Un día estaba buscando unos documentos y, cuando por fin los encontré, mi atención se fijó en los papeles relacionados con nuestro piso. Algo en ellos me sorprendió y me inquietó mucho, porque

Los padres de Lucía nos regalaron por nuestra boda un regalo que ya quisieran muchos: ¡un piso en Madrid! Nos entregaron las llaves en una ceremonia oficial, diciendo que ahora éramos los flamantes propietarios, pero claro, como se trataba de una promoción nueva, lo habían comprado de obra, o sea, a medio hacer y sin una triste lámpara. Mi suegra soltó entonces que, ya que ellos nos habían dado el piso, mis padres podrían arrimar el hombro para la reforma. Mis padres, que ya nos habían dado una buena cantidad de euros antes, aceptaron ayudar también con la obra.
Después de la boda, nos pusimos manos a la obra. Mi padre, que es albañil de toda la vida, compró el material y tiramos de pico y pala entre todos. Yo era el pinche, y a veces Lucía también se unía a nosotros, aunque por lo general traía más cafés que ladrillos.
Mi suegro también echaba una mano de vez en cuando, pero decidimos no alquilar piso alguno antes de terminar la reforma para ahorrar unos euros y aguantar viviendo con los padres de mi mujer.
Un día, buscando unos papeles, me topé de casualidad con los documentos del piso y me quedé, como quien dice, de piedra: ¡la propietaria era mi suegra!
Esa noche, tenía previsto salir con mi padre a comprar los azulejos para el baño, pero lo pospuse y le conté lo que había descubierto. Quedé en discutir el asunto con todos en casa.
¿Por qué el piso está a nombre de tu madre? ¿Por qué no está a nombre de Lucía? pregunté directamente, sin rodeos, cuando todos ya estaban en el salón.
Pero hijo, ¡cómo se nota que no tienes ni idea! empezó mi suegra, tan fresca. Es para no herir los sentimientos de nuestra Lucía.
¿Cómo que para no herirla?
Pues porque te puedes divorciar y querrías quedarte con la mitad de nuestro piso.
¿Nuestro? ¿Y cómo es posible que mi padre y yo estemos haciendo la obra, gastando un dineral que vale casi la mitad del piso? ¿Y quién te ha dicho que nos tengamos que divorciar nada más casarnos?
Mamá, te pedí que pusieras la casa a mi nombre intervino Lucía por lo bajini, mirando al suelo.
¿Así que tú también lo sabías?
No es lo que piensas Lo sabía, sí, pero le he dicho mil veces a mi madre que lo pusiera a mi nombre.
Vaya, Lucía, ¡qué bonito comienzo de matrimonio! Todo con engaños…
Ya ha pasado casi una semana desde que me volví a casa de mis padres, y sigo sin tener claro qué hacer. Lucía intenta hablar conmigo, pero yo necesito digerir todo esto. No me esperaba una jugada así de su familia, aunque tal vez todos los padres tengan en la recámara estos truquitos…
¿Y ahora qué hago yo con este marrón?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

seventeen − 4 =

Un día estaba buscando unos documentos y, cuando por fin los encontré, mi atención se fijó en los papeles relacionados con nuestro piso. Algo en ellos me sorprendió y me inquietó mucho, porque
«La invitada desconocida»