Había una vez una anciana en Madrid que, una tarde avainillada y suavecita, decidió hacer una buena obra. Recogió todas esas cosas que le sobraban, que ocupaban su pequeño piso y no le dejaban sentir paz. Entre ellas había blusas finas, vestidos, sombreros de fieltro, faldas de lunarestodo lo que llenaba de aromas viejos los armarios. Y entonces pensó en voz muy baja: Llevaré todo esto a la parroquia, por si alguien lo puede aprovechar. Quizá algún sintecho, quizás algún refugiado encuentre abrigo.
Metió todo con mimo en una bolsa grande y la dejó en un rincón del salón. Decidió que la llevaría a la parroquia al día siguiente y se fue a dormir, olvidándose del mundo.
Peroy creedme o nosoñó con algo tan raro que parecía venir de otro universo.
Se vio a sí misma flotando, su alma subiendo hasta el techo, mirando todo desde arriba. Toda la casa parecía inundada de luz dorada, y su alma reía de alegría. Ella seguía, sin embargo, abajo, de pie en mitad del salón con la bolsa en los brazos, esa bolsa que estaba tan llena de cosas y planes.
Delante de ella apareció una niña, de esas que solo existen en sueños. Se llamaba Yolanda y sus ojos eran oscuros como aceitunas.
¿Qué lleva usted en esa bolsa? preguntó Yolanda, ladeando la cabeza.
La anciana, sonriendo con dulzura, respondió:
Son cosas que ya no uso. Solo ocupan espacio y no dejan sitio para lo nuevo. Quiero regalarlas a quien sí las necesite. Mañana las llevaré a la iglesia de San Antón.
Qué buena es usted dijo Yolanda. Pero esa bolsa está sucia, ¿no la ve? Lávela antes de llevarla, ¿sí?
Por supuesto, corazón asintió la anciana.
No lo olvide respondió la niña, y en ese momento desapareció, como el humo después de la misa.
Al despertarse, la anciana saltó de la cama, con el sueño pegado a la piel como la brisa de marzo. ¿Sería un ángel aquello? ¿O solo una niña perdida entre sus recuerdos?
Se acercó a la bolsa, la abrió y fue sacando todo, una pieza tras otra. Si había que lavar, se lavaría. Y si había soñado todo eso, tampoco estaría de más.
Quizá parezca divertido. Tal vez la anciana estaba equivocada al creer en sueños. Muchos dirían que era supersticiosa, pero yo no estoy tan segura. Ni siquiera yo misma me lo creía, hasta que sucedió lo que ahora voy a contaros.
En aquel mismo bloque vivía una familia joven. Había nacido un niño, el segundo hijo. Los padres, deseosos de celebrar, invitaron a amigos y familiares para compartir la dicha.
El salón se llenó de risas y obsequios envueltos en papel de colores. Pero nadie abrazaba ni elogiaba mucho al pequeño. Qué bonito, qué chiquitonormalmente se escucharía, pero los padres eran supersticiosos: prohibieron hablar de la hermosura del bebé. Según decían, daba mala suerte.
Así que los invitados, para no contrariar, empezaron a decir lo contrario. Lo miraban por encima del hombro y murmuraban, con voz de culebra:
Pues sí que es feo el niño Que Dios nos libre. Más feo no puede ser. Ni ganas de mirarlo.
Uno tras otro, repitieron esas frases, agitando las manos con desdén. Los padres por fin pudieron respirar tranquilos y todos pasaron al comedor a seguir la fiesta.
El hermano mayor, un niño de siete años de nombre Rodrigo, lo escuchó todo. Observaba las caras de repugnancia y, de repente, en su lógica extraña de hermano y de crío, decidió: Si de verdad es tan feo y malo mi hermano, ¿para qué sirve?
Sin pensarlo mucho, cogió al bebé y echó a correr hacia el balcón. Miró alrededor y, como solía hacer con los juguetes viejos, lanzó a su hermano hacia abajo, al vacío.
Se me encogió el alma al oír esto. Todo habría acabado en tragedia, si la vida no tuviera de vez en cuando esas sorpresas absurdas y milagrosas.
La anciana del sueño, que vivía justo un piso debajo, había terminado de lavar la bolsa de ropa y la tendió fuera de la ventana para que se secara al sol de la tarde.
Y en ese instante, desde arriba, cayó el bebé como un rayo de vida, aterrizando suavemente dentro de la bolsa colgada, como si todo estuviera escrito por una mano invisible.
Cuando los padres se dieron cuenta de que el silencio era, de repente, demasiado profundo, ya era tarde. Entraron en la habitación y el mayor estaba en el balcón; el pequeño no aparecía. Preguntaron, buscaron, hasta que Rodrigo confesó:
Pues si es feo y nadie lo quiere, lo he tirado.
El corazón de la madre se heló. El padre corrió escaleras abajo a la carrera, y fue entonces cuando halló, sano y salvo, a su hijo en la bolsa tendida de la anciana.
¡Qué fortuna! lloraban los padres, acunando al niño.
¿Y a quién dieron las gracias? ¿A quién creéis? A la abuela del segundo, por supuesto. Nadie mencionó a Dios. Nadie, salvo la propia anciana que lo sabía muy bien. No fue a propósito que tendió la bolsa en ese momento, no iba siquiera a lavar nada si no fuera por el ángel que se le apareció en sueños.
¿Por qué todos piensan que han tenido simple buena suerte sin más? ¿Por qué nadie da las gracias a Dios? Llevo preguntándomelo mucho tiempo. Cada uno tendrá su respuesta. Pero yo, por mi parte, os digo que no creo en coincidencias. Agradezco solo a Dios, porque ¿qué milagro sucede sin que Él ponga su mano?






