Lo recogí un martes por la tarde, de regreso a casa después de una larga jornada de trabajo. Recuerdo perfectamente cómo yacía junto al contenedor de basura, empapado por la lluvia, delgaducho, tiritando de frío. No fui capaz de seguir mi camino sin hacer nada; algo dentro de mí no me lo permitía. Me agaché, le hablé suavemente y él apenas movió la cola, como si implorara un poco de compasión. Lo alcé, lo llevé a mi piso de la calle Mayor y lo sequé con una toalla raída que guardaba en un cajón. Jamás imaginé que aquel sencillo acto desataría un vendaval de comentarios y críticas.
Al día siguiente ya empezaron las miradas y los cotilleos. La señora Eugenia, la que siempre limpia la escalera, me soltó:
Espero que ese perro no sea agresivo.
Otra vecina, Mari Ángeles, dijo bien alto para que la escucharan:
Ahora cualquiera acoge a cualquier cosa de la calle.
Pero lo peor fue cuando don Lorenzo, el presidente de la comunidad, llamó a mi puerta con cara seria para advertirme de que varios vecinos estaban preocupados porque el perro afea el portal. Me entró la risa de pura rabia. ¿Afea? ¿Un ser vivo? ¿Es que lo ven como un mueble viejo?
Un señor del segundo, don Felipe, pasó por delante y murmuró:
No es de extrañar que el barrio esté cada vez peor.
Otros dos se quejaron porque el perro, al oír una moto demasiado cerca, soltó un solo ladrido. Desde entonces, cada vez que salía a pasearlo, veía cómo se cerraban las contraventanas a mi paso. Como si llevase el tifus colgado del brazo.
Una tarde, caminando por la plaza Mayor, una señora se me acercó indignada y me soltó que el perro iba a traer pulgas y que sería mejor devolverlo allí donde lo encontré. Le pregunté a qué se refería con allí, pero se encogió de hombros, como si la vida de un animal fuese solo una molestia más a eliminar.
Poco a poco, la situación empeoró. Comenzaron a aparecer notas anónimas en mi puerta:
No es lugar para ese perro.
Piensa en los demás.
Este es un barrio tranquilo.
Incluso insinuaban que quería convertir el edificio en una perrera.
Y todo esto mientras el perro no molestaba absolutamente a nadie. Comía, dormía y me miraba con esos ojos llenos de gratitud que nadie parecía ver. Lo llevé al veterinario de la calle Toledo, le di un baño, lo alimenté. Día a día iba recobrando el brillo, la fuerza y la confianza. Pero mis vecinos seguían empeñados en pintarme como la villana de la manzana.
Un día, don Felipe fue incluso más lejos y empezó a comentar en la panadería que yo perturbaba la paz de la comunidad. Lo curioso es que cuando vio a mi hija Inés jugando con el perro en el parque, cambió enseguida el tono:
Bueno, si es por la niña, entonces no está tan mal.
Entonces lo comprendí: el problema no era el perro, ni conmigo. Era con cualquiera o cualquier cosa que no encajara en su quimérica idea de perfección. Hipocresía en estado puro.
Hoy, muchos años después, aquel perro sigue a mi lado. Se llama Roco. Por fin tiene buen peso, sus ojos brillan y ha aprendido a dormir tranquilo. Los vecinos ya no dicen nada, pero aún noto sus ceños fruncidos cuando nos ven pasar.
Pero yo lo tengo claro: prefiero soportar mil miradas desaprobadoras antes que dejar que un ser inocente muera solo y asustado en una acera de Madrid.






