¿Por qué has venido? La madre sujetaba la puerta entreabierta, con el rostro oculto tras la penumbra. ¿Cómo voy a mirar ahora a la gente a la cara? Ya no eres mi hija Solo acababan de dejar de hablar de ti, tu padre y yo no pudimos pisar el ultramarinos durante medio año. ¿A qué has venido? ¿Por qué?
¿Quién es, Carmen?
Tu hija mayor ha venido.
¿Lucía?
El padre abrió la robusta puerta de madera y las bisagras cantaron con un sonido que pareció retumbar en toda la calleja.
Lucía se sintió pequeña bajo la mirada de su padre, que la recorría de arriba abajo, escrutando la forma de su vientre escondido bajo el abrigo.
Anda, vete donde quieras, no quiero verte. ¡Y encima en estado!
Lucía permaneció en silencio, mirando con esperanza a través de su flequillo espeso y negro, esperando tal vez un poco de piedad. Ya no tenía a dónde ir. La habían despedido del trabajo cuando se enteraron de su embarazo; no podía pagar el cuartito que alquilaba a una viuda en Lavapiés. Sin dinero, no hay techo. Nadie parecía comprender su situación. Tenía miedo.
Bajó los escalones del portal, se detuvo abrazando su tripa como si así pudiera protegerse del frío y del abandono.
Te estás volviendo de piedra dijo la madre, dándose media vuelta.
El padre empujó la puerta cerrándola con un suave rechinar, como si sellara el pasado.
Lucía encogió el cuerpo para no llorar. Se contuvo. El bebé en el vientre se removía, incómodo, sintiendo también aquella tormenta sin lluvia. Así llegaba ella, vuelta a casa, vuelta a lo propio
La nieve crujía bajo los botines y sus pasos se perdían en el bullicio surrealista de la calle empedrada, como si el hielo también suspirara por ella. Lucía cerró la verja del jardín tras de sí, contemplando durante un segundo la luz de la ventana de la cocina. Las cortinas permanecían cerradas, igual que el corazón de su familia.
En el colmado del barrio hacía calor. Entró y comprobó que todo seguía igual que siempre: a la derecha el mostrador y la señora Paquita tras él; a la izquierda, dos vitrinas de cristal y una alacena azul cerrada con llave.
Deme pan, por favor Lucía puso sobre el mostrador las pocas monedas de euro que le quedaban.
¡Mira quién apareció!
Lucía no levantó la mirada, insistió:
El pan, por favor.
Toma, anda no tengo por qué negártelo, aunque tampoco debería dártelo, dicen… Pero mi obligación es vender. La voz de la dependienta parecía alejarse, como si hablara desde el fondo de un sueño.
Le entregó el pan y se dispuso a añadir algo más, pero en ese instante entró una pareja joven, que traía consigo una ráfaga de aire gélido y miradas nuevas.
Lucía intentó esconder la barra de pan en el bolso, pero era tan grande y tan blanda y tan recién hecha que casi palpitaba, pidiéndole que la comiera ya. Escapó precipitadamente, empujando hacia la calle la puerta detrás de sí, antes de escuchar cómo la dependienta empezaba a comentar su caso con los clientes.
La nieve volvía a caer, el viento había parado. Lucía arrancó un trozo de pan y cerró los ojos, como si quisiera perderse en un rincón de la memoria. Al menos esa preocupación tenía ya solución.
Se apoyó en el muro tras la tienda y siguió comiendo despacio, con los ojos aún cerrados. El pan olía a casa, a recuerdos, a la felicidad extraviada
¿Lucía? la voz la arrancó de su ensueño.
Abrió los ojos y quedó petrificada.
Buenas tardes balbuceó Lucía al reconocer a doña Rosario, la abuela de Andrés.
¿Qué haces aquí, niña? ¿Escondiéndote?
La anciana, envuelta en un abrigo de piel y una toquilla, dejó que su mirada descendiera despacio.
No tengo dónde ir, mis padres me han echado.
¿Y allí, hizo un gesto vago tampoco pudiste hacer vida?
Lucía encogió los hombros. No valía la pena explicaciones.
Ven dijo doña Rosario, cerrando el tema de golpe.
La siguió caminando tras su bastón, sin querer pensar en nada salvo en el cansancio que la inundaba.
La casita al borde del pueblo, la recordaba Lucía de cuando ella y Andrés iban al campo, camino de su escondite secreto. Una vez Andrés, al pasar, alzó la mano y gritó:
¡Abuela, te veo por la mañana!
Buenas tardes saludó Lucía entonces, por educación.
No recordaba doña Rosario muchas veces a Lucía. Pero ¿cómo iba a olvidarla después de lo que sucedió? Ahora Lucía deseaba poder regresar al pasado, sacudirse la vergüenza y rozar otra vez sus labios con los de Andrés, regresar a la despreocupación de la juventud
¿Por qué fue precisamente Iván, aquel compañero suyo de instituto, el primero en mirarla? Ni era guapa, ni sobresaliente, ni siquiera la más simpática. Pero aceptó su interés. ¿Quién no disfruta siendo objeto de cariño? Iván le llevaba la mochila, la esperaba a la salida y así empezó la historia: primero amistad y luego lo que parecía amor. Ya hablaban incluso de boda.
Los padres de ambos, entre sonrisas, lo aceptaron.
Cuando Iván vuelva de la mili, entonces se hablará.
Mientras, hacían provisiones para la posible celebración.
Pero conocer a Andrés llegó como un rayo inesperado en medio de la calma.
Era un bochorno de mayo. Lucía regresaba de la ciudad, había ido a informarse sobre la universidad. Iván no la acompañó, tenía que ayudar a su padre. El autobús la dejó a dos kilómetros del pueblo, bajo el cielo que ultimaba tormenta.
Caminaba despacio, sintiendo el aire denso. De pronto, un trueno estruendoso la obligó a taparse la cabeza con ambas manos. La nube oscura avanzaba partiendo el campo en dos mitades: antes y después de la lluvia.
El muro de agua se acercaba veloz. Buscó refugio. Nada. Sacó una bolsa del bolso, guardó las sandalias y se la puso sobre la cabeza.
Las gotas martilleaban muy cerca por detrás. Lucía apuró el paso, luego echó a correr. La pared de lluvia la alcanzó y, con ella, sintió una mano en el brazo.
Giró. Un coche parado en mitad del camino, un chico joven la arrastraba hacia el asiento del copiloto.
¡Te llevo pitando un rato y nada! gritó entre la tormenta. ¡Qué forma de llover, eh!
El chico se quitó la camiseta y la lanzó al asiento de atrás, cogió una sudadera y se la ofreció.
Toma, ponte esto, anda. No temas, soy de aquí, hijo de los Herrero, Andrés.
La envolvió en su sudadera casi como una caricia. Pronto se te pasa el temblor. Yo tenía una chaqueta también, pero está sucia… ¿Vienes del bus?
Sí.
Yo iba a por recambios al polígono… ¿Cómo te llamas tú?
Lucía.
Lucía será entonces…
¿Y por qué no arrancamos aún?
Mejor esperar, la nube va hacia el pueblo y no haríamos más que ir todo el rato bajo el aguacero.
Ella asintió. Tuvieron una conversación como si ya se conocieran de siempre. Andrés trabajaba con su padre en la cooperativa; su madre faltó tiempo atrás. No estudió más, no hubo oportunidad. Tenía trabajo, ¿qué más?
La dejó en casa con una sonrisa cómplice.
Lucía sintió por primera vez una calidez al hablar con él que nunca tuvo con Iván; ni besos ni abrazos de Iván lograban provocar lo que aquel rayo de complicidad.
Aquel día, Lucía no dejó de sonreír. Su madre lo notó. Pero Lucía no quiso contarle nada. Desde entonces, cada vez que pasaba un coche, ella miraba, esperando ver a Andrés.
Sería bonito volverlo a sentir
Una noche, fue valiente y le pidió a Iván que lo dejaran.
¿Cómo? no lo comprendió enseguida.
Te vas a la mili, yo a la universidad. Mejor separarnos y, si el destino quiere, nos reencontramos después.
No. No lo acepto. ¿Quién va a esperarme, entonces?
¿Para qué quieres eso?
Llevo por ti desde el instituto y tú ¡así me pagas!
Lucía no respondió más y se refugió en casa. Jamás había visto tanta furia en sus ojos. Tuvo miedo.
Al día siguiente, llegaron los padres de Iván a casa de Lucía. La discusión fue feroz; la madre de Iván gritó, señalando a todos como culpables. Lucía huyó al jardín y, después, a perderse por los olivares.
Anduvo largo rato hasta que una voz la detuvo.
¡Lucía, Lucía! era Andrés, saludando desde su coche.
Ella se paralizó por un segundo y luego echó a andar hacia él con todas sus fuerzas.
Se detuvieron uno frente al otro, sin palabras al principio.
Te he visto pasar, ¿te llevo?
No, en casa hay bronca… Me fui.
¿Por qué?
He roto con Iván. Pero solo pienso en ti, ¿lo entiendes?
Lo entiendo. Desde aquél día solo pensaba en verte. No fui antes porque me dijeron que tenías boda con él.
Pues no la habrá.
Él se inclinó y la besó con ternura, abrazándola.
Se quedaron así, creyendo que el tiempo se había parado. Lucía volvió a casa de noche, a oscuras.
¿Qué has hecho, hija? ¡Tres años con el chico y ahora esto! la madre la reprende. ¿Así de fácil? ¿Solo porque te ha apetecido?
Amo a otro, de verdad Lucía lo proclamó en voz alta.
¿Cómo? el padre salió de la salita. Ya verás tú Durante los exámenes, en casa vigilada.
Pero no lograron retenerla. Lucía se veía con Andrés en secreto, en un rincón oculto tras las vías. Pactaban encuentros, aprovechaban cada instante robado.
Pero un día ocurrió: alguien los vio paseando juntos y se lo sopló a Iván.
La pelea entre los chicos fue inevitable, ante los ojos de los jubilados del pueblo y de medio vecindario.
Andrés fue el que se cayó, resbalando en la orilla. Su padre llegó corriendo, se quitó los zapatos y se lanzó tras él.
A Lucía la avisó su amiga Elena, agitada: ¡Lucía, corriendo a la ribera! Se han peleado y Andrés se ha caído Dicen que nada se puede hacer.
Cuando llegó, la ambulancia ya se llevaba a Andrés. El padre, abatido, iba con él.
Lucía sintió las piernas de barro, se sentó en la hierba y no oyó el lamento de la madre de Iván sobre su cabeza:
¡Has jugado a enamorarte! ¡Ahora uno se ha ido y el mío me lo quitarán también!
Calló, regresó a casa y se tiró en la cama.
¿Qué has hecho? explotó la madre al entrar. ¿Qué va a ser de nosotras ahora?
Se fugó de casa con una mochila, un poco de dinero y los papeles. Pronto, ya iba en autocar dirección Madrid
Llegaron a la casita de doña Rosario cuando la noche se espesaba. Había caído la primera nevada.
Los tobillos me andan dando guerra, con estos cambios de tiempo dijo la anciana dejando el bastón y quitándose los zapatos sentada en la banca.
Le ayudo propuso Lucía, intentando agacharse.
Déjalo, mujer, que si no me enredo y me quedo en la cama. Hay que moverse. ¿De cuánto estás?
Para febrero.
Pronto, entonces ¿De Andrés? preguntó fijamente.
Lucía no apartó la mirada.
Sí.
¿Seguro?
No tengo dudas.
Bueno. Ahora te preparo la cama. Mañana ya veremos.
La casa, pequeña y abrigada, olía al recuerdo de Lucía. Alguna vez Andrés le había llevado empanadillas hechas por su abuela.
Lucía tardó en dormirse hasta que un gato saltó sobre la cama y se le acurrucó contra el vientre. Intentó moverlo, pero no cedió; así cerró los ojos y se abandonó al sueño.
La despertó el olor a masa fermentada.
¿Los quieres de cabello de ángel o de espinacas las empanadillas?
De cabello, gracias contestó Lucía, tocándose el vientre.
Andrés nunca me dijo cómo te llamabas. Todo el mundo solo me llama abuela Rosario.
María soy, Lucía. Abuela Rosario rió asomando desde la cocina. ¡Ay! Yo creo que das a luz en nada, te queda una semanita.
¿Cómo? Cuatro semanas me quedan
No, la niña llega antes. Eso te lo digo yo.
¿Por qué niña?
El corazón me lo dice
A la semana, tal y como anunció la abuela Rosario, Lucía empezó a dar a luz. Al amanecer a la maternidad, y a mediodía nació la niña.
Gracias, Lucía dijo la abuela Rosario con la pequeña en brazos. Gracias por la verdad. Es hija de Andrés. Ese dedito del pie izquierdo yo lo reconocería entre millones. Él va a alegrarse.
¿Él quién? Lucía se incorporó de golpe en la cama.
¿Pues quién? ¡Andrés!
¿Vive? ¿Sigue vivo? las lágrimas nacieron sin remedio.
¿No lo sabías, mi niña? Sí, vive, aunque está débil. Ahora podrás descansar. Ya no va a irse de tu lado. Descansa, que tu hija te necesita ahora.
Pocos días después, Lucía volvió al pueblo con la pequeña. La abuela Rosario trajo consigo al padre de Andrés.
Mira, aquí estamos. Catalina Andrés, ¿verdad que suena bonito?
El padre miró a la niña y se le aflojó el gesto.
¿La habéis registrado a nombre de Andrés?
Por supuesto. ¡Mira el dedito!
Gracias, Lucía, muchas gracias. Andrés aún no lo sabe. ¿Vamos?
Claro.
Por cierto Lucía, tus padres, preguntaron si podían venir…
Después… ahora no.
Ante el portal, Lucía vaciló varias veces.
El padre de Andrés entró primero, dejó a su nieta sobre la cama y señaló la habitación contigua.
Lucía avanzó despacio. Vio a Andrés tumbado junto a la ventana, entretenido con el móvil.
Andrés extendió los brazos.
Él la miró y sonrió, la abrazó. Lucía se derrumbó en el llanto.
Bueno, papá, acepta a tu hija.
¿Cómo? ¿Qué hija?
Tuya intervino el abuelo. Catalina Andrés. ¿Te gusta el nombre?
Rosario y el abuelo salieron a la cocina. Lucía se sentó junto a Andrés y exhaló tranquila.
No sabía que vivías, Andrés nadie me dijo nada. Pero ahora no me iré.
No te vayas. Nunca fui tan feliz. Mi amor, mi hija…
Y la nieve siguió cayendo, y el pueblo entero desapareció tras los visillos y los sueños que nunca se cuentan.







