Las alegrías de los hombres. Genito, con cinco años, pasa una semana entera en casa de los abuelos m…

Alegres preocupaciones masculinas
Durante una semana, el pequeño Rodrigo, de cinco años, se queda en casa de sus abuelos en Salamanca, mientras sus padres viajan de vacaciones por la Costa del Sol.
Hoy es lunes y, al fin, Rodrigo despierta en su propia cama, se despereza, y recorre las habitaciones de su piso en Madrid con mirada pensativa antes de ir al baño a lavarse la cara.
Cuando termina, camina hacia la cocina guiado por el ruido de platos que hace su madre.
Ella, al verle aparecer, le sonríe cálidamente, le da un beso en la frente y sigue cocinando con tranquilidad, como si nada.
Rodrigo trepa encima de una silla y se sienta a la mesa, esperando que su madre le acerque el plato con una cuchara, como hacía siempre la abuela cuando iba a desayunar en su casa.
Pero esta vez, su madre no parece tener prisa alguna.
Bueno Rodrigo observa a su madre con mucha seriedad. ¿Y hoy, qué van a dar de comer al hombre de la casa?
La madre da un respingo al oírle, quedando quieta ante la vitrocerámica con la boca abierta. Tarda unos segundos en reaccionar, se da la vuelta y pregunta:
¿Hombre? ¿Qué hombre hay aquí?
Pues, ¿quién va a ser? Rodrigo encoge los hombros con aire infantil. Papá está en el trabajo, así que ahora sólo quedo yo en casa de hombre.
Ay Su madre piensa rápido cómo responder. ¿Y a ti quién te ha enseñado esas cosas?
¿Quién? Rodrigo se retuerce sobre la silla y apoya la cabeza en la mano, reflexionando . Pues la vida, mamá, me ha enseñado a hablar así.
¿La vida? ¿Qué dices, hijo?
Como dice el tío Faustino, la vida es dura.
¿Tío Faustino? ¿Y ese quién es?
Un amigo del abuelo. Juegan al ajedrez y siempre hablan de la vida. Yo también he aprendido a reflexionar mucho.
¿Ah, sí? ¿Y sobre qué reflexionas tú?
Sobre la vida dura.
¿Pero qué vida dura tienes tú, criatura? ¡Si eres un niño y tu vida es de las más felices!
Eso crees tú Rodrigo coge la cuchara grande de su padre, la que está sobre la mesa, y mira a su madre con un punto de tristeza. Si supieras, mamá, lo que es vivir mi vida
A ver, ilumíname, ¿cómo es tu vida? La madre pone una cara entre intrigada y divertida. Cuéntamelo.
Pues mira Me acuesto temprano, me despiertan pronto para ir al cole ¡Me tienen frito con tanto madrugar! Hoy, por suerte, no me habéis llevado. Pero sé que por la noche me volveréis a meter en la cama antes de tiempo.
¡Claro! ¡Tienes que dormir bien para crecer!
Pero si yo ya soy mayor. ¡Más mayor incluso que los mayores! Y por eso todo el mundo espera algo de mí, en casa y en el cole. Nunca tengo un rato de paz.
¿Cómo que no tienes paz?
Pues eso. No me dejan ver la tele, ni acercarme al ordenador. Y claro, yo me preocupo un montón por eso.
¿De verdad te preocupa?
Hombre, claro. Y encima me dais de comer como si no hiciera nada: que si sopita, que si puré ¡pero si me canso muchísimo a lo largo del día!
¿Y qué haces tú para cansarte tanto? pregunta la madre silabeando ya de la risa.
¿Qué hago? Obedeceros a los mayores. Que si recoge los coches, que si coge el cuento y ponte a leer ¿Y si yo quiero hacer otra cosa? Así que, mamá, mi vida de hombre es durísima.
Madre mía suspira la madre. ¡Vaya tormento de vida te hemos dado!
Sí Vosotras, las mujeres, siempre hacéis sufrir a los hombres. Entonces ¿vamos a desayunar ya o no?
Ya, ya La madre apenas puede aguantarse la risa. ¿Ahora hay que ponerte un plato como el de papá, a rebosar?
Bueno, tampoco tanto Rodrigo mira con reparo la cazuela que la madre pone delante. Como papá no me canso todavía, pero de tarta sí me comería dos trozos, seguro.
¿Y acaso los hombres de verdad comen tarta? la madre le sonríe.
Por supuesto dice Rodrigo con convicción. Si todavía no son muy mayores.
¿No muy mayores?
Claro. Porque los hombres ya adultos tienen otras alegrías en la vida ¿a que sí, mamá? Eso dice el tío Faustino.
La madre alza las cejas, le sirve un buen plato de cocido y decide que, mejor, no seguir ese tema de las otras alegrías masculinasLa madre, entre sorprendida y divertida, le acaricia el cabello con una ternura inmensa.

¿Y tú quieres ser de los hombres adultos, o prefieres quedarte con las tartas por ahora?

Rodrigo se lo piensa un instante, muy serio, fingiendo un aire de sabio ajedrecista.

Mmm… Mejor me quedo con las tartas todavía, mamá. Porque, cuando creces, ya nadie te trae la comida a la mesa ni te cuenta cuentos antes de dormir. Eso sí sería duro de verdad.

Ambos se ríen y el comedor se llena de un bullicio alegre y sencillo. Afuera, la luz dorada de la mañana entra por la ventana, bañando la mesa de promesas y cotidianos milagros. Rodrigo, con la cuchara enorme entre las manos, siente que, al menos por un momento, ser el hombre de la casa es algo maravillososobre todo si es lunes, hay tarta y nadie tiene prisa por dejar de ser niño.

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Las alegrías de los hombres. Genito, con cinco años, pasa una semana entera en casa de los abuelos m…
El hijo no quiere llevarse a su madre a vivir con él porque en la casa solo hay una señora, y esa soy yo.