La muerte de mi madre fue lenta, dolorosa, nada dulce Pero, sobre todo, sus ojos Cuanto más se acercaba lo inevitable, más oscuros se volvían. La víspera misma los tenía tan profundos, tan llenos de una inteligencia insondable, como si nada, ni siquiera el tiempo, pudiera escapar a su mirada. O quizá era simplemente su piel, cada vez más pálida, la que acentuaba ese contraste
A finales del verano la traje del pueblo, y como ya era tarde, decidí quedarme a dormir en su humilde piso de Madrid. Aquella noche, al ir al baño, cayó al suelo. Más tarde supimos que se había roto el fémur. Para los ancianos eso, en realidad, es una sentencia.
Todo sucedió deprisa después: una ambulancia, el hospital, la operación, y diez días en una habitación blanca y fría. Cuando íbamos camino del hospital, recordé aquella vez que dormí en casa de mi querida educadora de la guardería, Doña Ana Jiménez, cuando enterraron a mi padre, tras aquel accidente horrible en la antigua carretera de Toledo. Mi madre, con veintiocho años, y yo, apenas tres. No quiso que supiera la verdad, me llevó de casa y me dijo que papá estaba de viaje por trabajo Nunca se volvió a casar. Temía que otro hombre nunca pudiera ser para mí un verdadero padre.
Cuando le dieron el alta, tuve que dejar mi trabajo para cuidarla. Una cuidadora era un lujo imposible, justo cuando estábamos comprando el piso para mi hijo menor. Así que me instalé a vivir en su pequeño apartamento, cambiado pañales cinco veces al día, lavándola, dándole de comer. Ella nunca se quejaba. Aguantaba. Solo gemía como una niña si la movía torpemente, y después susurraba: «No te preocupes, hijo, todo está bien»
No sabía hasta entonces lo débil y aprensivo que era. Por las noches, tumbado en el sofá junto a su cama, lloraba silencioso, ahogado por la desesperación. Sería bello decir que eran lágrimas por ella pero la verdad, lo siento, es que me daba aún más pena de mí mismo.
No había nadie a quien pedir ayuda: mis dos hijos ocupados con sus familias y trabajos, y mi mujer Ella me dijo: «Pero si es tu madre, para mí solo es una desconocida»
En ese momento, no sé por qué, recordé aquel día lejano en que llevé por primera vez a Carmen, mi novia, a conocer a mi madre. Ella estuvo amable toda la tarde. Luego, cuando regresé, le pregunté qué pensaba y solo encogió levemente los hombros y dijo: «No lo sé, hijo, algo no termina de convencerme, pero eso a ti no te obliga a nada. Te casaras tú, no yo». Siempre se llevaron maravillosamente, mi madre y mi esposa.
Y ahora, como entonces, volvimos a quedarnos solos, madre e hijo. Por las noches, ya en la penumbra, hablábamos durante horas. Ella me contaba historias de sus padres, mis abuelos, cómo los alemanes entraron en su aldea durante la guerra y cómo se escondía detrás de la tapia con su hermana mayor, espiando con miedo a aquellos soldados que reían y tocaban la armónica.
Me contaba cosas de mi padre, de quien apenas guardo recuerdos Quizás no los guardo de verdad, solo una sombra vaga: un hombre grande, de barba pincho y olor acre a tabaco, que al volver del trabajo me levantaba y me colmaba de besos, murmurando: «Mi niño, mi hijo»
Poco a poco, las fuerzas fueron abandonando a mamá, y nuestras charlas nocturnas se esfumaron. Siempre tenía la sensación de que era culpa mía, por no saber darle de comer bien. Así que comencé a pedir comida de restaurante, comidas calientes y bien presentadas que le llevaba a casa. Cuando le preguntaba si le gustaban, ella asentía con una sonrisa triste: «En este tiempo te has convertido en un verdadero chef», decía, pero apenas tocaba el plato.
La última noche que pasó en casa, mamá recordó aquellas primeras veces que llegaron los bolígrafos a Madrid. Yo estaba en tercero de primaria. Su amiga Pilar Sánchez consiguió uno gracias a su padre, y era tan maravilloso que me dejé llevar y se lo enseñé a mi madre. Al enterarse de cómo lo conseguí, mamá me pegó, con correa y todo. Luego me agarró de la mano y fuimos los dos, con el bolígrafo, a devolvérselo a Pilar. Apenas recordaba ese episodio, pero esa noche mamá me pedía perdón, explicando su miedo a que yo pudiera convertirme en un ladrón.
Le acaricié la mejilla, y sentí una vergüenza ardiente, aunque nunca me convertí en lo que ella temía.
Al amanecer, cuando se puso ya muy mal y vino la ambulancia, despertó un instante, salió de su olvido, me cogió la mano y murmuró: «Dios mío ¿cómo te las arreglarás sin mí? Eres tan joven aún tan ingenuo»
Mamá no llegó a cumplir ochenta y nueve años. Al día siguiente de su muerte, yo cumplí sesenta y cuatro.







