EL MEJOR REGALO ERES TÚ MISMA

REGALO PARA UNA MISMA

Marina Fernández, una mujer atractiva de ojos claros y cabello castaño, cerca de los cincuenta, con curvas y algo propensa a ganar peso, se encontraba apoyada en la ventana de una suite de cinco estrellas, saboreando un licor de almendras, mientras sus pensamientos revoloteaban:

Y aquí estoy Divorciada de mediana edad, sola, en un hotel para parejas. Menos mal que la habitación es una suite y no una pensión con vistas al aparcamiento pensó con cierta ironía. Eso sí que habría sido un desastre total.

Durante años, Marina creyó que la pasión y el romanticismo se habían quedado atrás, perdidos junto al último portazo adolescente de sus hijos. De vez en cuando algún hombre cruzaba su camino, pero la historia siempre se repetía: ilusiones, decepciones, y fue decidiendo que las relaciones quizá no eran para ella.

Hasta que apareció ÉL, su galán digital. Sus mensajes hacían que se sonrojara como una colegiala y se irguiera con renovada elegancia. Eran mensajes dignos de enmarcar y colgar junto a la nevera, para releerlos y, de paso, mantenerse alejada de la propia nevera. A veces Marina pensaba que aquel admirador debía frecuentar algún taller literario o tener demasiado tiempo libre.

Volvió a sentirse Marinita. Se permitió un vestido que hizo que sus compañeras de oficina fruncieran los labios con envidia, un sujetador tan caro como un billete de avión y hasta se apuntó al gimnasio. Hacía sentadillas con tanto empeño que parecía estar salvando el destino de la Humanidad.

Si mañana muero por culpa de las sentadillas, que me entierren con este vestido. Así podré fastidiar a mi ex solía bromear con sus amigas.

El ansiado encuentro por fin llegó. Fue todo un éxito. Los detalles quedarán en privado; sólo diremos que, al mirarse al espejo después, se vio rejuvenecida y feliz.

Pero el segundo encuentro no salió adelante. Habían quedado en una coqueta ciudad costera, ideal para un reencuentro romántico. Marina organizó todo con mimo y nerviosismo. Sin embargo, a su misterioso caballero le dio un ataque de tensión minutos antes y ella terminó sola en una ciudad desconocida, en un hotel ajeno. Quizás a cierta edad, estos sobresaltos pasan factura. El destino parecía susurrar: No te pases de lista, mujer.

Con resignación y sentido del humor, Marina se sentó junto a la ventana con el licor de almendras y reflexionó:

Bueno ¿Y qué voy a contarle a mis nietos? ¿Abuela, cómo viviste tu segunda juventud? Esperando en el aparcamiento del aeropuerto a un señor con una pastilla para la tensión. Vaya película de amor

A la mañana siguiente decidió regalarse un día de spa y se dijo a sí misma: Se acabó, guapa. De ahora en adelante, la fiesta es sólo para ti. ¡Voy a disfrutarlo!. En el spa le aseguraron que su piel había recobrado un resplandor especial. Y, al mirarse al espejo, pensó que ese brillo era más mérito de los aceites que de una juventud recuperada.

Luego descubrió la ciudad en una excursión guiada. El guía, alto, con el pelo entrecano y una voz cálida, captó toda su atención, aunque una señora mayor con chándal parloteaba a su lado. Mientras él narraba historias de batallas medievales, Marina se dio cuenta: siglos peleando los hombres por ciudades, y las mujeres, por un poco de atención. El equilibrio del mundo, en definitiva, no cambia tanto.

Tienes que probar la tarta de Santiago, insistió el guía, guiñándole un ojo mientras llevaban al grupo a la pastelería más famosa de la ciudad.

La tarta era deliciosa, capaz de enamorar más que cualquier hombre. A diferencia de los hombres, con una buena tarta siempre puedes contar, pensó Marina entre risas.

Después fue de compras: un colgante de plata y un vestido azul turquesa que abrazaba su figura y la hacía sentirse irresistible. Dudó si algún día sería capaz de ponérselo aunque, claro, eso no le impidió comprarlo.

En el avión de regreso, mientras contemplaba desde la ventanilla cómo el perfil de la ciudad se disolvía, junto con sus sueños románticos, suspiró con resignación Quizá vuelvan a encontrarse, o tal vez no. La vida, por suerte, no termina aquí.

Por delante le aguardaban un armario por estrenar, algún que otro viaje y, quizá, una nueva porción de tarta. Con o sin compañía.

Y si es sola, al menos con una bola de helado de vainilla sonrió antes de quedarse dormida, sintiéndose en paz consigo misma.

La vida, al final, es el arte de saberse regalo suficiente.

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