El pueblo tenía un nombre curioso – Almeda, igual que en la canción. Y ella se llamaba Olia. Para re…

La aldea se llamaba Valdeolmos, como en una copla de la Mancha. Y ella se llamaba Leocadia. De lo más gracioso: Leocadia de Valdeolmos. Vaya coincidencia Además, tenía una apariencia muy típica de pueblo. Lo único especial eran sus ojos, de un azul profundo, como los del campo de lavanda que rodeaba Valdeolmos. Pero Leocadia era tan tímida que escondía esa mirada, bajaba la cabeza y caminaba arrastrando un poco los pies, casi cojeando. Por eso los niños del pueblo la apodaron Patita. Tanto se pegó el mote a ella, que sólo su padre la llamaba por su nombre.

Su madre murió temprano; Leocadia tenía apenas tres años. Fue en una de esas noches de fiesta en San Isidro, su madre salió al callejón para buscarla y justo entonces unos mozos que se habían bebido media bota empezaron una carrera de carretas. La madre alcanzó a lanzar a la niña fuera del camino, pero la carreta la pilló y murió en el acto. Leocadia se dañó el tobillo, y desde entonces quedó coja. Su padre nunca volvió a casarse. Unos años fue a cortejar a la viuda Doña Ramona, a la aldea de al lado, y a veces se quedaba allí por la noche, cuando Leocadia ya era más mayor. Pero la Ramona decidió marcharse a Madrid, y decían que quiso llevárselo, pero que le soltó: Déjala en un internado, ¿para qué cargar con esa niña?…

Una tarde, cuando el padre estaba sentado en la terraza mirando hacia la Sierra, Leocadia le preguntó:
Papá, ¿por qué no te fuiste a la ciudad aquel día?
En Madrid hay demasiado ruido y suciedad. Los niños deben crecer al aire libre, le respondió acariciando la rodilla de Leocadia, especialmente una chica tan inquieta como tú.
Y con su dedo, tierra bajo la uña, le dio un golpecito en la nariz.
Ya no soy una niña, ¡que pronto cumplo diez y ya me apaño sola! A un hombre no le está bien estar sin esposa dijo, imitando a la vecina, la señora Cayetana.
Su padre sonrió, pero dejó de estar melancólico en la terraza; se puso manos a la obra con el huerto y la casa. Así fue como vivieron los dos. Leocadia se encargaba de la casa: cocinaba, cosía, ordeñaba la vaca, alimentaba las gallinas. Y su padre fue levantando poco a poco una casona con celosía tallada, ventanas con flores y en el tejado, un gallo veleta. Eso lo pidió Leocadia, que lo vio en un libro infantil y su padre, por hacerle feliz, lo buscó.

Pero cuando Leocadia cumplió los diecisiete empezaron los problemas; todas las chicas salían con los mozos del pueblo, y ella sólo en casa.
Hija, ¿por qué no vas a las fiestas, a los bailes? Mira, Rosario ya ha salido ¿O es que no tienes qué ponerte?
Él echó un vistazo a través de la cortina colorida y miró a Leocadia.
Si lo ensanchamos un poco y le bajamos el bajo…
La hizo girar.
Espera, en un momento vuelvo.
Veinte minutos después regresó con un hatillo, y los ojos muy brillantes…
Es de tu madre… Prueba.
Desplegó con mimo un trozo de lino y sacó un vestido plateado, casi etéreo.
Leocadia nunca había visto nada así, tocó la tela con temor.
Es lo único que quedó de la abuela Mercedes dijo el padre, acariciando distraídamente la tela. Tu madre era de buena familia
Leocadia se quedó en silencio; su padre raras veces hablaba de ella porque se le llenaban los ojos de lágrimas. Ella lo sabía, y cuando él lloraba en la terraza fumando hasta la madrugada, no le preguntaba nada. De mayor, Leocadia recogió todas las cosas de su madre y las escondió en un arcón, para no despertar el dolor de su padre.

Ahora intentó pararlo: Ya está bien, papá…
Todo bien, hija, ya puedes escucharlo invitó a sentarse.
Así Leocadia supo lo de la bisabuela Mercedes, fusilada en la guerra junto a su marido en el 36, cuando apenas lograron enviar a la niña su abuela, Carmen al pueblo, bajo la custodia de una nodriza. Mercedes dejó una bolsa con joyas y el vestido de novia; Vende las joyas, pero guarda el vestido para Carmen, es mi recuerdo de boda. Así lo hizo; las joyas se cambiaron por comidas en los años difíciles, pero el vestido se conservó, aunque por él no daban ni un trozo de pan.

Y aquí están los pendientes el padre desenrolló un pequeño pañuelo de terciopelo azul con bordados dorados. Tu madre, de joven, se ponía el vestido y los pendientes, bailaba en casa, y luego volvía a guardar todo. No se atrevía a perforarse las orejas, y para el pueblo, ¿dónde iba a lucir esas joyas? Sólo para divertir a las vacas
El padre vació el pequeño saco sobre la mesa; Leocadia suspiró: azules como el mar, rodeados de lágrimas cristalinas, formando lo que parecía un abanico.
Había un collar igual, pero lo cambiaron por medio saco de harina. Los pendientes los conservó tu abuela, Carmen; decía que le recordaban los ojos de Mercedes. Cuando nació tu madre, la llamó Mercedes, igual que su abuela. Y tus ojos son iguales; así que estos pendientes son para ti, Leocadia.

Le puso uno en la oreja y de pronto, la humilde chica de pueblo se transformó: sus ojos brillaban como zafiros y era imposible decidir qué relucía más. El padre se quedó sin palabras, maravillado por el cambio de su hija.
Leocadia sintió que los pendientes eran cálidos y familiares, como si siempre hubieran sido suyos.
Aquella noche, Leocadia trató la aguja y el hilo con aguardiente y se perforó los lóbulos. Cicatrizaron sorprendentemente rápido; apenas dos días curando con saliva y girando el hilo. Al tercer día, quitó el hilo e insertó los pendientes.
Aunque su padre pensaba que habría que arreglar el vestido, se equivocaba: le iba perfecto. Pero no podía ir con él por la aldea; suspiró y lo guardó, aún no era su momento. Los pendientes los llevaba hasta para ir al pozo, bajo el pañuelo.
¡Patita seguro se volvió loca! gritaban los niños.
Pero Leocadia estaba acostumbrada a las burlas y prefería indiferen… Aunque internamente deseaba que la miraran con admiración y no con risas ni desprecio.

Finalmente su padre la convenció de ir a los bailes. Salió sin arreglarse demasiado y sin quitarse el pañuelo. Fue casi inútil; apenas bailó, y regresó a casa, no quería preocupar a su padre. Buscando algo de consuelo se fue a pasear, aprovechando la brisa de julio y el olor a hierba recién cortada. Ella misma recolectaba hierbas desde San Pedro y San Pablo; en julio, el monte está cargado de setas, moras, y había recogido muchas frambuesas que secaba para el té de invierno con papá.

Cuando las voces se apagaron, Leocadia se quitó el pañuelo y lo echó sobre los hombros. Tocó los pendientes y sonrió. De repente, su cuerpo relajado, los hombros erguidos, la cabeza alzada, y el caminar liviano. Se escuchó el delicado tintineo de los pendientes, o quizás era sólo su corazón el que repicaba como campanillas. El viento traía el aroma del romero, y Leocadia se desvió hacia ese perfume fuerte. Canturreando, apartaba ramas, avanzando por el sendero. De pronto, el sonido de una hoz en el campo: “schshsch…” ¿Quién segaría a esas horas? En Valdeolmos, el corte se hacía sólo por la mañana, con el rocío, para que el calor secase todo. Segar en seco solo estropea la hoz.
En la clara del bosque, un joven segando, torpe, como si nunca hubiera manejado la hoz.
Leocadia no pudo evitar reírse, lo que la delató.
¡Vaya oído tenía el muchacho! Intentó volver al monte, pero el pendiente se enganchó en una rama y no podía soltarse; sentía pánico, como quien es sorprendido robando.

Has caído en mi trampa, pajarita el joven se burló. Leocadia apretó los ojos, tratando de liberar el pendiente con los dedos.
A nadie se me ha escapado antes dijo, acercándose. No te preocupes, que no te voy a comer. No te muevas, que te ayudo… la rodeó con un aire que olía a pino y menta, o ambos…
Listo, pajarita rió, girando a Leocadia hacia él.
Los pendientes tintinearon como campanillas. Leocadia, asustada, abrió los ojos y no pudo apartar la mirada; jamás vio ojos tan negros, más que la noche. Y unas pestañas que parecían de niña, negras como el carbón bajo sus cejas. El chico la miraba tan intensamente, que sentía el pecho arder. Se fijó que el muchacho también llevaba un pendiente.
Suéltame susurró, aunque en su interior deseaba lo contrario.
Las manos fuertes la soltaron y Leocadia escapó, sin reparar en las ramas que la golpeaban.

El joven recogió el pañuelo que Leocadia había perdido.
Después de aquel encuentro, Leocadia no tuvo paz. Volvía siempre al bosque, con la esperanza de volver a ver al chico de los ojos negros Así vivió hasta el invierno, perdiendo el ánimo, sin ganas para las tareas. Su padre empezó a preocuparse: ¿Te han hecho daño? Leocadia sólo lo abrazaba y lloraba en silencio. Pesaba mucho estar en casa, y en la calle tampoco, pues las burlas aumentaron.

Patita coja, asómate a la ventana, tu novio tullido viene por ti!
¡Fuera, pillines! el padre los espantaba ¡Os arranco las orejas!
En Navidad, ocurrió algo distinto; una carroza con caballos blancos irrumpió en la plaza. Lazos rojos en las crines y campanillas en el arco. Todas las mujeres salieron a la calle; las mozas con sus pañuelos de lana. La carroza pasó, y el cochero silbaba a las chicas, que reían. Por todo el pueblo, la carroza cruzó entre gritos y risas. La comidilla eran los caballos, pero más aún el joven apuesto de la carroza. Todas las mozas soñaban con él, lanzaban los zapatos tras la verja para adivinar si las elegiría.
Y llevada un pendiente, ¿lo viste? susurraban las mujeres en el pozo.
Leocadia casi tiró el cubo. El corazón le latía con fuerza, las mejillas encendidas. Se quedó un momento, repitiendo mentalmente
Y el pelo negro, rizado, como escoba de carbón continuó Cayetana seguro es gitano.
¿Aquí gitanos? decía otra.
Seguro nos roban todo.
La chabola está fuera del pueblo, dice Julián.
¡Vaya problema!
Qué guapo es ese chico…
Todas reían y hacían bromas.

Papá, ¿los gitanos se quedarán mucho en Valdeolmos? Leocadia preguntó de pasada.
Son gente que va y viene, hija, hoy aquí, mañana allá. No se quedan mucho.
Pero llevan desde el verano
¿Y tú cómo sabes?
El padre lo notó, como sólo los padres pueden. Acabó contándole sobre el encuentro en el bosque.
¿Te has enamorado, pobrecilla mía? dijo, apenado.
De nuevo lágrimas de Leocadia Así pasó el invierno. El padre empezó a ausentarse; tal vez tenía novia. Leocadia se alegraba por él. Por su dieciocho cumpleaños, le regaló unos zapatos plateados, a juego con el vestido, tacón fino.
¿Adónde iré así, papá? se reía.
Ya buscaremos cómo sonrió el padre.

Una semana después, un jinete llegó al portón El padre le invitó a entrar, le sentó a la mesa, y llamó a su hija.
Leocadia dejó la tarea, se peinó, y entró. Al ver al visitante, casi se cae de sorpresa.
Hijita, te han venido a pedir.
No podía ni hablar.
El hombre sacó el pañuelo que había perdido Leocadia, se lo entregó.
Leocadia lo tomó y salió corriendo. Desde el vestíbulo oyó a su padre reír con el joven. Que gracia les hacía. ¡Como si fuera gran cosa! Se enojó. ¡Ya apareció! ¿Quién lo necesitaba? Se puso el pañuelo y se fue, hasta ver que el gitano se marchaba en el caballo.

Pero tú le quieres dijo el padre, sorprendido.
Difícil negarlo, aunque Leocadia pataleó.
Es buen muchacho, Leocadia con tono conciliador el padre. Es hijo de barón, heredero, pero por ti renunció a todo. Su hermano Tomás, que significa gemelo, le sustituyó. La chabola siguió hacia el sur ese verano. Él se quedó aquí, construyendo casa. Después de hablar contigo, le encontré y le ayudé. Ha decidido que la esposa debe vivir bajo un techo propio. ¡Así lo respeto! el padre apretó el puño Por uno así no me da miedo entregar a mi hija…
Al padre se le llenaron los ojos de lágrimas y Leocadia lo abrazó. Lloraron de felicidad hasta la noche.
Ponte el vestido de tu madre para la boda, los zapatos también
¿Y cómo se llama?
Esteban. El coronado. Yo le llamo Estebo, y no se ofende. Tú llevas sangre noble, sois buena pareja.

Hablaron toda la noche. En el pueblo murmurarían, claro. ¿Pero qué importa? ¿Mucho bien le habían dado a Leocadia? Y vivirían, gracias a Dios, fuera del pueblo, cerca del bosque, lejos de malas lenguas. Solo no olvides a tu padre…

Una semana después, toda Valdeolmos fue testigo: la chica, hermosa en su vestido plateado, con pendientes de piedra azul reflejando sus ojos, subía a la carroza dorada, tirada por un caballo blanco… Si no supieran que era Patita, nadie lo creería tan bella era, como una princesa.

Se casa con un gitano bufó Cayetana a dormir junto al fuego y taparse con esparto, qué asco.
Yo dormiría con un chico así hasta en el suelo, suspiró Rosario…
Qué envidia…
Y Patita les ganó a todos…
Gracián, ¿por qué escondiste tanto a tu hija? Mi hijo Pablo ya debería casarse…
Tu Pablo sólo toca la bandurria y bebe vino, dijo el padre de Leocadia, mirando la carroza que se alejaba.
Pronto volverá, con hijos escupió el vecino.
Vigila tu lengua advirtió Gracián ¿Olvidas la fuerza de mis puños?
Se giró y entró feliz en su casa.

Las historias y habladurías siguieron mucho en el pueblo. ¿De qué más iban a hablar?
Leocadia se formó como médica, Estebo le construyó una clínica al lado de su casa. De todo el entorno venían a verla; decían que tenía manos milagrosas. Tuvieron dos niños, gemelos, sangre gitana pero ojos tan azules como el cielo

Hoy recuerdo todo aquello y he aprendido que el verdadero valor está en mirar más allá del prejuicio, en confiar en los nuestros y en seguir el corazón, y que el amor, la entrega y el respeto vencen cualquier barrera. Y nunca he dejado de sentir el calor de mis pendientes azules, ni de ser feliz.

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