La felicidad enredada – ¿Cómo que nos separamos? ¡Pero si llevamos casi veinticinco años juntos! La …

Felicidad difícil

¿Cómo que nos divorciamos, Fernando? ¿Pero tú te estás quedando conmigo?

Sonsoles miraba a su marido sin dar crédito. ¿Divorcio? ¡Pero si llevaban casi veinticinco años juntos! Dentro de dos semanas iban a celebrarlo… ¿O ya no? Tenía la cabeza hecha un lío. ¿Y la celebración, los invitados? Ya estaban las invitaciones enviadas… Todos vendrían. La familia entera. Los amigos no paraban de llamar para preguntar qué regalar… Y alguien, como Clara, su mejor amiga, ya había mandado su regalo. Lástima que no fuese a venir, con lo lejos que está y embarazada de seis meses, imposible subir a un avión. Mejor quedarse en casa. Ya se verían y lo celebrarían de nuevo. Clara fue, al final, la que le presentó a Fernando, compañero de su facultad. Y luego, durante la boda, fue la que más gritó ¡Que se besen!, escondiéndose tras el ramo de novia de Sonsoles, que ni lo lanzó, sino que se lo entregó directamente a su amiga.

No entiendo, ¿qué le pasa a tu Álvaro? ¡Está a punto de perder a una chica como tú!

No te preocupes, todo a su tiempo, Sonsoles. Él aún no está, digamos, maduro. ¿Para qué quiero yo un marido verde? ¿Para cansarme y terminar divorciada en dos años, como mucho? Y luego todo eso de repartir bienes, hijos, familia… porque para entonces ya me adorarán. ¡No, gracias! Prefiero esperar a que madure.

Pero, Clara, ¡dos años es mucho para planear tantas cosas!

Yo no sé ir a medias. Si me pongo a algo, lo hago del tirón.

¿Y los hijos, Clara? ¿De golpe? ¿Gemelos o qué?

¡Sí! ¡Quiero mellizos! Así lo paso una vez y tengo el kit completo. En la familia de ambos hay antecedentes, así que posibilidades hay.

¡Pero tendrá que criarlos también!

Más fácil criar a dos que a uno solo.

¿Por qué? Sonsoles escuchaba intrigada a su amiga. Clara siempre fue lista y pragmática; de niñas, cuando hacían travesuras, la que nunca era descubierta era ella, y siempre intentaba proteger al resto. Pero si alguien se creía más listo y desobedecía, Clara lo dejaba a su aire, esperando a ver cómo le caía la bronca.

Fácil. Competencia sana y bien gestionada, compañía asegurada para jugar, y el estatus de madre del año por criar a dos a la vez. ¿Te vale o quieres más?

¡Basta, basta! Sonsoles reía, pero estaba segura que Clara sería capaz de conseguir lo que se propusiera.

Y así fue. Solo que el destino tenía más sentido del humor que ella: en vez de mellizos, Clara tuvo trillizos. Como si el cielo quisiera ponerla a prueba y ver de qué pasta estaba hecha.

Clara, dicho sea, salió airosa. Para entonces la familia de su marido ya había sido conquistada. Nunca pidió ni reverencias ni halagos, hablaba claro y poco, pero siempre estaba dispuesta a ayudar, normalmente a través de su marido, que no era precisamente voluntarioso para estos temas. Pero ahí iba Clara, que le decía:

Mira, llegará el día que necesitemos ayuda y ¿qué pasará? ¡Nos darán con la puerta en las narices! Así que, chico, si quieres patatas con setas esta noche, vete a casa de tu madre y monta el nuevo armario. Te lleva dos horas y le harás muy feliz. Dile también que yo iré a limpiar las ventanas.

Así, cuando Clara necesitó ayuda para los niños, tenía a las abuelas y una tía abuela siempre disponibles. Los trillizos, delicados al nacer, salieron adelante. Admirablemente, Clara se apuntó después a la universidad.

¡Estás loca! ¿Cuándo piensas estudiar? decía Sonsoles.

¿A quién se le ocurre suspender a una madre de trillizos? No se me atrofia la cabeza en la baja maternal y después tendré el título. Seré economista y abogada. ¡Un chollo!

Clara sacó el título y encontró trabajo asegurando que el sueldo de becaria cubría sola a la niñera.

Pero Clara, ¿te va a sobrar algo de ese sueldo?

En realidad aún no la necesito; las abuelas me hacen el apaño, pero eso el jefe no tiene que saberlo. Además, necesito experiencia. Por mucho título que tengas, si no sabes, ¿de qué vas a trabajar? Prefiero aprender estos dos años por lo mínimo, pero luego podré elegir mi rumbo.

Sonsoles veía cómo se las apañaba su amiga y se asombraba. ¿Cómo podía llegar a todo? Ella se atascaba en lo más simple. Hasta elegir medias en el cole era un mundo.

Eso sí, cuando decides, no tienes dudas. No como yo, que no paro quieta decía Clara para animarla. Eres conservadora, Sonsoles. Por eso eres la más fiable del mundo.

Fiable… ¡Vaya! Anda que Fernando iba a valorar mi fiabilidad… ¿Pero cómo puede? ¿Para qué todo esto? ¡Si estábamos bien! Es verdad, la falta de hijos minó nuestra vida, pero ya lo habíamos asumido. Lo que no pudo Sonsoles fue adoptar. No era cuestión de recursos. Temía no ser capaz de querer a un niño ajeno como propio; sospechaba que para ese paso hacía falta algo más que decisión.

Aún no te has cruzado con tu hijo le decía doña Carmen, directora de una residencia infantil que apoyaba la empresa de Sonsoles, mientras la observaba mirar a los niños con desesperanza en los ojos. Cuando lo veas, lo sabrás y nada te frenará. Ni los problemas ni nada.

¿Y si no lo veo? ¿Y si no me toca? apoyando los juguetes en la mesa.

Pues no te toca. Mejor así, Sonsoles, que tomar una responsabilidad y no saber estar a la altura. Sufrirían dos: tú y el niño. Ya he visto a muchos así aquí. Mira ese de ahí, Ángel, lleva dos familias de acogida fallidas.

¡Dios mío! ¿Pero cómo es posible? ¿Qué edad tiene?

Va a cumplir seis. En la primera familia estuvo dos años, en la segunda, uno.

¿Por qué?

Primero cogieron un huérfano y después tuvieron el suyo propio, típico. La segunda tenía ya dos biológicos y tres acogidos. Ángel fue el cuarto y se quedó sin sitio. Un día se sentó en una esquina y dejó de comer. De beber solo pidió agua. Quería volver aquí, porque no le querían. Un psicólogo trabajó con él, pero nada. Lo devolvieron.

Las palabras dejaron a Sonsoles al borde de un ataque de desesperación; un impulso la empujó a inscribirse para adoptarle, pero fue Clara quien puso cordura:

¿Estás segura de tener ese amor? ¿Y si no? Mejor déjalo estar. Que no sea solo por compasión, porque puedes hacer mucho daño. ¿Quieres que te preste uno de los míos unos días, y ves si te va ese papel?

Sonsoles desistió. Dejó de ir a la residencia aunque siguió ayudando a distancia, y aunque nunca olvidó a Ángel. Se convirtió en su faro: vivir sin hacer daño.

Sonsoles se abrazó los hombros; tenía frío, un frío que venía de dentro, aunque el otoño madrileño ya había encendido la calefacción. ¿Ahora qué toca? Tal vez ayudar a Fernando a hacer la maleta. ¿Abrigos? Todavía el tiempo es suave, pero aquí no dura nunca… Nada que ver con los inviernos suaves de Granada, donde ella nació. Allí, con una cazadora de cuero bastaba en invierno. Solo sacaban un abrigo gordo para subir a Sierra Nevada… Lo único que deseaba ahora mismo Sonsoles era estar con su madre, perderse unos días en la Alpujarra, olvidar el mundo. Pero su madre ya no estaba. Ni Fernando tampoco.

No quería esa libertad, no. Sonsoles quería a su marido al lado: desayunar juntos, charlar de noche porque no hay sueño, escapadas locas a un teatro o al campo. Nunca les fue bien hacer planes; los mejores días siempre fueron espontáneos. Fernando podía llamarla a media mañana y decir:

Sonsoles, ¿qué haces?

Agobiadísima, dos entrevistas y luego al banco.

¿Y si pasas de todo? ¿Vamos a pasear?

Sonsoles lo dejaba todo y, una hora después, caminaban callados por El Pardo o la Casa de Campo. Eso era la felicidad…

Ahora, esa felicidad era pasado. Su pasado. Lo recordaría, él, seguro que no. Él tenía futuro, una nueva pareja… y un hijo en camino. ¿Era eso el motivo? ¿O su matrimonio fue una mentira? Lo primero, Sonsoles podría asimilarlo, pero lo segundo… No. Porque entonces significaría que ella era invisible, nada, incapaz de hacer feliz siquiera a un hombre.

En la cocina, de rodillas junto al radiador caliente, intentaba obligarse a moverse, pero no podía. Oía cómo Fernando caminaba, abría cajones, cerraba puertas. Le temblaba todo; hasta la maceta única de la casa, esa que le regaló Clara, temblaba en el alféizar. Cuando la puerta finalmente se cerró, Sonsoles apretó las manos, las apoyó, se aferró tanto al mármol que hubiera querido partirlo y, de pronto, arrastró la maceta y la estrelló al suelo, soltando un grito.

No se sintió mejor. La tierra negra mezclada con trozos de cerámica desparramada por la cocina la hizo recuperar la compostura. Exactamente así estaba todo: negro. No quedaba nada luminoso. Porque la luz se había ido, saliendo por la puerta y dejándola completamente sola, a tientas, sin brújulas.

Salvo una…

Sonsoles se despegó del radiador, caminó sobre los trozos rotos, sin sentir el corte en el pie, llegó al dormitorio y cogió el móvil.

Clarita…

No era un llanto. Era un aullido ronco, surgido del dolor más puro. Y Clara entendió todo al instante, sin que tuviera que explicarle nada.

¿Se ha ido Fernando?

Vale, pues mañana me tienes allí.

¿Te has vuelto loca? Sonsoles reaccionó al oír la firmeza ordenada de su amiga. ¡No! ¡Ni lo pienses! No quiero que vengas, si pasa algo y tú embarazada…

¿Tú lo sabías?

Lo sospechaba. Fernando ni siquiera me miraba la última vez que estuvisteis aquí. Ahora entiendo por qué. ¡Sonsoles, es lo mejor!

¿Lo mejor? ¡No me quedan ganas de vivir! ¡No me queda nada! Todo se fue al garete ¿Qué hago?

¡Cómprate un vestido!

¿Qué? se sorprendió Sonsoles, a punto de dejar caer el teléfono.

Eso mismo: el que nunca te has decidido a comprar. Vé ahora mismo y cómpralo. Luego me mandas foto. No te quedes en casa, no aúlles. No sirve de nada. Compra el vestido, súbete a un tren o avión. Estoy de maravilla. Nos vamos a la Sierra.

¡Si estás a punto de dar a luz!

¿Y? No soy una inválida. Iremos a un hotel, nada de tiendas de campaña. Caminaremos cerca. Me hace tanta falta como a ti, Sonsoles. Los niños están por ahí y necesito aire. Así que, en media hora, dime tu número de vuelo, no hagas esperar a una embarazada.

Clara colgó y Sonsoles se quedó mirando el móvil. ¿Y ahora qué?

La respuesta fue automática. Sonsoles se puso de pie y fue al espejo. Allí estaba ella. Ya no una niña, pero tampoco vieja. Su juventud quedaba atrás, pero, ¿qué más daba? Clara tenía razón: si Fernando pensaba que se quedaría en una esquina lamiéndose sus heridas, estaba bien equivocado. Se alisó el pelo, se limpió las lágrimas. Había que moverse.

Devolvió los mensajes, hizo llamadas para cancelar todo lo previsto… Listo. Ahora la escoba y la fregona.

Aunque tenía dos aspiradoras, volvió a lo tradicional y limpió la cocina. El vestido le sentó como un guante: rojo, vivo, tan diferente de los tonos neutros de siempre. Eso de llamar la atención no era lo suyo, a diferencia de Clara, que nunca caía mal aunque no pasara desapercibida. Pero ahora ella también quería arriesgarse.

El reflejo le devolvía otra Sonsoles: cansada, dolida, pero no rota. Seguía habiendo algo en ella, algo que nadie le iba a quitar. A lo mejor, en el fondo, entendía por qué Fernando se fue. Lo difícil siempre es traicionar a un amigo.

El viaje salió mal; combinación, retrasos… pero mejor así, para distraerse.

El viaje les sentó bien: caminaron por la sierra, hablaron, guardaron silencios cómodos. Clara, con su lógica aplastante, le desmontaba las preocupaciones y las ponía en su sitio.

Vuelve a Granada. ¿Qué vas a hacer sola en Madrid? Trabajo, niños, centros infantiles… Aquí están levantando barrios enteros, puedes montar centros educativos, y tu padre te necesita. Ya hablabas de traerlo. Ahora ni tendrás que cambiar de ciudad ni de clima. Vive cerca o en la misma casa. Piénsalo.

Sonsoles lo pensó y durante ese retiro resolvió que sí, sería lo mejor.

Divorcio, venta de piso y coche, papeleo. Todo eso quedó atrás, con recuerdos y experiencia. Viendo a Fernando una o dos veces por trámite, consiguió borrar su número y su imagen de su vida consciente.

La ciudad la recibió en plena primavera, con los cerezos en flor y un sol radiante. Respirar se hizo más fácil, y sin concederse tregua, Sonsoles construyó una nueva vida. Compró un piso cerca del de su padre. Había una mujer discreta y amable, Luisa, que saludaba siempre con una sonrisa cuando Sonsoles iba a ver a su padre. Pronto se vio que lo mejor era que el abuelo se quedara con Luisa; Sonsoles sintió alegría por su padre, que merecía compañía y amor. Se notaba que habían tenido gran amor, pero Sonsoles no pensaba que el duelo debiera ser eterno. Viendo cómo el abuelo arreglaba el jardín, ella y Luisa preparaban el té, Sonsoles solo podía alegrarse de que su padre hubiese vuelto a tener ilusión por la vida.

Hay que ver lo bien que está tu padre, hija decía Luisa, mirando al hombre con auténtica devoción. El amor existe, oye. Solo que a unos nos cuesta más que a otros. Y hay quien nunca lo encuentra.

Eso le daba a Sonsoles una pizca de esperanza. Quizás, también para ella, el hombre adecuado aún estuviera por Granada, sin que ella lo viera.

Pasó un año sin enterarse. Tenía ya dos centros infantiles funcionando y trabajo de sobra para no pensar en nada más. Y aun así, de vez en cuando la melancolía le visitaba por las noches. Sonsoles se sentaba en su cocina con una taza de té frío, pensando que daría lo que fuese porque Fernando entrase, encendiera la luz y preguntara: ¿Qué tienes, Sonsoles? ¿Mal día? Voy a prepararte un té, cuéntame todo.

Sabía perfectamente que no debería seguir atada al pasado y que había que soltar lastre, pero no podía.

La visita de Hacienda, casi un año y medio tras vender el negocio, fue una distracción bienvenida: papeles, gestiones… y un día entero sin planes. Paseó por la ciudad, fue a su barrio antiguo. De pronto se sintió atraída a esos lugares donde fue feliz, o infeliz, quién sabe. Uno de sus centros había cerrado, el otro seguía con vida. Se quedó un rato viendo a los niños por la ventana, dibujando y riendo con sus monitores, y se sintió tranquila sabiendo que el relevo estaba bien dado.

Al pasar junto a su antiguo bloque, vio el parque donde paseaban los domingos. No pensaba detenerse, pero sus pies la guiaron al centro. Sentado en un banco junto a una sillita de bebé estaba Fernando. Al principio no lo reconoció. El pelo blanco, la postura encogida, meciéndole la silla… Pero lo supo enseguida: algo en la forma de estar, en la soledad.

Sonsoles se acercó y, como si intentara desafiar al tiempo perdido, quizá para no permitirle desaparecer, dijo:

Fernando

Él se sobresaltó, bajó aún más la cabeza.

Hola, Sonsoles.

Ella se sentó a su lado.

¿Cómo estás?

La pregunta era absurda, pero tenía que hacerla, tenía que saber.

Mal. Estoy muy mal, Sonsoles.

¿Por qué?

Porque estoy solo. Porque perdí todo lo bueno por una estupidez, por una casualidad que me costó la vida.

No digas tonterías respondió ella, sabiendo todo lo que esos dos años les habían quitado. Tienes más de lo que me has dejado a mí.

Miró la sillita de la bebé.

¿Niño o niña?

Niña. Eva.

Joven, hermosa, con un hijo… ¿Qué más puedes pedir?

Ya no está, Sonsoles. Milagros murió en el parto.

Sonsoles enmudeció de dolor; en ese momento poco le importaba si aquella chica fue la causa de su ruptura. Ella solo sentía pena por esa mujer joven que aprovechó un instante, como queriendo cambiar su vida. Nadie supo por qué Fernando perdió el control en esa fiesta de Navidad, ni por qué justo Milagros fue la que le recogió. Pero el resultado dormía ahora en la silla que él balanceaba sin parar, atento a que no se despertase Eva.

Hablaron largo y tendido, diciendo lo mucho que habían callado todos esos años. Cuando Eva abrió los ojos ya era de noche y las primeras estrellas brillaban en el cielo de Granada.

Sonsoles se levantó a ver a la niña y se quedó fijamente mirándola.

Cuando veas a tu hijo, lo entenderás, Sonsoles… la voz lejana de doña Carmen sonó con fuerza dentro de ella.

Seis meses después, doña Carmen entró en su despacho con un niño moreno, ojos serios. Se llamaba Ángel; la directora los dejó a solas.

Ángel, ¿sabes por qué he venido?

A por mí.

¿Te gustaría venirte conmigo a casa?

No creo que me quieras. Siempre me devuelven.

Miraba a Sonsoles sin interés. Una chispa de ilusión asomó unos segundos cuando ella sacó unas fotos.

¿Este es tu marido?

Sí.

¿Y esta tu hija?

No, Ángel. No es mía.

La chispa volvió y Sonsoles ya no permitió que se apagara.

No es mi hija, pero voy a ser su madre. Y quiero serlo para ti también. Si tú quieres.

Me vas a devolver.

¿Por qué?

Siempre me devuelven.

Yo no soy como los demás, ¿sabes por qué?

No…

Porque sé lo que es perderlo todo. Quedarse sin nada, sin amor. Duele muchísimo.

Lo sé…

¿Sabes qué es una madre, Ángel?

No.

La que nunca deja que le hagan daño a su hijo.

¿Me tienes lástima?

Sonsoles lo miró largo y negó con la cabeza.

No, no es compasión. Yo quiero quererte, ¿me entiendes? Quiero que seas feliz. Y quiero que Eva, la niña, tenga un hermano mayor. Uno fuerte, valiente, que nunca le deje sufrir. ¿Crees que podrías ayudarme?

Ángel calló mirando el brillante y valiente vestido rojo de Sonsoles. Alargó la mano, tocó la tela.

¿Te gusta?

Mucho.

A mí también. Me lo compré cuando estaba muy triste. Y, ¿sabes? Me hizo sentir mejor. Ahora me encanta el rojo.

A mí también. Ángel palpó de nuevo la tela. Quiero intentarlo.

No, Ángel, nosotros no vamos a probar. Vamos a hacerlo. Porque así debe ser. Ya no te va a devolver nadie. Y tú me ayudas, ¿vale? Yo tampoco sé mucho de ser madre. Pero quiero aprender. Para ti y para Eva. Si vosotros me dejáis. ¿Me ayudas?

Él asintió despacio y Sonsoles, por fin, respiró.

Un par de años después, una familia caminaba por los senderos de la Sierra. Un chico delgado vigilaba a una niña inquieta, que se escapaba entre arbustos.

¡Eva, en el bosque hay lobos!

¡Mentira!

Y osos. Grandes y hambrientos.

¿Sus mamás no les dan de comer?

No saben hacer papillas.

La nuestra sí.

Mamá, Eva dice que preparemos papilla para los osos.

¿De sémola? Sonsoles, con la respiración agitada, alcanzó por fin a sus hijos.

¡Mamá! protestó Eva. ¡No sabes hacer la papilla sin grumos! ¡No les gusta!

¡Eso lo dices tú! A los osos seguro que sí.

¡Dásela la mía mañana! ¡Y la miel también!

No, la miel es para mí. ¿Te piensas quedar en brazos o andarás?

¡En brazos!

¡Anda con papá! Sonsoles pasó a Eva a Fernando, le revolvió el pelo a Ángel. ¿Qué, Ángel? ¿Dejamos a los osos hambrientos?

Aún quiero explorar. Si Eva empieza a alimentar animales, luego ni salimos del hotel. Mejor que se queden con hambre.

Sonsoles rio y miró atrás.

Eva, luego haremos papilla para osos, ¿vale? Aprenderé a hacerla bien.

¡Vale! Eva aceptó enseguida.

Ay, mamá… Ángel puso cara de broma.

Ay, hijo… No le quites ojo. Que acabamos dándole casa a osos, lobos y hasta al Yeti, porque esta niña no dejaría sin familia a nadie, por raro que sea.

La risa se alzó por la montaña y se perdió por los prados floreados. Y el día, recortado sobre los picos nevados de Sierra Nevada, prometía felicidad.

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