La fea

Feúcha

Inés se acomodó en el mullido sofá de la cafetería y aguardó su pedido. Solía pasarse por allí a menudo para darse un homenaje de capuchino y napolitana antes de comenzar su jornada laboral. Era su pequeño ritual contra la rutina de los jueves de oficina.

A través del ventanal, una fina llovizna madrileña empapaba las aceras y la gente cruzaba la Gran Vía arrastrando los pies. Inés sorbió su café humeante, disfrutando como si estuviera en el mejor spa de la Castellana. En la mesa de enfrente, dos chicas charlaban animadamente. Probablemente amigas de toda la vida, de esas que han compartido hasta el bocata de nocilla en el recreo.

Tía, el otro día me crucé con la nueva chica de mi ex. Te lo juro, ni pies ni cabeza. ¡Menuda pinta! ¿Qué le habrá visto?
Igual le hace una tortilla de patatas de escándalo. O será una fiera en la cama, vete tú a saber bromeó la amiga echándose a reír.
Que va, mira sus fotos en Instagram. ¡Si tiene cara de acelga!

Ambas estallaron en risitas. Inés se quedó congelada, máquina de café en mano. Se le vinieron a la cabeza unas palabras que escuchó de niña, cuando tenía siete años y espiaba una conversación de su madre con el padre en la cocina: Nuestra Inés no será una belleza, pero que se luzca con sus actos.

Ya de adulta, Inés se empleaba a fondo con las cremas caras, el secador, planchas del pelo y los looks estilosos. Pero, por mucho que lo intentara, nunca acababa de verse del todo guapa. Su madre solía decirle: Hijita, arriba ese ánimo. Belleza no tendrás, pero con cerebro y esfuerzo llegarás lejos. Estudia, esfuérzate, que no quiero verte sola.

En el cole, Inés se moría de vergüenza por su figura desgarbada y su pelo fosco. En la facultad, aprendió a vestir bien y a pintarse con gusto. Incluso consiguió novio. Pero él no perdía ocasión de bromear con lo de su trasero plano y sus pies de hobbit. Inés acabó convencida de que ni siendo lista la querrían de verdad. Pero bueno, cosas de la vida, pensó, y siguió adelante.

Tras apurar el café y el pastelito, salió por patas hacia el trabajo. A mediodía tenía tarea: pasar por casa de su amiga Rocío para alimentar al gato y regar las plantas. Rocío se había marchado dos semanas a Lanzarote y su marido, que siempre estaba liado, apenas se dejaba caer por allí. Aunque coincidan por casualidad, ese a Inés ni la ve, pensó Rocío, y pisó el acelerador hacia su merecido descanso.

En el piso de su amiga, Inés rellenó el cuenco del adormilado Gato Pepe y se puso a humedecer los helechos. Al otro lado de la pared sonaba El Canto del Loco. Inés reconoció la melodía y, sin quererlo, empezó a canturrear: Nada volverá a ser como antes De repente se sintió liviana, como en casa. Entre plantas, el gato haciendo la croqueta y ese estribillo ochentero, empezó a moverse con gracia, casi bailando un chotis. Y, por un momento, se vio riéndose, encantada de la vida y de sí misma.

De pronto, voces masculinas rompieron la magia.
Inés se giró y vio a dos hombres plantados en el umbral. ¡Ramón! El marido de Rocío. Y venía acompañado. Ambos parecían tan sorprendidos que era imposible no reírse.
¡Tierra, trágame!, pensó Inés, roja como un pimiento de Padrón.

Hola, Inés. Te presento a mi amigo Luis. Hemos venido a por unos papeles. No sabíamos que el piso estaba ocupado, pero bailas que da gusto. Perdona la invasión.
Yo esto Rocío me pidió el favor balbuceó Inés, buscando la puerta de salida.
Con las prisas, ni vio que el gato le cruzaba por las piernas. Tropezó, resbaló y acabó espachurrada en el suelo como una croqueta caída de la sartén. Se le nubló la vista y ya no supo más.

Despertó en la habitación de Urgencias del Gregorio Marañón.
¡Buenos días! ¿Cómo vas? Soy Lucía, tu compañera de habitación. El médico dice que sólo tienes una leve conmoción, nada de importancia. Ah, y has tenido visitas: un chico muy majo con flores y un mensajero sonrió la chica, simpática y pizpireta.
Gracias acertó a decir Inés, más por cortesía que por control de la situación.
Se incorporó con cuidado, fue hacia la ventana y abrió la bolsa recibida. Dentro había fruta, zumo de naranja y ¡napolitanas de chocolate! Estaba claro: aquello era cosa de Rocío y Ramón.

Al estirar la mano hacia el jarrón de flores, encontró una nota doblada:
Inés, que te mejores. Una chica tan encantadora no puede quedarse en el hospital. Te invito a la exposición de orquídeas del Prado. Decir no, imposible. Luis.

Inés se cubrió la cara con el ramo de margaritas, apretó los ojos de pura felicidad y salió corriendo a compartir el abrazo más grande con su compañera de cama.

La belleza no es cuestión de focos ni de portadas de revista. Cada mujer tiene la suya. Y, a veces, brilla cálida y sincera, justo desde dentro.

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