Ay, mamá, ¿otra vez estás friendo pescado? dijo Carmen asomándose a la cocina.
Sí, pero he abierto las ventanas y encendido la campana, contestó Isabel.
Durante los últimos cuatro meses, desde que su hija se mudó con ella, escuchaba comentarios varias veces al día.
Has echado demasiada sal a la comida o has dejado la ropa en el sitio equivocado. O que el televisor en tu cuarto está muy alto.
Isabel ni siquiera se dio cuenta de cuándo empezó a caminar de puntillas en su propia casa. Procuraba hacerlo todo en silencio y con mucho disimulo para no molestar a su hija y a su yerno.
Al principio todo parecía ir bien…
Tras casarse, Carmen y su marido decidieron vivir por separado. Empezaron a alquilar un piso. Iban a ver a Isabel los fines de semana. Era comprensible: ambos tenían trabajo y sus propios asuntos.
Un día, Isabel se sintió mal. Los vecinos llamaron a una ambulancia. Minutos después llegó también su hija. Cuando le dieron el alta del hospital, Carmen le dijo unas palabras:
Te tenemos preparada una sorpresa. Creo que te va a gustar. La verás cuando lleguemos a casa.
Isabel entró en el piso y enseguida tropieza con unas bolsas en la entrada.
Hemos hablado y hemos decidido que a partir de ahora vamos a vivir contigo. Así te cuidaremos.
Isabel se quedó sorprendida por la decisión de su hija y su yerno.
Al principio, Carmen realmente cuidaba de su madre. Limpiaba, cocinaba, planchaba la ropa. Pero tras dos meses en casa de su madre, empezó a olvidarse del motivo por el que se mudaron.
Isabel comenzó a sentirse mejor. Volvió a hacerlo todo sola. Cuando los hijos iban a trabajar, ella cocinaba y limpiaba.
La hija insistía en que su madre tenía que cuidarse, pero Isabel la convencía de que ya estaba mucho mejor.
Carmen y su marido pronto notaron las ventajas de vivir con la madre. No había que pagar alquiler. La casa estaba impecable y no hacía falta cocinar.
Mamá, hoy vienen unos amigos. ¿Por qué no te pasas un rato a casa de la vecina y te tomas un té? Así estamos más a gusto y tú no te aburres, le sugirió Carmen un día.
A Isabel no le apetecía salir por la noche. Además, la vecina se acostaba temprano. Como hacía buen tiempo, decidió dar una vuelta cerca del portal y tomar un poco el aire. Pasaron las horas y los invitados no se iban. Isabel quería acostarse y descansar, pero esperaba pacientemente a que su hija la llamase para volver a entrar.
El vecino de abajo salió con su perro y, media hora después, regresó; Isabel seguía sentada en el banco.
Perdone, ¿se encuentra bien? preguntó el vecino.
Sí, gracias. Es que mi hija tiene invitados y prefiero no molestarles.
Seguro que me recuerda, vivo en el primero.
Sí, claro que le recuerdo.
Se habían visto algunas veces, pero solo se saludaban. A Francisco se le había muerto la esposa hacía poco. Sus hijos vivían por su cuenta.
¿Por qué no sube a casa a tomar un té? Hace fresco. Llame a su hija y dígale que está conmigo.
Isabel marcó el número de Carmen, pero no contestaba. Seguramente no le apetecía saber nada de su madre.
Vamos, dijo la mujer finalmente.
Tomaron té y charlaron. De pronto, Carmen llamó a Isabel:
Mamá, ¿dónde estás? Los amigos se fueron hace rato. Vamos a acostarnos y tú aún no has vuelto.
El tono de su hija volvía a sonar a disgusto. Isabel no entendía qué había hecho mal esta vez. Empezó a prepararse para regresar a casa. Francisco la acompañó hasta la escalera.
Solo son dos pisos, dijo Isabel.
Te acompaño igualmente, así me quedo más tranquilo, le respondió Francisco.
Desde entonces, Isabel empezó a visitar a su vecino con frecuencia. Tomaban té juntos o preparaban la comida. A veces, Francisco cocinaba alguna receta especial. Aquella tarde, Isabel volvió a refugiarse en casa de Francisco. Celebraban el cumpleaños de su yerno y había invitados.
Tu piso es tan tranquilo y sosegado, le dijo Isabel en una ocasión.
Puedes quedarte aquí para siempre, le propuso Francisco.
La miró de tal forma que Isabel supo enseguida que hablaba en serio.
Lo pensaré… respondió Isabel con una sonrisa.
Aunque en su interior ya sabía cuál sería su respuesta.






