Perdóname, hija mía…
Hija, mi vida se acercó corriendo a Inés una mujer mayor. La chica retrocedió instintivamente. Creo que se equivoca, mi madre era otra persona. Pero la mujer pobremente vestida insistía. Eres Inés, ¿verdad? ¿Y tu apellido es Gómez? preguntó esperanzada.
Sí, pero igualmente usted no puede ser mi madre respondió secamente Inés y echó a correr hacia su portal.
Dejó las bolsas en la entrada y fue directa a la cocina, donde se bebió un vaso de agua de un trago. Sí, con dificultad, pero había reconocido a su madre. Aquella que la abandonó a su suerte hace muchos años, literalmente dejándola en el piso y marchándose. Inés tenía entonces seis años. Esperó pacientemente casi cinco días. Pero cuando se acabó la comida, acudió a los vecinos. Ellos, mientras ella devoraba lo que le ofrecían, llamaron a los servicios sociales. Se la llevaron tan rápido que ni tiempo le dio de coger su muñeca favorita.
Miró por la ventana. Su llamada madre estaba sentada en el banco del parque, mirando hacia la vivienda. Inés se dejó caer pesadamente sobre la silla. ¿Para qué vuelve ahora, a irrumpir así en su vida? ¿Para pedir ayuda? Inés podría, pero no le nace. No tiene ganas de nada. Ni de sentimientos de hija, ni instinto de sangre.
En aquella época, cuando vivían juntas, todo iba mal. Eso quedó grabado en el subconsciente. Cambiaban de piso frecuentemente, residían con desconocidos. Inés ni amigas lograba tener de tantos cambios. A veces no había comida y su madre le preparaba agua hirviendo con azúcar. Si no había ni eso, simplemente agua. Para que engañes el hambre decía su madre, triste. De las conversaciones de su madre, Inés deducía que era huérfana y no tenían ayuda de nadie. Una vez pasaron tres meses en casa de un hombre. Lo llamaban tío Paco. Y muchas noches Inés despertaba con gritos. Su madre discutía y le insultaba. Al final, volvían a marcharse.
A medida que crecía, Inés intentaba entender: ¿por qué tanto movimiento, por qué pasaban hambre? Nunca encontró respuesta. Sus padres adoptivos, aunque no eran ricos, vivían dignamente. Ambos trabajaban y cuidaban de ella y de Teresa, otra hija adoptiva. Les dieron todo: cariño, atención. Les facilitaron estudios universitarios. ¿Cómo es posible que a gente tan buena no les llegara un hijo propio? Paradoja.
En el banco del parque, la mujer también recordaba. Inés nació de un encuentro casual, de un hombre casi desconocido que apareció y desapareció enseguida. Como huérfana, la tenían nada fácil. El piso que le dieron lo perdió por confiar en un sinvergüenza, que la dejó en la calle. Comenzaron entonces a ir de casa en casa, con conocidos y desconocidos. Fue entonces cuando quedó embarazada. No pudo abortar; no tuvo valor. Inés le dio felicidad. Encontraron un piso muy barato, los dueños solo querían que lo cuidaran. Mientras llegaban ayudas, sobrevivían. Luego vino el horror:a vivienda tuvieron que dejarla, trabajo no había. Le aconsejaron a Lara que trabajara por las noches: oficialmente de camarera, extraoficialmente, cada cual se buscaba la vida como podía. Cuando llegaba el plazo de pago, cambiaban de casa a toda prisa.
Era un círculo vicioso. Aquella noche fatídica, cuando se marchó y no volvió, pasó lo siguiente: en la cafetería donde trabajaba, alguien robó la caja y le pusieron todas las pruebas a ella. Pensaba que pronto se aclararía todo. Resultó que la justicia solo existe en las películas. La encarcelaron cinco años. Ni tener una hija pequeña la ayudó. A gente como tú no se le deberían permitir hijos le dijeron.
Salió antes de tiempo, tras tres años y medio. De un lado para otro, sin perspectivas. Sabía que no le devolverían la hija hasta tener una vida estable. Ni podría verla, le habían retirado la patria potestad. Sinceramente lo intentó; buscar trabajo y vivienda. No conseguía nada, ni siquiera de limpiadora, por no tener empadronamiento. Por desesperación, cayó en el alcohol y empezó a vivir con otros desarraigados.
Luego hospital y diagnóstico fatal. En ese momento, pensó por primera vez en Dios. A ellos, los desamparados, solían visitar voluntarios con mensajes cristianos. Lara creyó. Tras el alta le permitieron trabajar y vivir en el albergue con un pequeño sueldo. Sabía que le quedaba poco tiempo y, llena de humildad, pidió al cura ayuda para encontrar a su hija y pedirle perdón. Le ayudaron, le dieron una nota con una dirección. Le tembló el corazón al ver a su hija, que se parecía tanto a ella de joven. Lamentablemente, Inés no quiso escucharla siquiera. Pero ella decidió esperar. Algún día, tarde o temprano, saldría de casa.
Tome, aquí tiene una manta saliendo Inés a la calle. No quiero que se resfríe. Lara, con mano temblorosa, la tocó suavemente.
Perdóname, Inés, perdóname por todo dijo bajando la cabeza y arrodillándose. Inés rompió a llorar.
Por favor, no haga eso, levántese dijo ayudándola a ponerse de pie.
No volvieron a convivir. Pero se encontraban a menudo en la iglesia. Y cuando Lara falleció, Inés la acompañó dignamente en su último adiós. Porque, a pesar de todo, aquella mujer le dio la vida.







