Conocí a mi marido en la universidad. Ambos teníamos 18 años y éramos estudiantes en Madrid. Desde el primer momento, me llamó la atención por su fortaleza, su inteligencia y, sobre todo, su bondad. Al principio fuimos amigos, pero enseguida me di cuenta de que mis sentimientos eran mucho más profundos que una simple amistad. Tras unos meses, comenzamos una relación. Todavía recuerdo esa época con mucho cariño y pienso que mis años de estudiante fueron los mejores de mi vida.
Un año después, Ignacio así se llama mi marido me pidió matrimonio. No teníamos apenas dinero para una gran celebración, así que la boda fue muy sencilla, rodeados solo de la familia más cercana.
En nuestro segundo año en la universidad, Ignacio empezó a trabajar. Al principio, vivimos en una residencia, ya que tener nuestro propio piso era solo un sueño. Sin embargo, ambos confiábamos en que, tarde o temprano, lo conseguiríamos. Finalmente, así sucedió. Tras el fallecimiento de mi abuela, heredé una pequeña cantidad y, gracias a los ahorros de Ignacio, reunimos lo suficiente para pagar la entrada de un piso de dos habitaciones, pensando en ampliar la familia pronto.
Vivimos juntos durante diez años, aunque finalmente nunca tuvimos hijos. Hace unos años, Ignacio tuvo un serio problema en el trabajo: cuando la empresa atravesó dificultades económicas, el dueño le echó la culpa a mi marido, que era el jefe de contabilidad, acusándole tanto de la deuda como de llevar cuentas en negro. Tras el juicio, Ignacio fue injustamente condenado a cuatro años de prisión. Luchamos mucho, buscamos abogados por toda España, pero no conseguimos nada. Los documentos estaban preparados de tal manera que Ignacio salía culpable, aunque solo obedecía órdenes de su jefe. Fue una época durísima, pero yo le apoyé en todo lo que pude. Sin embargo, al año siguiente resultó que era yo quien necesitaba ayuda…
Mi suegra vino a mi casa y me dijo que ya no podía vivir allí más. Me responsabilizó de lo que le pasó a Ignacio y además, afirmó que la compra del piso había sido solo con el dinero de su hijo y que yo no tenía derecho a nada. No supe cómo reaccionar en ese momento, porque jamás imaginé que mi suegra pudiera ser tan insensible.
Resultó que, antes del juicio, mi marido le había dado un poder notarial a su madre y, con ese documento, ella consiguió un extracto bancario donde figuraba que los pagos de la hipoteca salían de la cuenta de Ignacio. Según mi suegra, esto es suficiente para que un juez en España determine que yo no participé en la compra del piso. Me siento perdida y no sé qué hacer ahora mismo.






