LA CAJA DE LAS PROMESAS OLVIDADAS
Desde hace un tiempo empecé a sospechar que en casa, además de nosotros dos, vivía alguien más. Y no, no era ningún fantasma. Los fantasmas, en mi opinión, son seres demasiado solemnes: si deciden aparecerse, seguro no es para tonterías cotidianas.
Esto era otra cosa. Una especie de duendecillo doméstico.
Primero fueron los calcetines de deporte. Desaparecieron, por supuesto, de uno en uno. Habría sido normal si hubiera pasado en la lavadora toda ama de casa sabe que eso ocurre pero estos, blancos con la raya roja, los veía siempre en el cajón antes de ir al gimnasio, como recordándome: «¿Cuánto hace que no nos tocas?»
Y de repente, nada. Uno se perdió, y al día siguiente, el otro.
A la semana aparecieron. Exactamente en el mismo sitio. Enrollados como caracoles. Y encima, un trozo de papel grisáceo, con letras impresas, torcidas:
«Nos dejaste olvidados 127 días. Los hemos contado.»
¿Tú has sido? me lancé contra Alfonso, que estaba hojeando las noticias en el móvil ¿Es tu manera de insinuar que estoy gorda y que debería volver al deporte?
Me miró con cara de no entender nada y lo negó rotundamente.
Pues nada dije encogiéndome de hombros, aunque no me lo creí del todo. Alfonso tiene fama de bromista.
Después fue mi horquilla favorita, la que siempre dejaba sobre el espejo de la entrada. Y mi pintalabios caro, el de las ocasiones especiales, que siempre llevo en el bolso.
Los encontré en el armario de la cocina, entre los tarros de arroz y los paquetes de fideos. Ambos con notas.
En la horquilla:
«¿Decídete ya: pelo largo o corto? Me cansa que me dejes tanto sin usar y luego me eches de menos.»
En el pintalabios:
«¿Y cuándo fue ese gran día la última vez? Así me voy a secar.»
Esto ya no tiene gracia bufé, sacudiendo por el hombro a Alfonso, que medio dormía en el sofá esperando la comida.
¿Pero tú estás bien? saltó él ¿Para qué iba yo a gastar bromas así?
Tenía razón. Alfonso no era tonto, y empecé a ponerme nerviosa.
Intenté memorizar siempre dónde ponía cada cosa, volvía varias veces para revisar. Incluso fui al médico. Después de las pruebas, el médico, ya mayor, me dijo que tenía mejor memoria que él.
Pero las cosas seguían desapareciendo.
Bolígrafos favoritos. Una blusa de rayas. La crema de manos.
Y como la gota que colma el vaso: el manojo de llaves de la casa del pueblo. Menuda semana me dio Alfonso después, suspirando de manera dramática.
Empecé a ponerme de los nervios: dormía fatal, me sobresaltaba con cualquier ruido, revisaba mil veces el móvil, las llaves, el monedero.
Pero aquel sábado fue aún más raro.
Decidí dedicar el día a ordenar el vestidor, tarea más que atrasada. Y de repente, en una caja vacía de botas, encontré todas las cosas desaparecidas. Puestas con mimo, como en el escaparate de una tienda de segunda mano.
La blusa, abrazando una falda plisada corta. Y una nota:
«¿Todavía no se te olvida bailar?»
Bolígrafos, ordenados por colores:
«Nos muerdes cuando te pones nerviosa. Ya no aguantamos más estrés.»
Las llaves, con el llavero enlazado como si se agarrasen de la mano:
«Nos aburrimos. Nadie va a la casa del pueblo. Pero, a diferencia de otros, volvimos por nuestra cuenta.»
Me quedé helada.
En sus notas había algo irónico, algo sabio y un poco triste, como si las hubiera escrito yo misma, pero en otra vida en la que hubiera tenido tiempo hasta de hablar con los objetos.
Ya iba a cerrar la caja cuando vi, en el fondo, otro cuadradito gris. Sin nada acompañado. Solo una nota.
Las letras parecían temblar, como si alguien hubiera llorado al escribirlas:
«Le prometiste a esa niña en el espejo que serías pintora.
Yo soy esa niña.
Y aquí estoy, sola en la caja de promesas olvidadas y sueños que no se cumplen.»
Me quedé sentada en el suelo del vestidor, apoyada entre los estantes a rebosar, recordando.
Ahí estoy, en la guardería, sacando la lengua de concentración mientras dibujo con rotuladores una casa, el sol, papá, mamá y mi hermana pequeña.
Las clases de plástica, la emoción de ver cómo la acuarela se difumina en el papel húmedo.
El olor a óleo en el taller de pintura. El silencio de los museos. Cada pincelada, una melodía mágica. Las explicaciones de la guía, tan vivas.
Primero pensé que ese sería mi camino.
Luego, solamente un hobbie. Un refugio.
Después
Nada.
No fue por falta de tiempo. Era el ir aplazando lo importante, poniendo por delante lo urgente, hasta que esa chispa se apagó como los calcetines, los bolígrafos y las llaves: desaparecida.
Deslicé el dedo por la última nota.
Me pareció que el papel estaba más vivo, más cálido, como si temblara. O a lo mejor era yo quien temblaba.
¿De verdad una hora más en el centro comercial o un capítulo más de novela policíaca valen más que soñar?
Esa noche me costó dormir. Estuve dando vueltas hasta las dos de la mañana. Al final, me levanté de la cama, resignada.
¿A dónde vas? musitó somnoliento Alfonso.
Duerme le susurré.
Sé que tengo pinturas viejas en alguna caja del vestidor, recordé al cruzar la entrada, y al pasar por el espejo, vi a esa niña, mirándome asustada, pero con una chispa de esperanza.







