Venganza a Horario

**Venganza a la carta**

—¿De verdad crees que no me he enterado de tus escapadas con esa… con esa Albina? —La voz de Luisa Martínez temblaba de furia—. ¿Te piensas que soy tonta o qué?

—Luisa, ¿de qué estás hablando? —Carlos Ruiz intentó fingir inocencia, pero le salió patético—. ¿Qué Albina?

—¡La de tu departamento, hombre! ¡La que llamas tres veces al día! ¡Por la que ahora te quedas hasta las diez en la oficina!

Luisa estaba plantada en mitad del salón, apretando el móvil de su marido. La pantalla mostraba una lista interminable de llamadas al mismo número.

—Luisa, tranquilízate —Carlos intentó acercarse, pero ella retrocedió—. Solo trabajamos en un proyecto. Es nueva, necesita ayuda.

—¡Claro, cómo no! —Luisa tiró el móvil sobre el sofá—. ¿Y la ayuda también incluye cenar en ese restaurante de la Gran Vía? ¿O en el café donde os vio la vecina del quinto?

Carlos palideció. Sabía que seguir mintiendo era inútil.

—Vale —suspiró—. Sí, he quedado con ella. Pero no es lo que piensas.

—¿Ah, no? —Luisa cruzó los brazos—. ¿Negociaciones de trabajo con una botella de Rioja, quizá?

—Luisa, puedo explicarlo…

—No hay nada que explicar. Treinta años de matrimonio y te da por liarte con una cría. ¿Cuántos tiene, veinticinco? ¿Treinta?

—Veintiocho —murmuró Carlos.

—¡Ah, ya veintiocho! ¡Pues entonces es casi de tu quinta! —Luisa soltó una risa amarga—. ¡Menudo alivio!

Carlos bajó la cabeza. Con sus cincuenta y cinco años, parecía más bien un niño regañado.

—Luisa, perdóname. No quería que pasara esto. Es que…

—¿Es que qué? —ella se le plantó delante—. ¿Es que tu mujer te aburre? ¿Es que te apetecía un cuerpecito joven? ¿Es que a tu edad todavía te crees un Don Juan?

—No digas eso —Carlos alzó la mirada—. Sabes que te quiero.

—¿Quererme? —Luisa esbozó una sonrisa torcida—. Vaya forma más original de demostrarlo. Engañándome con una chavalilla que podría ser tu hija.

Carlos iba a responder, pero Luisa ya se dirigía a la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó él.

—A la cocina. A hacerle la cena a mi maridito —se volvió—. No vaya a ser que llegues hambriento de tantas… reuniones de trabajo.

Luisa se marchó, dejando a Carlos plantado en mitad de la habitación, cargado de culpa. Sabía que su mujer tenía razón. Sabía que había sido un canalla. Pero algo dentro de él se resistía a admitirlo.

En la cocina, Luisa golpeaba los armarios mientras sacaba ingredientes. Las manos le temblaban de rabia. Treinta años dedicados a este hombre. Treinta años cocinando, limpiando, criando a sus hijos. Treinta años apoyando su carrera mientras aparcaba sus sueños. ¿Y el premio? Un lío con una becaria.

—Luisa, hablemos en serio —Carlos asomó la cabeza en la cocina.

—¿En serio? —ella ni se giró—. Perfecto. Dime, ¿cuánto llevas con Albina?

—¿El qué?

—No me hagas el tonto, Carlos. ¿Tu aventura con esa chica?

Carlos titubeó.

—Tres meses —confesó al final.

—Tres meses —Luisa siguió picando cebolla como si fuera la cabeza de él—. Curioso. Ahora entiendo por qué últimamente trabajabas tanto. Por qué dejaste de cenar en casa. Por qué los fines de semana siempre tenías “algo urgente”.

—Luisa, no lo planeé… Fue sin querer.

—¿Sin querer? —ella se volvió de golpe, con el cuchillo en la mano—. ¿Sin querer te acuestas con una niña? ¿Sin querer olvidas que tienes esposa?

Carlos dio un paso atrás al ver su expresión.

—No era mi intención. Sabes que te respeto.

—¿Respetarme? —Luisa dejó el cuchillo sobre la mesa—. El respeto, Carlos, es no mentirle a la persona que te quiere. Es no traicionarla. Es pensar en sus sentimientos.

—Yo pensaba…

—¡Pensabas solo en ti! —alzó la voz—. En tus caprichos, en tu diversión. ¡Pero en tu mujer, la que te lava la ropa, te cocina y aguanta tus tonterías, en esa no pensabas!

Carlos calló. No tenía argumentos.

—Sabes qué —Luisa habló de repente con calma—, cena tú solo. Yo no tengo hambre.

Pasó junto a él y cerró la puerta del dormitorio con llave. Carlos se quedó en la cocina, mirando la comida a medio hacer.

En el dormitorio, Luisa se sentó en la cama, respirando hondo. La rabia daba paso a una determinación glacial. No iba a llorar ni a gritar. Tenía otro plan.

Encendió el ordenador y empezó a teclear. Una lista de tareas. La primera: *Conseguir la dirección de Albina*.

Fue fácil. Llamó a Recursos Humanos, fingió ser la secretaria del jefe y pidió los datos de Albina para “enviar documentos”. Le dieron hasta el número de móvil.

Segundo punto: *Descubrir la rutina de la enemiga*.

Aquí hizo de detective. Tomó unos días libres y se plantó frente al edificio de Albina. Dos días observando.

Albina salía a las ocho, cogía el autobús, comía de 12 a 13:00 en un bar cerca de la oficina. Trabajaba hasta las seis. Y luego… luego veía a Carlos.

Luisa lo apuntó todo. Horarios, lugares, trayectos. Sabía más de la vida de Albina que su propio currículum.

En casa, Carlos andaba de puntillas. Intentaba hablar, pero Luisa le contestaba con monosílabos. Volvió a llegar tarde, y ella supo que estaba con la otra.

—Luisa, ¿hablamos? —preguntó él un sábado por la mañana.

—¿De qué? —ella ni levantó la vista del periódico.

—De nosotros. De lo que pasa.

—¿Y qué pasa? —esta vez sí lo miró—. Tú tienes una amante, yo lo sé. Así de simple.

—Pero no podemos seguir así.

—¿Por qué? ¿Te molesta algo?

Carlos se sintió ridículo.

—Me molesta el silencio. Que ni me mires.

—¿Qué quieres que haga? —dejó el periódico—. ¿Que celebre tu infidelidad? ¿Que te felicite por encontrar un juguete nuevo?

—No, pero podríamos… llegar a un acuerdo.

—¿Un acuerdo? —arqueó las cejas—. ¿De qué tipo?

—Bueno… —Carlos tragó saliva—. Podríamos separarnos un tiempo. Pensar las cosas.

Luisa lo miró fijamente. Luego asintió.

—Vale. Si es lo que quieres.

Carlos no esperaba esa facilidad.

—¿En serio?

—Claro. Pero yo me quedo en el piso. Tú búscate algo.

—Pero Luisa…

—El piso está a mi nombre —recordó ella—. Lo compramos con el dinero de la venta del chalé de mis padres.

Carlos lo recordaba demasiado bien.

—De acuerdo —aceptó—. Buscaré algo.

—Perfecto. Empieza a hacer la maleta.

Mientras Carlos recogía sus cosas, Luisa revisó sus notas. Ahora tendría más tiempo para su plan.

Una semana después, Carlos se mudó a un piso diminuto en las afueras. PodAl final, mientras Carlos se ahogaba en su soledad, Luisa se encontró, por primera vez en décadas, disfrutando de un café en paz, con una sonrisa que no necesitaba explicaciones.

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Venganza a Horario
Simplemente no amada