Me casé para escapar de la pobreza, y ahora vivo en una hermosa jaula. Tengo 35 años. Cuando tenía 2…

Me casé para huir de la pobreza y ahora vivo en una jaula preciosa. Tengo 35 años. Cuando tenía 20, no era absolutamente pobre, pero vivía contando cada euro. Era estudiante: asistía a clases por la noche en la universidad y trabajaba de día en una panadería de Madrid. Llegaba a casa exhausta, con los pies hinchados, pensando si este mes me alcanzarían los euros para el transporte, las fotocopias, la comida y las tasas académicas. Soñaba con una vida tranquila; no lujosa, sino sencillamente estable.

Entonces lo conocí. Él tenía 40 años, era profesor universitario, siempre llevaba trajes impecables, tenía un coche propio, hablaba de viajes, inversiones y seguridad. No me enamoré enseguida. Me gustaba, sí, pero más que su rostro o su manera de hablar, me atraía lo que representaba: descanso, tranquilidad, una existencia sin la lucha constante por sobrevivir.

Empezamos una relación y desde el principio la diferencia era evidente. Mientras yo estudiaba los precios en la carta, él pedía sin preguntar cuánto costaba. Mientras yo hablaba de buscar otro trabajo extra, él comentaba sobre la compra de otro piso como inversión. Me decía cosas como: No tienes que vivir tan ajustada, Puedo darte un mejor futuro, No quiero que te enfrentes sola a la vida. Esas frases se clavaron en mi mente.

Sabía que si terminaba mis estudios mi situación mejoraría, pero también sabía que llevaría años. Con él ese salto era inmediato. Me propuso matrimonio a los seis meses. No lloré de felicidad; me quedé callada. Aquella noche casi no dormí. Pensé en mi madre, en mis mañanas agotadoras, en no volver a contar euros, en tener una casa luminosa.

Mi madre se opuso al principio. Me dijo que era demasiado joven, que él era demasiado mayor, que no me veía enamorada de verdad. Yo le respondí que el amor no paga las facturas, que estaba cansada de carencias, que ansiaba algo mejor. Lloramos mucho. Al final, ella lo aceptó porque no quería perderme.

Nos casamos un año y medio después de conocernos. Todo fue rápido: una casa grande en Salamanca, muebles nuevos, viajes durante los primeros meses. Subía fotos con una sonrisa, pero por dentro me sentía como una actriz ensayando un papel elegido no por amor, sino por conveniencia.

No puedo decir que él sea mala persona. Es responsable, proveedor, un padre excelente para nuestros hijos; ayuda económicamente tanto a su madre como a la mía, está presente, no me engaña, nunca ha sido agresivo. Él no es el problema. El problema soy yo. No lo amo como se ama de verdad. Lo respeto, lo admiro, le agradezco todo lo que ha hecho, pero no siento esa pasión que te palpitaba el pecho.

El ritmo de su vida es diferente. Se acuesta temprano, no le gusta salir mucho, prefiere planes tranquilos, no quiere cambios. Yo sigo deseando viajar, reírme a carcajadas, improvisar, sentir mariposas que me recorren el cuerpo. Me adapto. Siempre me adapto.

Hay noches en las que me tumbó en una cama enorme, con aire acondicionado, silencio y comodidad, y siento una extraña sensación de vacío. No es tristeza, es la certeza de vivir la vida correcta pero no la que me haría realmente feliz. Cocino en una cocina preciosa, llevo a mis hijos a buenos colegios, no me falta nada material pero a menudo me faltan emoción, deseo, ilusión. Él me dice Te quiero, y yo respondo Yo también, aunque dentro de mí mi voz suena diferente.

A veces me pregunto qué habría pasado si hubiese decidido quedarme sola, si hubiese terminado mis estudios sin atajos, si hubiese esperado otro tipo de amor. A veces me siento culpable por tener estos pensamientos, porque sé que hay mujeres que darían todo por esta estabilidad. Y ahí nace la culpa: sé que no debería quejarme, pero tampoco puedo engañarme.

¿Qué consejo me daríais para encontrar la felicidad?

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