Una sola petición Vika se enteró del traslado de la abuela gracias a la vecina. Siempre la visitab…

Una única petición

Se dice ahora, recordando tiempos pasados, que fue la vecina quien avisó a Mencía de que la abuela había cambiado de casa. Mencía siempre la visitaba el día de su santo, llevaba una tarta y una bolsa de ciruelas a la abuela le encantaban las ciruelas. Al llegar al portal, mientras rebuscaba el móvil que le sonaba dentro del bolso, la saludó la vecina del primero:

¡Mencía, eres tú? La abuela se ha mudado.

En realidad, no era su abuela, sino la abuela del que fue su marido. Se conocieron en la universidad, cuando él aún vivía con la abuela. El día que la presentó estaba aterrada, sabiendo que iba a ser examinada. Los padres de Julián habían fallecido y sólo quedaba la abuela, que lo crió desde los cinco años. Pero los nervios fueron inútiles la abuela la acogió como a una hija desde el primer minuto.

Se casaron en el último año de carrera y la abuela les hizo un regalo impensable para la boda: un piso de una habitación. Sí, estaba en la periferia, en un quinto sin ascensor y sin balcón, pero era suyo. Había estado toda la vida ahorrando, y no quería molestar a los jóvenes.

Mencía nunca había tenido nada propio. Su padrastro la vigilaba estrictamente: que no comiera más que sus hijos, que no gastara agua más de lo que le tocaba, y siempre la regañaba por encender la luz. A los diecisiete empezó a trabajar de camarera y alquiló un cuartito diminuto, como un trastero. No le dieron plaza en la residencia porque tenía padrón en Madrid. Así que ese piso era para ella un palacio de verdad.

Vivió allí poco tiempo. Un año después de la boda, regresando de la jornada una hora antes (quería preparar el desayuno a Julián), Mencía se encontró en su cama a una rubia de nariz respingona. Fumaba tranquilamente y lanzaba el humo al techo, mientras desde el baño se oía el agua correr. La rubia no se inmutó, solo se cubrió con la manta que la abuela les había regalado por Navidad.

Así terminó su relación, que había durado cinco años. Mencía no hizo escándalos y se divorciaron en paz. El piso, por supuesto, quedó para Julián; ella no lo reclamó, aunque la rubia, presente en todas las fases del divorcio, exigía: «Que te firme un papel, no vaya a quedarte embarazada de algún taxista e intentar robar el piso».

¿Y a dónde se ha mudado? preguntó Mencía.

Pues al vuestro. Vienen esos chicos, están a punto de tener el bebé, y cambiaron de sitio.

Mencía se inquietó la abuela tenía dificultades para caminar desde la fractura de cadera, y ese piso estaba en un quinto sin ascensor. ¿Cómo iba a vivir allí? Justo la noche en que encontró a la rubia, ella y Julián habían decidido mudarse con la abuela para cuidarla, pero ahora apenas quedaba sola, y en un lugar donde nadie la conocía. Aquí, todo el portal la conocía y siempre había alguien dispuesto a ayudar.

La noticia del niño la arañó por dentro Julián siempre había negado tener hijos con Mencía, decía que necesitaban vivir para ellos.

Gracias, tía Carmen.

No tuvo más remedio que ir a la parada, esperar el autobús y viajar cuarenta minutos, agarrada a la barra despintada, buscando no golpear la tarta.

Llegar al piso, donde durante un año se sintió la mujer más feliz del mundo, resultó triste. Caminó por la ruta de siempre, fijándose en los pequeños cambios la nueva fachada en la tienda, la parcela vallada En el patio había una nueva zona infantil, y un niño de unos seis años se sentaba junto a un charco, con los pies desnudos dentro del agua.

¡Estoy en la playa! gritó alegre.

Mencía le sonrió y sacó una chocolatina del bolsillo.

Toma, Robinson, ¡para tus aventuras!

Por supuesto, la abuela fingió que todo iba bien y que había sido idea suya.

Julián vendrá a comprarme comida, o me llevará al centro de salud aclaró la abuela.

¿Y cuándo fue la última vez que vino? preguntó Mencía.

Ayer mismo.

Mencía supo que mentía: la bolsa de basura estaba desbordada y ya olía; el pan estaba duro como una piedra.

Voy al supermercado, tengo que comprar queso, se me ha olvidado dijo Mencía.

Eso del queso era mentira.

La abuela insistía en que no hacía falta, pero Mencía se mantuvo firme. Y al marcharse, dejó el paraguas aposta, para volver al día siguiente y pasar otra vez por el súper. La abuela insistía en que no hacía falta y que Julián iba a menudo, pero cuando Mencía enfermó un otoño y estuvo una semana sin ir para no contagiarla, fue la abuela quien llamó, preguntando cuándo volvería.

Era complicado ir tan seguido, así que Mencía lo resolvió a su manera: acordó con el niño de la playa que le llevaría la basura por cincuenta euros a la semana, y utilizó la compra a domicilio. Incluso regaló a la abuela un móvil nuevo y le enseñó a usar la aplicación. Julián decía que ella no sabría usarlo, pero supo. Mencía la visitaba una vez por semana, a veces más. Yo creo que la abuela olvidó que Julián fue marido de Mencía, y presumía del nieto, se enternecía con los vídeos que enviaba Julián.

¿Te han traído al bisnieto? preguntó Mencía.

¡Qué va! Es pequeño aún.

Para su primer año sí llevaron al bisnieto la abuela pidió a Mencía que retirara 600 euros de su tarjeta para el regalo. Así Mencía sabía cuándo iba Julián: para su cumpleaños, la del niño, Navidad y otra vez en abril, seguramente por el cumpleaños de la rubia. Para cada fiesta, la abuela sacaba una buena suma de dinero.

A Mencía también le quiso dar dinero, pero ella lo rechazó.

Me enfadaré si insiste respondía.

Un día, la abuela le dijo:

Bien, pero prométeme que cumplirás una sola petición mía. Así no te molestaré más con el dinero.

¿Cuál?

Te lo digo después.

Después es después. Y Mencía aceptó.

Cuando llegó Pablo a su vida, la abuela fue la primera en enterarse. Con su madre, Mencía apenas hablaba la madre bebía junto al padrastro y sólo la insultaba, diciéndole que era una fracasada.

¡Has perdido un buen partido! Así toda tu vida estarás en cuartos diminutos y destartalados.

Pablo no tenía piso propio, pero prometió trabajar para comprar uno. Era cinco años menor que ella y durante mucho tiempo Mencía rechazó su cortejo, hasta que cedió. Era alegre y bueno, y su familia la acogió enseguida. Vivían en una casa humilde en las afueras, y además de Pablo, había cinco hermanos más.

No me atreví a la séptima, quería una niña dijo con tristeza la madre de Pablo. Esperaré a una nieta. ¿Tú quieres niños, o eres de las que sólo piensa en el trabajo?

Quiero niños confesó Mencía.

Entonces esperaré una nieta; Pablo es serio, los demás son traviesos.

Se casaron discretamente, sin fiesta, y usaron sus ahorros para viajar. Mencía sufría pensando en la abuela, pero no pudo evitarlo.

Y tenía razón en preocuparse. Nadie supo cómo pasó quizás se sintió mal y fue a pedir ayuda, quizá bajó a tirar la basura La encontraron en la escalera, ya fría.

Mencía sabía que no debía llorar ni angustiarse acababa de hacer el test de embarazo y estaba tan contenta que planeaba contárselo a la abuela Pero ¿cómo no llorar? Pensaba que, de no haberse marchado, nada habría ocurrido. Ni siquiera llegó a tiempo al funeral, Julián ni siquiera la avisó, pese a saber que aún mantenía el contacto. Pero ni llamó ni discutió.

Días después, la esposa de Julián la llamó:

¿Creías que eras la más lista? ¡Iremos a juicio y declararemos que la abuela estaba demente cuando firmó eso!

Mencía no entendía de qué hablaba. La rubia gritaba e insultaba, y sólo al final entendió que hablaban de un piso.

Al día siguiente la llamó el notario. Le invitó a conocer el testamento. Resulta que la abuela le dejó también una carta.

Mencía la leyó con lágrimas. La abuela le dedicaba palabras tan bonitas, tanta gratitud, que le daba vergüenza. Todo lo había hecho porque la quería de verdad, como a su propia familia pues a nadie más tenía ya que querer. “Aquí va mi única petición: acepta este piso en donación, no tengo otra forma de agradecerte.”

Mencía pensaba que la abuela hablaba del piso donde vivía, pero el notario aclaró que era el piso grande donde vivían Julián y su esposa. El de una habitación, ya era de Julián, regalado años atrás.

Pidiendo tiempo para decidir, Mencía lo habló todo con Pablo. No quería pisos, ni amenazas ni problemas; temía perder incluso su bebé por todo aquello. Pero tampoco podía incumplir la promesa de la abuela. Tras mucho meditar, se pusieron de acuerdo.

Convocaron a Julián y a su esposa con el notario, tras consultar antes. El notario pensó que Mencía era ingenua, pero no discutió.

La esposa de Julián atacó a Mencía hasta casi a golpes si Pablo no hubiera estado allí lanzando amenazas y reproches.

¡Basta! gritó Julián de repente. Le pertenece por derecho, cuidó a la abuela tres años.

A Mencía se le fue la voz había preparado un discurso para Julián.

No hay nada que discutir, no entiendo qué hay que hablar. Nos vamos, llevamos las cosas y dejamos el piso añadió sin mirar a Mencía.

Y allí mismo, Mencía expuso su plan: no quería romper su hogar, le bastaba el pequeño piso en la periferia. Ya lo habló todo con el notario, sólo faltaba el consentimiento de Julián.

Julián alzó por fin la mirada y la fijó en Mencía, con ojos de culpa.

La esposa se calmó de inmediato y se dedicó a pedir café y bollos, que el viaje la había cansado, y podía habérselo dicho antes para no molestar tanto.

Mencía tuvo una niña; la llamó Sonia, como la abuela. ¡Y cómo se alegró la madre de Pablo! Más nietas llegarían después, pero Sonia siempre sería la más querida

© Hola, tristeza.

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