Una llamada que cambió la vida de tía Eulalia…
En el vestíbulo de la residencia, una anciana se apretaba los ojos para ver mejor, encorvada junto al árbol de Navidad, apenas tocando los adornos con sus manos temblorosas. Sonreía con esa ternura vieja que parece que hace brillar los ojos. Eulalia era menuda, más hueso que carne, y lucía una bata con pequeños lunares y un pañuelo azul celeste sujeto bajo el mentón. Gente pasaba apurada, pacientes recuperándose y familiares de visita, pero ella reposaba solitaria.
Vivía sola la tía Eulalia desde hacía mucho. Su marido, Manolo, se fue de este mundo entre sueños hace años. Solo le quedaba su hijo adorado, Nuño, que se fue a Alemania en busca de fortuna. Al principio volvía, mandaba cartas, euros, promesas. Pronto, la madre percibió una sombra en él. Le veía cambiado, la mirada perdida y hueca, en esos ojos tan azules y grandes que siempre la alegraron.
Seguro que anda metido en algo feo, proclamó con gravedad la vecina Asunción, la del tercero izquierda.
Pero Eulalia se negaba a creerlo. ¿Cómo aceptar que tu niño, el mejor del mundo, cae en lo impensable? ¿No es siempre el más amado?
Un invierno, Nuño desapareció. Ni un mensaje, ni una llamada. Meses después le avisaron Nuño había sido hallado muerto en una ciudad extranjera, con los papeles en el bolsillo, irreconocible. Se negaba Eulalia, con tozudez castellana, a entregar muestra para el ADN: repetía, ese no es mi hijo, yo lo sabría aquí, el corazón no me engaña, Nuño sigue vivo.
Pobre Eulalia, no logra aceptarlo. De allí no vuelve nadie, susurraban en el mercado, entre las zanahorias y el bacalao.
Así vivía ella, abrazada a su pena, imaginando, como en un sueño circular, que un día sonaría el teléfono y, al otro lado, reconocería la voz emocionada:
He vuelto, mamá.
Eulalia, mujer, que no eres sensata, decía Asunción, su confidente veterana. No quiero ser mala, pero el tuyo era un bala perdida. Te destroza criar y dar todo para esto. Olvida ya, hazte a la idea. ¡No queda nada de él, entiendes!
Pero hay corazones de madre que no pueden resignarse. Esperamos eternamente a quienes amamos, aunque se disuelvan en los pliegues del ayer.
Diez años transcurrieron. Sin noticias, sin esperanzas, pero Eulalia sostenía su negación como un farol de feria en la niebla.
Hijito, sé que sigues vivo por ahí. No quiero nada material… solo abrazarte una vez más. Te debe de haber embrujado la desgracia, pero eres fuerte, puedes salir. Vuelve, que mamá te aguarda, murmuraba ella, acariciando una fotografía.
Hasta que un día el dolor la doblegó y fue Asunción quien salvó la situación por los pelos, llamando a la ambulancia.
Sobrevivió Eulalia. Retornó, todavía débil, al vestíbulo de la residencia. Allí le gustaba mirar la decoración, sobre todo aquella figura antigua de una ardillita de cola desgastada, como la que tuvo Nuño de niño. Desde que él desapareció, nadie montaba el árbol en casa.
Llamaron a todos a cenar. Justo en ese momento, el móvil en su bolsillo vibró, número desconocido. Y su corazón se disparó con una esperanza loca ¿y si…?
Era Nochebuena, sí; la magia revolotea en el aire, hasta los santos se apiadan de quienes lloran.
¿Diga? balbuceó Eulalia.
Mamá… sonó al otro lado del hilo una voz entrecortada y familiar.
La mujer se agarró a la pared, casi sin aire.
¿Nuño? ¿Eres tú? Nuño, sabía que estabas vivo, madre lo sabía. Decía que aquél no eras tú
Perdóname, madre, caí bajo, me perdí… Dejé de ser yo mismo… pero pude salir, fue muy duro. Quiero volver a casa. Ahora estoy bien, de verdad. ¿Puedo ir contigo? ¡Te echo de menos!
No preguntes bobadas, Nuño… Ven a casa, tesoro, ¡te espero! lloró la tía Eulalia.
Brillaba el árbol. Soñó que juntos volverían a poner uno en el salón, que la Navidad no se puede perdonar sin árbol y sin hijo.
Corrió a telefonear a Asunción, entre sollozos de alegría: ¡Me ha llamado en Nochebuena, Asun, mi chico vive! ¡Diez años esperándole, y vuelve!
A la mañana siguiente, el viento de la Castellana la azotó al salir. Buscaba entre rostros hasta que lo vio. Venía Nuño, cambiado, escuálido, los pliegues duros en la cara, pero los mismos ojos limpísimos y azules.
Miraron desde las ventanas las enfermeras, regalándole a Eulalia la ardillita antigua del árbol. Nuño la tomó en brazos ella era liviana como un suspiro y la llenó de besos.
Ella, claro que perdonó todo: los errores, el silencio, el dolor. Lo único importante es que estaba vivo. Le entregó la ardilla:
¿Recuerdas esta ardillita? Jugabas con una igual de pequeño.
Nuño asintió y una lágrima corrió, tímida.
Camino a casa, él le contaba que ahora trabaja en una asociación, ayudando a quienes como él se han perdido y buscan remedio.
Madre, ya todo irá bien. No volverás a estar sola. Ahora iremos a misa, pondremos la mesa bonita, he comprado tus manjares favoritos. ¡Vamos a celebrarlo!
Esa llamada me devolvió la vida… Hay que saber esperar y confiar. Hasta la más perdida de las almas puede regresar. Ahora, por fin, todo está bien. Gracias a Dios, cuenta la tía Eulalia a quien se la quiera escuchar.






