Hay que seguir adelante, hijo. Se fue y ya está. Y tampoco era un hombre de bien, más bien todo lo contrario. Criaremos al niño solos, no te preocupes.
A mí, Pablo, me criaron mi madre y mi abuelo. Apenas conservo recuerdos claros de mi abuela; tenía solo cinco años cuando falleció. Lo único que aún guardo en la memoria es el aroma de sus empanadillas de atún y pimientos…
De mi padre, en cambio, no supe nada jamás. Se marchó antes de que yo viniera al mundo. Mi madre, Teresa, y él llegaron juntos al pueblo.
Conoció a los padres de Teresa, pusieron fecha para casarse, pero el novio, de pronto, desapareció.
Nadie fue a buscarle. Teresa lloró amargamente, ya esperaba un hijo
Las lágrimas no arreglan nada solía decir la abuela. Hay que mirar al futuro, hija. Se fue y se fue, tampoco era alguien respetable. Criaremos al niño nosotros, no te preocupes.
Nunca eché nada en falta en mi infancia, aunque no crecí malcriado. Me iba muy bien en el colegio.
Mi abuelo me educó con mano firme. Me enseñó a respetar a los mayores, a valorar lo que tengo. Aprendí a hacer de todo: lo que me proponía, lo lograba.
Hasta los treinta fui lo que aquí se dice un gran partido. Buen aspecto, carrera consolidada, un buen sueldo, piso grande en Madrid… lo tenía todo.
Las chicas no me faltaban. Pero yo lo tomaba con calma. Y tampoco estaba nunca libre del todo: cada fin de semana iba al pueblo a ver a mi madre. Ya no estaba el abuelo y ella cada vez tenía menos fuerza.
Aún se ocupaba de las tareas de la casa, pero ya le costaba más.
Yo insistía en que se viniera a vivir conmigo, pero no quería.
¿Para qué, hijo? me decía. Y tú, a este paso, no me vas a dar nietos jamás. Aquí estoy mejor, tranquila, en mi casa
Vente este verano. Luego, si quieres, te vas a un balneario y después a mi casa. Necesitas descansar, recuperarte, y luego haces lo que veas. Quizá hasta yo vuelva al pueblo contigo.
¡Pero si tú tienes trabajo! ¿Qué vas a hacer en el pueblo?
En el pueblo también se trabaja, mamá respondía yo encogiéndome de hombros.
Por aquel entonces hablaba con dos chicas. Y no sabía con cuál quedarme.
La primera, Lucía, era una chica de pueblo, sencilla y cariñosa, muy apañada en casa.
La segunda, Carmen. Guapa, elegante. De esas a las que, a simple vista, nadie les supone sentido práctico en casa. Siempre con la risa en los labios
Jamás las invité a vivir conmigo. Siempre nos veíamos en lugares neutros, pero ya iba siendo hora de tomar una decisión. No lograba decidir a cuál dejar.
Así que me dije que lo mejor era que conocieran a mi madre primero. Justo por esos días, ella vino del balneario a pasar unos días conmigo en Madrid. Le vino muy bien el descanso.
Primero vino Lucía a casa. No costó mucho convencerla. Estaba feliz, pensaba que por fin se cumplía su sueño. ¡Un novio como aquel, con presentación a la madre! Significaba que iba en serio, seguro que le propondría matrimonio.
Qué bien vives, Pablo, qué piso más grande dijo Lucía mirando todo.
Sí, bastante amplio. A mamá también le gusta. Aunque últimamente está más débil.
Pero ¿vive aquí contigo? Pensé que solo venía de visita. ¿Está enferma?
Sí, algo débil.
Pues mira, te lo digo claro: yo no voy a cuidar de ella
¡Pero si yo no te pido eso! le respondí, sorprendido. Puedo apañarme yo solo.
Ya, pero
¿Pero qué?
Nada, nada Simplemente, yo creo que vivir separados es mejor. Dijiste que tu madre vivía en el pueblo, tiene su casa allí. Allí estará mejor, y nosotros también sin ella.
Mi madre, Lucía, siempre estará conmigo. Eso no es negociable.
¡Vaya! Yo te hacía más maduro y resulta que eres un niño de mamá. Si cambias de opinión, llámame.
Lucía salió cerrando la puerta sin ni siquiera tomar el café
Bueno pensé, esta ha salido huyendo. Carmen saldrá corriendo aún antes; al final me quedaré sin novia.
Decidí serle directo a Carmen desde el principio.
Sea lo que sea, mi madre siempre estará conmigo le solté de entrada.
No entiendo a qué viene esto se sorprendió Carmen. Entiendo que tu madre viva contigo, pero
Si vivimos juntos, ¿cómo lo ves tú? ¿Con mi madre?
Me parece normal. ¿Me estás pidiendo que me quede contigo?
Sonreí.
Puede ser. Ven a conocerla, si te parece.
Dios ¿Le caeré bien? ¿Así, de repente?
Seguro que sí. ¿De qué tienes miedo?
Ni yo misma lo sé
A Carmen y mi madre les bastó una tarde para entenderse. Muchas veces paseaban juntas, esperando a que yo volviera del trabajo. Luego, los tres fuimos al pueblo. Para mi sorpresa, a Carmen le encantó la vida rural. Y mamá decidió quedarse otra temporada allí.
Es verano, hijo, ya me encuentro mejor me dijo.
A los seis meses celebramos la boda.
¡Ahora sí que tendré nietos! dijo mamá.
Y los tuvo. Primero una nieta, luego un nieto.
Carmen y yo vivimos con nuestros hijos en la capital. Fueron creciendo y preparándose para la universidad. Mamá últimamente vivía también con nosotros, y en vacaciones los tres marchábamos al pueblo. Teresa no terminaba nunca de desprenderse de su casita.
Perdón, Carmen, pero quizás no es el momento. Quiero volver a mi casa, al pueblo. ¿Vamos? le pidió una tarde.
Por supuesto. Esperemos a Pablo, que llega ya del trabajo.
Bien. Pero salimos en cuanto llegue, avísale, por favor Lo necesito…
En el pueblo, todo seguía igual de tranquilo. Cada año quedaba menos gente
Ya está, he venido a casa para siempre dijo de repente Teresa. Vendéis mi casa si queréis. Poco os darán, da pena, se caerá a pedazos
¡¿Pero, mamá, qué dices?! ¡Vámonos a Madrid enseguida!
Eso, eso, mamá, apoyó Carmen. ¿Pero qué ideas son esas?
Bueno, está bien Ponéis el agua a calentar. Me apetece una infusión
Tras el té, Teresa se fue a su habitación; dijo que iba a descansar un minuto
Carmen y yo nos quedamos un rato en la cocina.
Mamá, tenemos que irnos ya la llamé al fin.
Silencio.
Fui a la habitación y me quedé de piedra Mamá ya no estaba entre nosotros.
La enterramos en el cementerio del pueblo.
Ella lo intuía Quería venir una última vez lloraba Carmen. Yo la quería como a una madre
Lo sé, cariño. Lo he notado siempre. ¿Y qué hacemos ahora con la casa?
Venderla sería una pena
Sí. Es un trocito de nuestro pasado. Que siga ahí Ya traeremos de visita a los niños, y quizá algún día a los nietos
Así decidimos dejar la casa familiar, un pedacito de nuestros orígenes. Yo he aprendido que las raíces y la familia siempre tiran, y que incluso entre ausencias y cambios, lo verdaderamente importante permanece en el corazón.







