Hoy, al volver a pensar en todo lo que viví, no puedo evitar sentir cómo el pasado se mezcla con el presente en mi corazón. Cuando Alfonso se fue a cumplir el servicio militar, le juré esperarle fielmente. Fui leal a mi promesa: le escribía cartas llenas de confesiones apasionadas, dibujaba flores y corazones en los márgenes, y siempre, junto a la palabra “beso”, dejaba la huella de mis labios. Le amaba de verdad, como solo se puede amar de una manera sincera y total. Cuando él no estaba, los minutos se volvían eternos.
Por eso mismo no logro creer que Alfonso fuera capaz de hacerme eso.
Mi corazón insistía en que nada de aquello era cierto, que él no podía haberse olvidado de mí. Pero, cuando dejó de contestar a mis cartas y más tarde me pidió en apenas unas líneas que le olvidara, no tuve más remedio que encarar la realidad.
Me casé con el primer hombre que se cruzó en mi camino, sin amor, claro. Cerré para siempre el dolor de mi amor pisoteado y mi corazón, para no volver a quemarme. A nadie podría amar más que a Alfonso.
Estaba en la cocina, con el delantal puesto y las zapatillas de casa, cuando llamaron al timbre. Abrí la puerta y allí, delante de mí, de pie, apareció Alfonso, vestido con su uniforme de oficial, ya más maduro.
No podía creerme que realmente te habías casado, así que tuve que comprobarlo por mí mismo. Pero veo que es verdad en su mirada había tanto dolor que parecía a punto de romperse, ahora entiendo por qué no respondías a mis cartas…
Se giró para irse, pero le detuve.
¿Cómo puedes decirme eso? Fuiste tú quien escribió pidiéndome que te olvidara… ni sabía si él intentaba justificarse o me estaba culpando.
¿Y?… respondió tras una pausa larga Sí, la semana pasada envié mi última carta desde el cuartel, aún con la esperanza de que me esperaras…
Se me hizo un nudo en la garganta, no pude contestar nada. Las lágrimas ardían en mis mejillas y la cabeza me bullía de preguntas: ¿Cómo, por qué?.
Ese mismo día fui a hablar con mis padres. Ellos, de alguna manera, lo sabían todo. Jamás quisieron a Alfonso porque no tenía dinero.
Perdónanos, hija. Queríamos que tuvieras una vida mejor, porque sabemos muy bien lo que es contar cada céntimo para poder comprar chucherías a los hijos. Lo pasamos nosotros y no queríamos que tú sufrieras lo mismo me decían entre lágrimas.
Pero vosotros, aunque fuerais pobres, os enamorasteis y os casasteis. ¿Por qué queríais arruinar mi vida? ¿Cómo pudisteis hacerme esto? les reproché, sintiendo el peso del dolor acumulado.
Aquí tienes mi madre me entregó una pila de cartas.
Me fui a la habitación de al lado a leerlas y no solo lloré: sollozaba sin poder contenerme. En la última carta de Alfonso, justamente la que me dijo, venía una campanilla seca pegada y una nota que decía: La busqué durante mucho tiempo, pero la encontré para ti.
Aquella noche hablé largo y tendido con mi esposo, que solo vivía para el trabajo, el dinero y sus amigos y, quizá, incluso otras mujeres (me lo insinuaban, muchas veces, las vecinas “bienintencionadas”). Nos separamos en silencio, sin discusiones.
Por vez primera sentí el valor de salir a pasear sola ya entrada la noche por las calles de Madrid. Pero el miedo había desaparecido, porque caminaba hacia la casa de quien me amaba de verdad y a quien nunca dejé de amar.
Con el tiempo, todas las heridas y reproches se difuminaron. Ahora, en nuestra familia, crecen dos hijos rubios. Los abuelos están felices de tener nietos, y todos sabemos que el verdadero tesoro es cuando en el hogar reina el amor sincero.





