Mi hermano se fue de vacaciones y me pidió que cuidara de nuestra madre. Jamás habría imaginado que esto me costaría tanto

Una noche, mi hermano me llamó y entre los vaivenes de las campanas de la catedral, me dijo que se iba de vacaciones con su familia a la playa de Cádiz. Como no quería dejar sola a mi madre, me pidió, casi implorando entre susurros, que la acogiera en mi piso de Madrid durante esos días. No sentí pesar alguno y accedí, pues mi hermano y los suyos habían estado años encargándose de mi madre con una paciencia elevada casi al rango de milagro. Mi madre, Pilar, de carácter áspero y complicada dulzura, siempre había sabido crear una tormenta de la nada y regar discusiones como si fueran geranios.
En mi piso, solo había una camaesa amplia y dúctil, recién comprada en el rastroy por eso cedí, guiada por una extraña resignación onírica, y extendí mi colchón en el suelo. Al principio todo parecía fluir despacio, como el agua debajo de los puentes del Manzanares. Pero al caer la noche, cuando el reloj daba vueltas como un torero nervioso, Pilar murmuró que el colchón se le clavaba en la espalda como si durmiera sobre espinas o antiguas monedas.
El caso es que ese colchón era nuevo, envuelto aún en aroma a madera y sueños recientes; nada debería sobresalir, pensé. Revolví mi armario buscando una manta extra, una de esas bordadas por la tía Marisol en Soria. Soñaba que con eso se tranquilizara mi madre y me sumergí en el suelo, pero no hubo paz. Pilar andaba inquieta, sus dedos tamborileando en el cabezal, el ceño fruncido tejía sombras en la pared.
A la mañana siguiente, entre nieblas y el lejano aroma a churros, me preparé un café y me arreglé para ir a la oficina. Antes de cruzar la puerta, escuché la voz de mi madre, un eco desde otra época:
¿Dónde vas? ¿Quién me va a poner la inyección?
Sus palabras me parecieron guijarros lanzados a un lago en calma. Nadie, ni mi hermano ni las vecinas, me había hablado de inyecciones. Llamé a Javier, mi hermano, que desde algún rincón soleado de Andalucía me aclaró en voz baja que Pilar sabía administrarlas sola, de tanto hacerlo en la rutina diaria de los días. Aliviada, salí a la calle casi corriendo, porque ya llevaba el tiempo torcido, una hora y media de retraso en la oficina.
Esa noche, al volver, me encontré con mi madre tirada en el sofá, los rizos despeinados y el pecho subiendo y bajando como las olas en San Sebastián. Apenas pude ayudarla a ponerse en pie. Había comido, en un arranque de nostalgia, un popurrí de cosas prohibidas: chorizo, tarta de Santiago, y hasta un trozo de queso manchego. Su estómago armaba una verbena y ella me miraba, acusadora:
No te importo nada, por eso me pasa esto. ¿Quieres que me muera? soltó, y sus palabras revoloteaban como pájaros en la cabeza.
Mamá, no puedo dejarlo todo y dedicarme a cuidarte le contesté, temblorosa, imaginando el próximo sueño absurdo.
Pilar sigue siendo capaz de valerse por sí misma; solo que, años atrás, Javier vendió el pisito de Lavapiés y se compró un piso de tres habitaciones en el extrarradio, donde la llevó consigo. Desde entonces la marea de los días nos lleva a todos por caminos distintos. No sé cómo manejar los caprichos infantiles de mi madre adulta. Su conducta, tan desbordante y abrumadora como las procesiones en Semana Santa, no trae la alegría menuda de la niñez, sino una extraña melancolía.
Es terrible. Y, mientras tanto, las horas se derriten como helado en agosto, en este sueño madrileño donde todo parece escurridizo y fuera de sitio.

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