Oksana creció siendo huérfana con padres vivos: apenas conocía a su madre más que por fotos y videol…

Claudia creció siendo huérfana de padres vivos, que es una categoría muy exclusiva y poco valorada, la verdad. Si a su madre, Lucía, solo la veía en fotos del WhatsApp o en videollamadas con mala cobertura, lo del padre ya era de otro calibre: vivía en la puerta de al lado, pero era como un ninja, cruzándose de acera si la veía, por si le pedía un zumo o, peor, un abrazo paternal.

Antes, Claudia se indignaba con su madre por haberla dejado bailando sola por perseguir su propia felicidad, pero con los años, pues mira, hasta la entendía. No es fácil quedarse con una niña a cuestas a los dieciséis, y menos cuando tu novio de instituto y vecino del quinto, para más drama se larga a jugar al fútbol con los colegas y ni rastro de pañales.

Oye, que al menos la tuvo, que ya es más de lo que harían algunas Lucía dejó a la niña con sus abuelos maternos con permiso de la abuela y salió corriendo a buscarse la vida. Para Claudia, aquello no fue tan malo: sin madre cerca, pero arropada por los abuelos que la mimaban hasta el punto del empalago, su infancia fue un desfile de amor y croquetas.

Los abuelos, Manolo y Carmen, no escatimaban en mimos, y la madre compensaba por SEUR: ropa moderna de Madrid, juguetes de moda y, cuando se casó con un extranjero, paquetes aún más enormes y transferencias de euros a discreción. A Claudia casi le daba cosa, como si Lucía comprase perdón a golpe de vestido caro.

En su dieciocho cumpleaños, Lucía hasta mandó dinero para que Manolo le comprara un pisito en Salamanca: Pa que la niña no tenga que meterse en un cuchitril de estudiantes, hombre. Que Claudia ya iba para la Universidad, y una habitación compartida no es vida.

A base de gestos y billetes, Lucía parecía querer dejarle claro a Claudia que todo era por su bien. Y ni el abuelo ni la abuela daban crédito, porque Claudia nunca le cogió manía a su madre, pero tampoco le escribía cartas de amor. Cuando Lucía venía alguna navidad de visita, muchos pensaban que hermana y hermana eran, de lo parecidas que eran y por lo bien que se conservaba Lucía, que con sus treinta y cuatro años aún podía pedir el carné joven.

Bueno, Claudita, ¿te animas y te vienes a vivir conmigo, ahora que ya no eres una niña?
No, mamá, todavía tengo que estudiar.
Eso, estudia, estudia Mira, aquí tienes mi nuevo número. Si necesitas dinero o lo que sea, me llamas a la hora que sea, ¿eh?
Gracias, mamá. Me has comprado un millón de cosas y dinero tengo para meses.

Ni se dio cuenta Claudia de la mueca rara de Lucía al oír el mamá. Será que una nunca termina de acostumbrarse a ser madre, sobre todo si a tu marido alemán le has contado que tienes una hermana pequeña a la que ayudas, no una hija crecidita made in España.

Claudia sentía que su madre la quería, sí, pero de esa forma que se quiere a una prima simpática o a la vecina que te recoge el paquete del Amazon.

Pero cuando a Lucía la dejó el marido (agonías modernas: sustituida por otra alemana con menos acento), lo primero que hizo fue aterrizar en casa de Claudia a llorar.

Claudia, no te importa si me quedo contigo una temporada, ¿verdad?
Ni pensarlo, claro que no, mamá. De todas formas, me caso en nada y me voy a vivir a casa de Mario.

¿¡Casarte?! ¿Pero tú no acabas de cumplir veinte?
¿Pronto? ¿De verdad? Estuvo a punto de soltar el mítico tú me tuviste a los dieciséis, pero se mordió la lengua por respeto.

Claudia era mayorcita para decidir su vida, y Mario, el futuro marido, tenía unos padres que la acogieron como si les hubiera tocado la lotería. No como Lucía, que de Mario casi ni sabía el apellido y de la boda solo se enteró porque la invitaron por WhatsApp.

Yo iré a la boda, hija, pero antes necesito un poco de relax. Me marcho a Grecia.
Uy, Grecia Debe ser precioso. Mario también va a veces por trabajo, justo ayer tuvo una reunión allí

Pues así entre vuelos y preparativos pasaron los días hasta la boda. Claudia acabó reventada entre papeles, prueba del vestido y menús con jamón ibérico. Mario se retrasó con la vuelta porque el jefe le tenía explotado, y la madre de Claudia, desaparecida en combate; a estas alturas ni recibos del Bizum, ni noticias.

Eso sí, Claudia tenía un secreto que seguro alegraría a Mario: iba a ser padre. Ella tampoco planeó tener hijos antes del matrimonio que en España el qué dirán sigue funcionando, pero la boda estaba a la vuelta de la esquina. El bebé llegaría bien vestido.

¡Ya era hora, Mario! Pensaba que te habías enamorado de una griega y cancelabas la boda.
¡Pero qué cosas dices! Sabes que solo tengo ojos para ti aunque aquí Mario se pasó de listo, porque sí tenía una amiga griega….

Todo parecía un mal chiste cuando, unos días después, en pleno preparativo de boda, explotó la bomba: la amiga griega apareció por sorpresa, barriga incluida.

¿Sorpresa? Estoy embarazada de Mario. Le dije que te lo contara
¿Perdona? ¿Tú qué?
Vamos, Mario, dile la verdad: pasamos unos días de verano juntos en Grecia

¡Fuera, los dos! No quiero veros.

Mario intentó disculparse.
Claudia, fue un error, yo te quiero.
El error fue casarme con un tipejo capaz de esto.

Claudia pidió el divorcio. A Mario jamás se lo perdonó y con Lucía, la madre del drama, tampoco volvió a hablar. Volvió al pueblo, a la casa de los abuelos, y allí, entre tortillas de patatas y paseos bajo las acacias, tuvo un niño precioso.

Del exmarido y de su madre ya ni noticias, ni ganas. Pero, un mes después del parto, llamada del hospital de Salamanca:

¿Eres Claudia, hija de Lucía Fernández?
Sí ¿Qué pasa?
Lo sentimos, tu madre ha fallecido durante el parto. Ha nacido una niña, ¿quieres hacerte cargo? ¿La recoges tú o la ingresamos en un centro?

Yo ¡Voy, claro que voy!

Claudia no pudo dejar a su hermana allí. Sabía de sobra que Mario jamás querría saber nada, y ella bueno, pensaba que la culpa era compartida, pero que los niños nunca son responsables de las meteduras de pata de sus padres.

Al final, los niños son alegría su alegría y de eso, por suerte, en una vida, nunca hay demasiada.

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Oksana creció siendo huérfana con padres vivos: apenas conocía a su madre más que por fotos y videol…
Un gran paquete yacía abandonado junto a la papelera. Un hombre que pasaba en coche lo vio y decidió detenerse para averiguar qué contenía.