Lo recogí un martes por la noche, al volver del trabajo. Estaba tendido junto al contenedor de basur…

Te cuento lo que me pasó el otro día, porque de verdad… aún no me lo creo. Era martes por la tarde, después de una jornada eterna en la oficina. Bajaba por la calle Alcalá, cerca de casa, cuando de repente veo un perro hecho polvo, tumbado al lado de los cubos de basura: empapado, famélico, temblando sin parar. No pude mirar para otro lado, te lo juro. Me acerqué despacito, le hablé suavecito y él agitó el rabo, como pidiendo una oportunidad. No lo dudé; lo cogí en brazos y me lo llevé conmigo. Al llegar, lo sequé con una toalla vieja de esas que usaba en la playa. No pensaba que fuera a armar la que se armó después.

Ya el miércoles por la mañana empezaron los comentarios. La vecina del primero, la señora Carmen, va y me suelta:
Espero que ese perro no sea peligroso, ¿eh?

Y la del tercero, que es más bocazas, dice bien alto desde el portal:
Aquí ya cualquiera se lleva a lo que encuentra por la calle

Pero lo gordo vino cuando el administrador del bloque (sí, el mismísimo don Antonio) llama a mi puerta para decirme que ha recibido varias quejas porque al parecer mi perro rompe la estética del edificio. Me entró la risa, pero de rabia. ¿La estética? ¡Si es un ser vivo, no una lámpara!

Luego, para rematar, otro vecino, Jesús, comenta:
No es casualidad que el barrio esté cada vez más dejado

Y dos más se quejaron porque el perro ladró una vez que, ojo, fue porque pasó una moto casi rozándonos. Desde entonces, cada vez que salgo a pasear con él, la gente cierra ventanas como si fuésemos apestados.

Un día, paseando por el Retiro, se acerca una señora y me espeta que el perro va a traer pulgas y que sería mucho mejor que volviese a donde salió. Le pregunté que dónde era ese sitio, exactamente, y ella se encogió de hombros, como si la vida de mi perro fuera solo un estorbo.

Las cosas fueron a peor cuando empezaron a dejarme notas anónimas en la puerta:
Ese perro no es para este barrio.
Piensa en los demás.
Este es un edificio tranquilo.
Hasta hubo una que decía que quería convertir la comunidad en un refugio de animales.

Lo gracioso es que el pobre Cocoliso (porque así le llamé, Coco para los amigos) no molestaba a nadie. Comía, dormía y me miraba con esos ojazos llenos de gratitud que nadie parece querer ver. Lo llevé al veterinario, lo bañé, lo alimenté como un rey, y cada día lo veía más guapo y más sereno. Pero seguían tratándome como si fuese el enemigo público número uno de Chamberí.

Uno de los vecinos llegó a inventarse que estaba alterando el orden público. Pero cuando me vio con mi hija Jimena jugando con el perro en la plaza, de repente cambió de idea y dijo:
Ah, bueno, si juega con la niña, entonces vale

Ahí me di cuenta de que el problema no era Coco. El problema es la gente que piensa que todo lo diferente, todo lo que no encaja en su mundo perfecto, hay que quitarlo del medio. Es el ejemplo más puro de doble rasero que he visto en mi vida.

Hoy, Coco sigue conmigo. Está redondo, los ojos le brillan y ya por fin duerme tranquilo. Los vecinos ya no dicen nada, pero siguen frunciendo el ceño cada vez que nos ven.
Pero te lo digo de corazón: prefiero mil veces aguantar las malas caras que dejar a un animal inocente muriéndose en cualquier rincón de Madrid.

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Lo recogí un martes por la noche, al volver del trabajo. Estaba tendido junto al contenedor de basur…
Relevo silencioso