? ¿Invierno? ¡Se acabó el chollo, hoy mismo!

¿Pero tú estás loca? Doña Carmen de pie, el taburete por los suelos. ¡Somos invitados!

Los invitados no le llaman gorda a la anfitriona. Ni dicen que su comida es para cerdos. Ni planean cómo exprimir a la dueña de la casa hasta la primavera. Les abrí la puerta . Vestíos. Y rapidito.

¡Tú sí que estás fatal! chilló Doña Carmen mientras cogía el abrigo. ¡Así te vas a quedar sola toda la vida con esa mala leche!

Lucía ya en el pasillo, grabando todo. José, metiendo cargador, cuchilla y calcetines en la mochila. Farfullando que me iba a arrepentir y que volvería solita.

María gritó José. Me giré. ¿Y quién me paga el grifo? ¡Te lo puse yo, y tengo la factura!

Eso es pago por el hotel. Y si te pasas de listo, te cobro medio año de estancia.

¡Llamo a la policía municipal! José saca el móvil.

Perfecto. Y así les cuentas por qué vivías seis meses aquí sin empadronarte.

Escupió al suelo y salió bufando. Doña Carmen, ya en las escaleras, gritó:

¡No necesitas a nadie! ¡A NADIE!

Cerré la puerta y eché la llave. Silencio. Un silencio de esos que ya no recordabas.

Pablo salió del cuarto al minuto. Se plantó en el pasillo, mirándome de arriba abajo.

¿Se fueron?

Se fueron.

¿Para siempre?

Para siempre.

Me abrazó por la cintura, hundiendo la frente en mi hombro. Le acaricié el pelo, duro como cepillo.

Mamá, ¿han sobrado filetes?

Media cazuela.

Pues a cenar. Porque ese José se ha comido media docena.

Fuimos a la cocina. Recalenté los filetes, Pablo ya sentado en la mesa. De pronto, se echó a reír, bajito, aliviado.

¿De qué te ríes?

Me acuerdo de cuando anteayer intentaba explicarme cómo iba el ordenador. Si ni sabía abrir el navegador movió la cabeza. Mamá, ¿de verdad te gustaba él?

Me quedé pensando. Intenté recordar qué sentía al principio con José. ¿Era amor? ¿O solo miedo a quedarme sola?

No lo sé, hijo. Igual solo quería a alguien cerca.

Pero no estás sola. Estamos los dos.

Miré a mi hijo. Esa cara seria, ojos de adolescente. Tenía razón.

Muy listo eres.

Eso sale de ti Pablo ya con filete en mano.

Me acerqué a la ventana. Afuera ya anochecía, las farolas, a lo suyo. Alguna parte de la ciudad veía a José con la mochila, tramando a quién arrimarse este invierno. Y me daba igual.

Mamá, ¿mañana vamos al cine? Estrenan una de robots.

Venga.

Comimos juntos, en mi cocina, con mi vajilla. Mañana quitaría esa estantería mal puesta. Y al carajo la cuchilla de afeitar en el baño. Limpiaría la casa de recuerdos de estos meses.

Pero eso, mañana. Hoy, solo quería estar ahí, con mi hijo, en mi piso. Y notar volver algo muy importante.

Pablo fregó su plato, bostezó y se largó al cuarto. En la puerta, giró cabeza:

Mamá, la próxima vez que alguien venga para quedarse, me lo preguntas. Yo los calo al minuto.

Prometido.

Me quedé sola. Me senté y miré alrededor: mi piso, con todo en su sitio. Ya no más ronquidos ajenos, ni calcetines huérfanos, ni planes de otro. Por primera vez en medio año, respiré a gusto.

Recordé a Doña Carmen: te vas a quedar sola. Y sonreí. Estar sola no da miedo. Miedo da que te utilicen.

Apagué la luz. Mañana será otro día. Sin José, ni su madre, ni su falsa preocupación. Solo Pablo y yo. Y así está bien.

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Perdón por no estar a la altura de vuestras expectativas Todo sucedió como en una comedia o en una serie de sobremesa: por la tarde, él sentado al ordenador, ella liada con la casa, suena la alarma del coche y el marido sale corriendo al patio con lo puesto —menos mal que era verano—. La mujer, limpiando la mesa, mueve el ratón del ordenador y la pantalla, que estaba apagada, vuelve a la vida. No era propio de Yaroslava cotillear el móvil de su marido, rebuscarle en los bolsillos ni asomarse a ver qué hacía en el ordenador: lo consideraba de mala educación, pero esta vez ocurrió por pura casualidad. Al mirar, casi sin querer, vio una conversación, un chat en una web. Se avergonzó y apartó la mirada, pero le dio tiempo a ver la palabra “cariño”. Quizá fuera “mi querida esposa ha dicho que…”, o incluso “¡mi querido chorizo!” pensó para tranquilizarse, pero de todos modos volvió a mirar. “Claro, cariño —escribía su marido, usando hasta su propia foto en una web de citas—, mañana nos vemos como quedamos. Cada hora recuerdo nuestra última cita. ¡Eres un huracán!” —“Y tú eres mi bestia, mi osito —le contestaba una pelirroja flacucha—, todavía me duele el cuerpo.” Y a partir de ahí se notaba la prisa: “Osito, ¿estás? ¡Te echo de menos! ¿Dónde estás?”. Yaroslava, sin soltar el trapo, se dejó caer en el sofá. Todo cuadraba. El marido había advertido que al día siguiente tenía un acto del trabajo imposible de esquivar; ella le dejó impecables los pantalones, le buscó la mejor corbata, la camisa perfectamente planchada… Ahora sabía adónde iba ese “evento” tan importante. Volvió él a casa echando pestes de unos chavales que habían dado a su coche con el balón. Ella le escuchaba y hasta asentía donde tocaba, pero estaba muy lejos: con la cabeza y con el corazón. Por suerte, a su marido no le apetecía “noche romántica” y ambos se acostaron. “Ya pensaré en ello mañana”, se dijo Yaroslava al más puro estilo Escarlata O’Hara, pero toda la noche dio vueltas sin pegar ojo. Por la mañana, él se fue y Yaroslava se puso a limpiar a fondo: ese día su madre traía a Stasik, que había pasado una semana en la casa de la abuela. Fregó con rabia suelos, baño y cocina sin conseguir sacarse de la cabeza la pregunta: “¿Y ahora, qué?”. Todavía no era del todo consciente, no acababa de creérselo, pero los recuerdos no paraban de sumarse: gestos de él, conversaciones, cosas que ahora tenían otro sentido. Su mundo se había derrumbado y tocaba recoger los pedazos. Solo tenía claro una cosa: no podría perdonar. Ni si le pedía perdón ni si decía que era un error ni aunque prometiera que jamás ocurriría otra vez. Algún día dolería menos, pero el hecho seguiría ahí, imborrable. Pero también sabía que Stasik tenía dos años y medio. No habría plaza en guardería hasta otoño y no podría reincorporarse al trabajo. ¿Vivir de los padres? ¿Luchar por una pensión? ¿Merecía la pena buscar un divorcio doloroso justo ahora, en caliente, sin estar preparada? ¿Tendría fuerzas o acabaría cediendo a sus súplicas de “pensemos, no te precipites, entiende, perdona”, para luego arrepentirse? No, divorcio seguro, pero más adelante. Y Yaroslava esperó. Seguía con la casa y el niño, planchando las camisas a su marido y eligiendo corbatas. Incluso reía sus chistes, cuando él se acordaba de que ella existía como algo más que una criada. Lo único que no soportaba era la repulsión: encontraba excusas para evitar “ciertos deberes”, aunque a él no parecía importarle. De hecho, últimamente estaba pletórico: sonreía, silbaba, traía flores a casa sin motivo y ella fingía creerse las historias de reuniones y cursos. En octubre surgió una plaza en la guardería, Yaroslava volvió a trabajar y pidió el divorcio. Decir que él se quedó helado es poco: estaba convencido de que su mujer no sabía nada. Cuando supo la verdad montó un escándalo y la llamó interesada. “¡Menuda pieza! ¡Eres una ruin! ¡Las llaman ‘prostitutas domésticas’ con razón! Has estado a mi costa esperando a que el niño creciera y ahora, cuando ya está criado, me dejas, ¿verdad? Creía que no eras como las demás, ¡pero eres igual!”. Los amigos comunes le dieron la espalda, apoyando al marido; una trepa no tenía sitio entre “gente normal”. Hasta su madre la miraba con reproche: “¿Cómo has podido? Si querías divorciarte, haberlo hecho antes. Has estado esperando agazapada… Nunca pensé que mi hija sería tan calculadora”. “Perdón por no estar a la altura de vuestras expectativas” —contestaba Yaroslava a todos, sin cambiar su decisión.