¡DECIDE: O TU PERRO O YO! ¡YA NO SOPORTO EL OLOR A CHUCHO! — EXIGIÓ EL MARIDO. ELLA ESCOGIÓ A SU ESP…

DIARIO DE DANIEL, MADRID

Elige: o tu perro o yo. ¡Estoy harto de vivir oliendo a chucho! soltó mi mujer. Yo elegí a mi esposa, llevé al perro lejos Y por la noche, ella me dijo que se iba con otro.

Marina la amaba con locura. Llevábamos cinco años de matrimonio, todavía sin hijos, pero compartíamos la vida con Simón, un pastor alemán que yo adopté de cachorro mucho antes de conocerla. Simón era parte de la familia; noble, inteligente, todo lo entendía con sólo mirarlo. Pero los años pasan factura: la artrosis en sus patas le hacía sufrir, su pelaje caía a montones y su aliento dejaba rastro.

Mi mujer aguantó bastante hasta que un día, Simón, sin poder aguantarse más, se hizo pis en el pasillo, justo en el parquet nuevo. Aquello colmó su paciencia.

¡Basta! gritó Marina, arrastrando al viejo perro hasta el charco. ¡Me niego a seguir viviendo así! Pelo en la comida, olor a perro, y encima esto Lo tienes claro: o ese trasto, o yo.

Por favor, Marina le supliqué abrazando a Simón, que no entendía por qué le reñían. Tiene doce años ¿Qué puedes esperar?

¡No me importa! ¡Llévalo a la protectora, suéltalo en el campo, haz lo que quieras! Si esta noche no está, seré yo la que desaparezca. Quiero vivir en un lugar limpio, no recoger las porquerías de tu hijo peludo.

No soy orgulloso. Me aterra la soledad, siempre huyo del abandono, y Marina mantenía el hogar, hacíamos planes para las vacaciones, para la hipoteca

Y sí, la elegí a ella.

Metí a Simón en el coche; costó mucho que subiera, las patas le fallaban. Aun así, me lamió la mano. Creía que íbamos de paseo. Lloré todo el trayecto, desde Madrid hasta una arboleda en la sierra, unos veinte kilómetros.

En pleno bosque, até su correa a un olivo, para evitar que me siguiera al coche. No fui capaz de mirarle a los ojos.

Perdóname, Simón le susurré, la garganta cerrada de culpa.

Simón no tiró, no forcejeó. Me miró. Comprendió todo.

Le dejé un cuenco de comida, arranqué el coche, miré por el retrovisor; le vi correr tras el coche, olvidando el dolor de sus patas, frenado por la correa. Sus ladridos desgarrados me acompañaron todo el camino de vuelta.

Al llegar a casa, devastado, me encontré a Marina haciendo la maleta.

¿Pero qué haces? ¡He cumplido, Simón ya no está! balbuceé entre sollozos.

Marina me miró sin emoción.

Muy bien, has sido rápido. Pero me voy igual.

¿Cómo? ¿A dónde?

Con Laura, la del trabajo. Llevamos medio año. Ella está embarazada.

Sentí el mundo derrumbarse. No entendía nada.

Pero tú me diste a elegir El perro o tú ¿Por qué?

Quería ver si tenías carácter respondió con frialdad. Pensaba que igual te rebelabas. Pero traicionaste al único que te fue leal. Si a tu perro, que te quiso diez años, lo dejas tirado, ¿qué harás conmigo mañana si me pongo mala? No quiero vivir con alguien capaz de eso.

Cerró la maleta.

Adiós, Daniel. Por cierto Simón era el único hombre íntegro de esta casa. Tú sólo eres un cobarde.

Cuando se cerró la puerta, no pude contener la rabia, la desesperación.

Comprendí, atrozmente tarde, que por miedo a estar solo, había destruido el alma de quien me quería sin condiciones.

Salí disparado al coche y conduje como un loco hasta el bosque. Llueve a mares; recorro el sendero embarrado, pero sólo encuentro la correa rota, el cuenco volcado y ningún rastro de Simón.

¡Simón! ¡Simón, amigo! grité en vano, entre zarzales y barro.

Tres días lo busqué. Pegué carteles, llamé a protectoras, recorrí los campos. No dormí ni probé bocado. El cuarto día sonó el teléfono.

¿Busca usted un pastor alemán? Apareció en la A-6, lo atropelló un camión.

Corrí a identificarlo.

Era él. Mi Simón. Supongo que rompió la correa y trató de llegar a casa, a pesar del dolor, a pesar del miedo. Murió en la cuneta, fiel hasta el final. Nunca me esperó.

Le di entierro en mi jardín.

Han pasado dos años desde aquello. Vivo solo, incapaz de confiar en nadie, ni en mí mismo. Marina, la olvidé. Ella vive feliz con otra familia; para ella todo fue una prueba, coartada perfecta para cambiar de vida y cargarme la culpa.

Yo intento redimirme trabajando de voluntario en un refugio, limpiando cheniles, cuidando a viejos perros olvidados, curando sus llagas. Sé que no podré perdonarme nunca.

Por las noches me persigue el mismo sueño: Simón sentado bajo el olivo, mirándome sin reproche, con esa tristeza infinita sólo de los perros nobles.

De ese dolor aprendí: la traición nunca se olvida. Jamás sacrifiques la lealtad de un verdadero amigo por chantajes de quien nunca te quiso. El que te exige elegir, ya te ha abandonado. No lo olvides jamás.

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