Por la tarde llama a su nuera y pregunta cómo ha ido el día, si necesita algo o si hay algún problema. Escucha con paciencia el monólogo de cansancio, alguna complicación en el trabajo, y otras cosas. Le dice que mañana irá a casa y echará una mano.
A las diez de la mañana ya está en el piso de su hijo. Tiene su propia llave. Entra y observa todo con esa mirada que no se le escapa nada. Decide por dónde empezar.
Primero pone la lavadora. Mientras ésta gira, limpia el suelo y pasa la aspiradora. No necesita mirar mucho para darse cuenta de que los chicos no tienen tiempo; los dos están en dos trabajos.
Entra en el cuarto del nieto y ordena un poco. Quita el polvo del escritorio y del ordenador, recoge papeles del suelo, apila los libros en montones ordenados, pone los cuadernos en su sitio.
En el alféizar hay un caos: junto a la planta están unas zapatillas y el pantalón de deporte. Hay que arreglar todo y dejarlo limpio.
Cuando termina la lavadora, tiende la ropa recién lavada. Después va a la nevera: ¿hay algo caducado? Abre la cazuela y mira qué han dejado. Saca verduras y pollo, y se pone a preparar un buen cocido madrileño. Si falta pan, va rápido a comprarlo a la panadería de la esquina.
Llega el nieto del colegio. Le sirve el cocido calentito. Prepara una infusión y pone un trozo de turrón en un platito. Se sienta a comer, moviendo las piernas bajo la mesa; ella le detiene suavemente con la mano, siéntate tranquilo, cariño, le dice, siempre en tono dulce, sin reproches.
Por la tarde, es hora de volver a casa. No quiere ser un estorbo para los jóvenes. Y es que los tiempos no son sencillos, la juventud acaba exhausta. Tienen que buscarse la vida como se puede. Antes era distinto: te colocabas en una empresa y ahí te quedabas, nadie te echaba si trabajabas con cabeza.
Al llegar a casa se tumba un rato en el sofá. No cuenta a nadie lo que ha hecho en el día; nunca presume. Ni siquiera a su hermana, tan recta. Una vez se lo comentó, y su hermana le dijo: ¿Quieres hacerte la buena? Deja que se apañen, que ya son adultos.
¿Puede uno convencerla de lo contrario? No, no se puede. Esto es cosa del alma, no de palabras. Si intentas argumentar, parece que te justificas, y eso no está bien.
Se acuesta y no logra dormir, pensando en su juventud. Aquello tampoco fue fácil. Había menos oportunidades. Nadie le ayudó, ni su madre, ni su suegra. Ni se les habría ocurrido. Te casabas, tenías hijos, y te las apañabas sola.
Por la mañana hace sus quehaceres. Pasea por casa, va arreglando cosas sin prisa; ya ha corrido bastante, gracias a Dios.
Decide hacer unas tortas caseras. De repente suena el teléfono. El hijo le explica que no puede llevar al niño a la actividad de fútbol. Le pide ayuda. Guarda la harina, se cambia de ropa y coge el autobús. Lleva al nieto al otro lado del barrio y espera una hora mientras entrena. Que haga deporte el niño, que le quedan muchos años por delante y necesita energía.
No es una heroína. Es una mujer sencilla, común.
Regala a quienes ama su alma.
Y toda su vida.







