Traído por el viento
Llamaban a la puerta. Ya no podía culpar al mal tiempo, esto no se arreglaba ignorando. Así que la señora Rosalía se levantó y se deslizó por el pasillo, igual que un ratoncillo. Pero la pillaron:
¡Abre!
Rosalía soltó una exclamación, se esfumó hacia la cocina y se acurrucó en el taburete.
La insistencia tras la puerta no cesaba; hasta suplicaban y emitían unos quejidos inquietantes.
Por primera vez, a Rosalía le pesó la soledad de la aldea…
*****
Llevaba ya varios inviernos en su casita en la sierra de Guadalajara y jamás le incomodó estar lejos de la gente. No los necesitaba.
Nadie podía sustituir a Vicente, su marido. Y la idea de buscar compaña, de compartir cotilleos o esperar comprensión, no iba con ella. Rosalía quería paz.
Además, la renta de su cuarto en la casa del centro de Madrid sumaba unos euros a su pensión, y no era cosa de despreciar. Nunca lograron comprar piso; no les dio la vida.
En los años duros casi lo perdieron todo, pero entonces sobraba energía, fe en el futuro y planes a mansalva. Ninguno se cumplió. No todo el mundo tiene cabeza para negocios. Al menos no quedaron sin un techo.
Eso ya era historia. Por suerte, se quisieron incluso en la habitación alquilada. Pero hijos nacidos de ese amor, ninguno.
Rosalía volcó toda su ternura en Vicente. Pero Vicente, como todos, no era eterno. Hace cinco años se marchó, dejándola a ella más sola que la una.
No lloró. Las lágrimas no traen de vuelta al marido, ¿para qué malgastar agua? Había que seguir, aunque cueste. Por fortuna, heredó la casita de su madre en la aldea.
Antes, iban allí solo en verano. Vicente nunca dejó que la vendieran:
Rosalía, con la tierra no se anda jugando. Haré de esta casa una joya. En cuanto nos jubilemos, nos mudamos al campo.
En fin, planes… No se cumplieron. Ni tampoco convirtió la casa en una joya. Arregló un par de cosas, sí. Ahí está, de pie. Y gracias.
Dios quiera que le dure toda la vida… Y si no, pues tampoco pasa nada. Quizá el próximo temporal la mande al garete. Hasta hoy podría ser.
Viento que hace temblar las paredes, aúlla por la chimenea. Da miedo. La lluvia golpea los cristales como si quisiera invadir la casa a toda costa. Y el pino gigante justo al lado; chirría, se balancea, amenaza con caerse encima.
Para colmo, se fue la luz… Rosalía se metió bajo el edredón antes de hora, dispuesta a dormir los sustos. Pero la noche no le dejó…
*****
Primero, algo rascaba la puerta. Rosalía escuchaba y acabó por convencerse de que era la lluvia. Quizá una rama que el viento llevó hasta allí, y se arrastraba por las tablas.
Justo cuando se lo creyó, llegó el golpe. Rítmico, insistente, con pausas. Toc, toc, toc.
Eso la doblegó; fue hacia la puerta. Y allí, ¡de verdad había alguien!
Rosalía no es de asustarse. Ha pasado por tanto que el miedo ya no le queda. Aun así, no era agradable…
En la tele, siempre dicen que hay delincuentes por todas partes, y que ni la pensión de los viejos respetan…
Morirse, bueno, tampoco da tanto miedo, pero perder lo poco a manos de un caradura, eso sí duele. Y quién sabe, igual no te remata de inmediato, te hace sufrir primero. Rosalía no tenía ganas de sufrir.
Todo esto pensaba, encogida en la cocina, en el taburete. Luego notó que ya no llamaban. Escuchó; algo lloriqueaba tras la puerta, y también gemía a su manera.
Un criminal no llora bajo la puerta, pensó Rosalía, y fue a abrir.
Cerró el pasador, giró el pomo antes de cambiar de opinión…
*****
En el porche, bajo el chaparrón, estaba un viejecillo. Pequeño, seco, con boina, chaqueta de cuadros y botas de goma. A su lado, un perro moteado enrollado como una croqueta.
¿Qué quieres? dijo Rosalía, asustada, con las manos en las caderas.
¡Está viva! se alegró el viejecillo, saltando del escalón.
¿Y por qué iba a estar muerta? se extrañó ella.
Vaya, con este temporal… De noche, la tormenta, y nosotros golpeando la puerta.
¿Y por qué la golpean? Rosalía frunció el ceño.
No tenemos a dónde ir, el último refugio lo perdimos. Déjanos secar, ¿sí? pidió el viejecillo con ojos de cordero.
El perro meneó la cola y olisqueó su zapatilla con timidez.
Normalmente no acojo a vagabundos regañó Rosalía. Bueno, venga, pasad. Se hace una excepción. Está para perros la noche.
Los invitados no dudaron. Se colaron uno tras otro en la cocina. El viejecillo fue directo a la chimenea medio apagada, el perro se acomodó cerca.
En serio, no somos vagabundos explicó el viejecillo, partiendo con destreza astillas de leña. Da coraje que lo digas.
¿Y quién sois entonces? Sin casa, lo dijiste. Y tu pinta… perdona.
¿Qué pasa con la pinta? se ofendió el hombre. Es la típica de los duendes de casa, por cierto.
¿Duende de casa? Muy bonito, ¿y por qué sin casa?
Tenía casa dijo sentándose y mirando el fuego, pero la gente, ¡ay!, son ingratos. Se fueron al pueblo y me dejaron tirado.
Los primeros años la cuidé, esperando su regreso… O que llegara gente nueva. Pero nada.
Me entró nostalgia, abandoné mis deberes. Lo confieso. Pero entenderás, ¿para quién iba a cuidar la casa? Los duendes también queremos sentirnos útiles.
Total, dejé todo y me dormí por años. Pero este de aquí señaló al perro me despertó hace una semana.
Se acercó, llorando. Es un chavalín, un tontorrón, seguro que también lo tiraron. Andaba perdido, pobrecillo.
Total, me desperté, y ¡madre mía! Todo en ruinas, la casa casi se caía. Yo intenté arreglar, pero antes de terminar, llegó la tormenta. Nunca vi granizo en diciembre, viento furioso… En fin, la casa no resistió, se vino abajo.
Y aquí estamos, buscamos refugio. El perro me trajo a tu puerta, seguro que olió calor y comida.
Estuvimos llamando y tú ni caso. Me gustó poco, la verdad. No teníamos otro sitio. Oscuro, vacío, frío.
Bueno, lo importante es que todo acaba bien. Ahora seguro que nos va de maravilla…
Espera, espera Rosalía se puso seria. ¿Así que piensas quedarte? ¿Te invité acaso? Cuando pase el temporal, te vas, reconstruye tu casa o encuentra otra despistada, yo no necesito compañía.
No te precipites, dueña saltó el duende. No has entendido la suerte que te ha caído. Tu casa está sin anfitrión, la cubierta gotea, el suelo cruje, y las corrientes se pasean.
Es la que hay.
No te enfades. Escucha: nunca trataste con duendes de casa, si no, verías el beneficio.
Pongo tu casita en orden rapidísimo. Y ni te molestaré a la vista. Los duendes nos ocupamos de que la casa sea fuerte, y los dueños estén contentos. Así la vida es redonda.
Mucho prometes, abuelo Rosalía entornó los ojos, ¿y qué me pides a cambio?
¡Pero por favor, mujer! movió las manos el duende. Ya me das sentido a la vida solo por dejarme quedarme. Si encima haces además una buena obra, entonces ya eres excelente.
¿Sí?
No eches al perro, déjalo contigo. Listísimo el chaval. Escucha, ahuyenta la tristeza, no pide nada, obedece y hasta sabe defender si la ocasión lo exige.
Rosalía lo pensó. Por lo general, estaba bien sola. Pero estos dos ni siquiera eran personas…
La soledad, para qué negarlo, a veces se asoma con melancolía. Además, el duende llevaba razón: la casa necesitaba arreglos y mano cariñosa.
El perro tampoco sobra, más aún sin protector.
Quedaos entonces, va aceptó Rosalía. No soy muy hospitalaria, pero sé dónde está mi ventaja.
El duende sonrió a su barba gris, acarició al perro y le susurró algo al oído. El perro meneó la cola y levantó las orejas.
¿Qué le susurras tú? preguntó Rosalía.
Le explico que eres buena, aunque aparentes otra cosa. Él lo sabe igual.
Buenas noches, charlatanes, a dormir…
Puso una vieja manta al perro junto a la chimenea. Iría a ofrecerle una cama plegable al duende, pero el viejecillo desapareció, como si nunca hubiera estado allí.
¡Vaya! ¿Dónde se ha ido? preguntó Rosalía al perro.
El perro no contestó, se movió en la manta, apoyó la cabeza en las patas y miró a Rosalía con aire pensativo. A ella le pareció que sonreía.
Que se apañe él solo. Yo, a la cama.
Creía que no dormiría. Menuda nochecita. Pero cayó en el sueño en cuanto se tapó.
Soñó cosas bonitas. No las recordaba, pero despertó Rosalía de un humor magnífico.
El perro, fiel, la esperaba en la cocina…
*****
Al duende de casa no lo volvió a ver Rosalía desde aquella noche de tormenta. Dudó incluso que hubiera existido. El perro sí: ahí estaba, jugaba, ladraba, comía, adoraba a Rosalía. El duende…
Las dudas se acabaron cuando notó que el tejado ya no goteaba, las ventanas no dejaban pasar el frío, el suelo no crujía y aquel viejo taburete ya no tambaleaba.
Además, el perro a veces se quedaba quieto, como si escuchara algo. El rabillo temblaba, las orejas se movían, murmuraba cosas de perro.
Obvio, hablaba con su viejo amigo duende, en charlas inaudibles…
La casa también susurraba con el duende. Muy acogedor, susurros suaves. Así era fácil dormir. Antes, la casa sólo se quejaba y suspiraba.
Y Rosalía también cambió, qué remedio. Ya no pensaba en la huesuda (la parca). Nada de darle vueltas. Vendrá cuando toque.
Hasta entonces, a vivir; alimentar al perro, plantar el huerto, encender la chimenea, querer su casa. El resto, ya se verá. La vida siempre sorprende.






