Diario, 10 de octubre
Anoche regresé temprano a casa, intentando no hacer ruido para no despertar a mi madre. Mientras me quitaba los zapatos nuevos que me habían destrozado los pies, apenas logré contener un quejido de dolor. Menuda noche
¿Ya de vuelta, Inés? ¿Se acabó pronto la boda o te marchaste antes? ¿No te gustó? asomó mi madre por el pasillo.
¿Y tú por qué no duermes? ¿Me estás vigilando? le contesté un poco borde, la verdad.
Ella apretó los labios, se encogió de hombros y volvió a su cuarto sin decir nada más. Me sentí fatal. Mi madre no había pegado ojo esperándome, sólo para saber cómo fue todo, y yo, por el cansancio y el dolor de pies, le contesté mal. Entré en su habitación, me senté a su lado en el sofá y la abracé con cariño.
No me hagas la pelota, anda. Si no quieres hablar, ya me enteraré por la madre de Lucía dijo sin mirarme.
Perdóname, mamá, es que estoy agotada y encima los zapatos El restaurante era de los de lujo, habría más de cincuenta invitados, un ruido ensordecedor, pero muy animado, no te creas. Lucía, preciosa con su vestido blanco, y el novio… menudo galán le conté con detalle.
¿Y entonces, por qué te fuiste antes de tiempo? me interrumpió mi madre.
Pues mamá, toda la gente estaba tan estirada, tan repleta de aires como pavos reales No eran gente sencilla. Yo además tengo que madrugar mañana.
¿Dónde tienes que ir tú un domingo? preguntó atónita, mirándome como si me hubiera vuelto loca.
Mañana te cuento, que me ducho y me meto en la cama le di un beso en la mejilla y salí para cambiarme de ropa.
Me quité el vestido de fiesta con cierto desprecio; comparado con los modelazos de las demás, parecía algo barato y simplón. Me metí bajo la ducha y me restregué bien la espalda, donde aquel hombre sudoroso y enorme me había tocado durante un baile.
No quise bailar, pero insistió tanto que sólo me habría quedado pelearme con él. Su respiración, sus manos calientes y húmedas en mi espalda y su barriga apretada contra mí… fue asqueroso. Mis tacones me dejaron los pies destrozados. Aguanté como pude hasta el final.
Luego el tipo se me sentó al lado y no paraba de ofrecerme copas. Nadie me prestaba atención. Mi única conocida, Lucía, estaba volcada en recibir invitados y en su flamante marido. Alguna que otra mirada curiosa, pero nadie vino a socorrerme de semejante pelmazo.
Simulé que tenía que ir al baño y escapé. Cogí un taxi frente al restaurante y volví a casa.
Yo nunca querría una boda así para mí. Todo tan calculado y teatral, como una función donde cada uno sabe su papel. Yo me sentía figurante, de relleno.
Me costó mucho dormirme. Seguía resonando la música, los brindis, las charlas, las risas y claro, pensé en aquel hombre guapo que me había lanzado alguna que otra mirada, no en el pesado. Mejor no pensar en él, me dije mientras me acomodaba, y al fin caí rendida.
El otoño llegó frío y lluvioso. Lucía volvió del viaje de novios y me invitó a su nueva casa, para compartir impresiones. Tenía curiosidad por ver cómo vivía la gente adinerada, pero no iba a presentarme con las manos vacías.
Tras las clases, pasé por la pastelería y compré los pasteles favoritos de Lucía. Al salir, choqué con un hombre en la puerta. Dio un paso atrás y me dejó pasar.
¿Eres tú? preguntó de pronto.
Levanté la vista y reconocí al misterioso hombre de la boda. Me quedé petrificada.
Venga, que estamos en medio, se rió, tomándome del brazo y llevándome a un lado.
Saliste de la boda volando, como Cenicienta. Ni tiempo a presentarme sonrió enseñando unos dientes blancos impecables.
Pero no perdí el zapato le respondí, riéndome también.
¿Vas a casa? Te acerco ofreció.
No, voy a casa de una amiga, la novia de la boda. ¿Has desistido de comprar dulces? pregunté, extrañada.
Estoy tan feliz de verte, que renunciaría a todos los pasteles del mundo bromeó, señalando mi caja de la confitería . Anda, ven. Me cogió del codo y me condujo hasta su todoterreno.
Jamás había viajado en un coche así. Él conducía seguro, sin preguntar la dirección.
Sé dónde vive tu amiga. Soy socio y amigo de su marido dijo, al notar mi inquietud.
Durante el trayecto habló de sí mismo. Se llamaba Álvaro, era divorciado, dueño de un labrador, empresario de éxito…
Rico, guapo, seguro de sí mismo. Todo lo que mamá sueña, pensé.
Cuando por la noche volví, mamá me esperaba.
¡Llegas tarde! Ya pensaba que te pasaba algo.
Fui a ver a Lucía. ¡Vaya vida que lleva ahora! le relaté cada detalle, la casa, el jardín, su nueva vida, notando que era justo lo que ella quería oír.
¿Y cómo fuiste? Ahora vive en La Colina de los Pobres, ¿no?
Así llamaban irónicamente el barrio residencial de lujo en la ciudad.
Me acercó un conocido contesté, lamentando haberle dado pie a más preguntas.
¿Lo conociste en la boda? ¿Es de los suyos? ¿Le diste tu número?
Sí, mamá, hasta se lo garabateé a la fuerza le contesté con fastidio.
No te pongas así. Un hombre con futuro se fija en ti y tú, capaz de soltarle cuatro frescas, como te conozco protestó, medio en broma.
No le solté nada, le di mi número. ¿Feliz? y di por zanjado el interrogatorio.
¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué tanta manía?
Me agotan tus preguntas, mamá. ¿Tienes tantas ganas de quitármela de encima?
No digas tonterías. Sólo quiero tu bien, que tengas un futuro con alguien digno, como Lucía. No que acabes con un pobretón. ¿O eres de las que creen que se puede vivir de pan y agua?
Mamá, nunca hemos pasado hambre le respondí con desprecio.
Ya, quizá exageré Hija, ¿de verdad que no te atrae nada ese hombre?
Mamá, por favor, no quiero casarme ahora.
En ese momento sonó mi móvil. Era Álvaro.
No he querido esperar: te llamo ya. ¿Planes para el domingo?
Estudiar para el lunes
¿Todo el día? Hace buen tiempo. Te propongo montar a caballo. ¿Nunca has montado? Pues a las once paso a buscarte.
Accedí sin darme cuenta de cuándo habíamos pasado al tuteo.
Nunca antes había montado, sólo conocía a los caballos de la aldea de mi abuela, y siempre me daban respeto. Fue una experiencia increíble.
Álvaro tenía ese don, sabía cómo meterte en su mundo, rodearte de comodidad y atenciones. Le abrían puertas, seducía sin esfuerzo.
El siguiente fin de semana apareció en casa con flores y una tarta. Me sentí avergonzada de nuestro pequeño piso, la moqueta gastada, las paredes amarillentas. Pero Álvaro lo disimuló todo, hablaba de su infancia en pisos así, llenos de calor familiar. Mi madre suspiraba feliz.
Este hombre es un sueño, Inés. Si te pide matrimonio, ni se te ocurra decirle que no me dijo, ilusionada.
¡Pero si llevamos apenas unas citas, mamá!
Pero antes de Nochevieja, me pidió matrimonio. Me regaló un anillo con diamantes.
Qué alegría. Ahora sí puedo morirme tranquila exclamó mamá, poniéndose la mano en el pecho. Yo sólo la miré resignada.
La boda fue en las afueras, a comienzos de marzo, con el sol derritiendo los tejados y aroma de primavera en el aire. Pedí que fuera sencilla, sin lujos ni demasiados invitados. Álvaro lo aceptó. Tras la boda me mudé con él.
Por fin alguien con quien hablar me confesó Lucía. La vida de las esposas del entorno estaba llena de compras, spa y ropa cara, pero lectura, poca.
Vivíamos cerca. Lucía ya estaba embarazada de seis meses.
Pero Álvaro no me dejaba ir sola a ninguna parte. Por las mañanas me llevaba el chófer a la universidad y me recogía al terminar. Un día anularon la última clase y decidí pasear hasta casa.
Era un día delicioso, brotaban los primeros capullos en los árboles. Me crucé con Raúl, un compañero de la facultad. Fuimos a una cafetería; cuánto echaba de menos una charla sencilla.
Me sentía aislada, pues en el grupo ya nadie era cercano conmigo.
¿En qué piensas? me preguntó Raúl.
Se me hace tarde respondí, poniéndome de pie.
¿Él te controla? sospechó Raúl.
No, es que de verdad debo irme.
Al llegar a casa, Álvaro me esperaba.
¿Dónde estabas? preguntó frío.
En la facultad mentí.
No mientas. Sé que anularon la clase. ¿Por qué no avisaste al chófer? ¿Para ver a tu amante?
No es mi amante, Raul estudia conmigo respondí pasmada.
Nunca me había hablado así. Sus ojos eran fríos, duros como el hielo.
Sólo fuimos a tomar un café ¿Y qué? dije, aunque en realidad sólo me estaba justificando.
Ahora eres mi esposa. Tengo muchos enemigos, rivales que sólo esperan verme fallar. No puedes permitírtelo.
¿Y por haberme tomado un café con un compañero te siento traicionado?
¿Aún no lo entiendes? se levantó del sofá y se plantó delante de mí.
No me hables así respondí, dando un paso atrás.
No pienso permitirlo masculló, cogiéndome del brazo y atrayéndome con fuerza. Si no obedeces
¿Qué harás? ¿Me atarás? Cuando sea médica, ¿verás amantes en cada paciente mío? intenté soltarme.
Algo sucedió. Ni sentí dolor, sólo un zumbido en los oídos. Vi sus labios moverse pero no entendía sus palabras. Sentía la sangre salada en mis labios partidos y su rostro me parecía de otro.
¿Entiendes?
Sí… sí, entiendo logré responder.
La bofetada me llegó antes de reaccionar. El golpe me lanzó contra la cama y perdí el conocimiento.
Desperté sola. Temblaba, incapaz de dejar de llorar. Fui como pude hasta el dormitorio de arriba. Lloré largo rato. Quise bajar a por hielo, pero vi que alguien había cerrado la puerta con llave. No supe en qué momento lo había hecho.
Por la mañana, mi cara inflamada, la boca rota. Él no apareció ni dejó el teléfono. Caminé de un lado a otro, buscando una salida. Era un pájaro enjaulado.
La asistenta llegó para limpiar antes de comer. Supe convencerla de que me abriera. Se asustó al ver mi cara.
Si mi jefe me ve, me mata…
Diga que le pedí agua, y me escapé sola le supliqué.
Tapate, al menos, el rostro me aconsejó mientras yo huía, el rostro cubierto, sorteando vecinos.
Mamá abrió la puerta horrorizada.
¿Cómo ha podido? Ay, hija, perdóname, yo sólo quería lo mejor ¿Y si viene aquí? Esta puerta es un papel.
Mamá, no digas disparates.
Todo me daba igual, aunque llamé a Raúl y vino enseguida. Trabajaba de prácticas en el hospital. Me curó, avisó al médico para parte de lesiones, y fotografió mis heridas. Mandó fotos a Álvaro, advirtiendo que si volvía a acercarse, las imágenes correrían por internet.
Álvaro no volvió. Cuando los moratones se borraron, volví a la universidad.
Logramos el divorcio rápido. Tras la carrera nos mudamos a otra ciudad. Raúl se especializó en cirugía, y yo en cardiología.
Tuvimos un hijo. Mamá nunca volvió a meterse en mi vida con consejos sobre hombres.
Un día, en la peluquería, leí en una revista una noticia escandalosa: El empresario Álvaro Fontana, acusado de homicidio de su esposa.
A través del cristal veía a Raúl pasear al pequeño Mateo en su carrito. Pensé: Qué suerte tenerle cerca, a mi hijo sano, a mamá tranquila El dinero es sólo útil hasta donde uno siga siendo persona.
La peluquera me llamó. Allí cerré mi diario de hoy, sabiendo lo que de verdad importa.







