Un día pasé casi una hora entera en el banco con mi padre, porque tenía que hacer una transferencia. Yo ya no aguantaba más y le dije:
Papá, ¿por qué no activas la banca online?
¿Para qué? me respondió, completamente sorprendido.
¡Pero papá! Así no perderías tanto tiempo haciendo cola en el banco. Podrías hacer transferencias, pagos, ¡incluso comprar por Internet! Es comodísimo y súper rápido le explicaba yo, emocionada.
Mi padre me miró con calma y me preguntó:
¿Y si hago eso, ya no tendré que salir de casa?
Exacto contesté con entusiasmo. Hasta puedes pedir la compra del supermercado por Internet. Te la llevan a casa. Todo te llega directamente.
Pero su respuesta me dejó sin palabras.
Me dijo en voz baja:
Desde que he entrado hoy en el banco, he saludado a cuatro conocidos y he charlado un rato con la cajera, que me conoce desde hace años. Ya sabes que vivo solo… y a veces, esta es la conversación que me falta. A mí me gusta madrugar, afeitarme, arreglarme y salir a hacer estos recados. Tengo tiempo. Y esto es contacto real, vida de verdad… ningún ordenador puede darme eso.
Hace dos años, cuando estuve enfermo, el frutero, el de la tienda donde siempre compro, vino a casa solamente para hacerme compañía. Se emocionó conmigo. Y cuando tu madre se torció el tobillo hace unos días, el primero en ayudarla fue don Luis, el dueño del pequeño ultramarinos de la esquina. Incluso la acompañó hasta casa porque sabía dónde vivimos.
¿Crees que todas estas cosas pasarían, si todo fuese “online”? ¿Por qué debería querer que todo me lo traigan a domicilio y que el único con quien hable sea con una máquina?
A mí me gusta conocer a la persona a la que le compro, no solo mirar una pantalla donde pone “vendedor”. Porque las relaciones humanas verdaderas nacen de estos detalles. Las tiendas por Internet no tienen eso, hija mía.
Ya no supe qué responderle.
Y él añadió sonriendo:
La tecnología no es la vida.
Así que, dedica tiempo a las personas.
No solo a las pantallas.







