Mi exnovio me escondía de sus amigos porque, según él, no estaba a su altura.
Lo supe desde el principio, pero aun así, decidí quedarme.
Él venía de una familia pudiente de un pueblito cerca de Segovia: su padre era un empresario de los que conocen hasta el alcalde, su madre nunca había trabajado un solo día y vivían en un chalet enorme con jardín, conduciendo un coche recién salido del concesionario.
Yo, en cambio, vivía en un barrio normalito, trabajaba de cajera en un supermercado y ayudaba a mi madre con los gastos de casa.
Nos conocimos en una cafetería tomando un café rápido antes de mi turno.
Él empezó a llamarme, a escribirme mensajes y a invitarme a cenar.
Al principio todo era bonito, aunque confieso que un poco raro.
Jamás me llevaba a los sitios donde quedaba con sus colegas; siempre prefería bares lejanos o escondidos por calles donde no conocíamos a nadie.
Si nos cruzábamos con alguien por el centro de la ciudad y veía un conocido, soltaba mi mano como si de pronto le hubieran dado calambre y decía: Vamos mejor por esta calle de aquí.
Cuando le pregunté por qué lo hacía, me soltó: Mis amigos son muy críticos, no quiero que haya cotilleos. Yo, tonta de mí, me tragué el cuento.
El primer batacazo de verdad me llegó en una fiesta.
Me invitó, me arreglé bien y me compré un vestido sencillo pero resultón, de esos que pillas en rebajas en El Corte Inglés.
En cuanto entramos, me susurró: Quédate aquí en la barra, voy a saludar a unos cuantos. Pasó veinte minutos.
Luego pasó media hora más.
Yo, sola como una seta, le veía en el otro lado riendo, haciéndose fotos, abrazando a la gente como si regalasen jamón ibérico.
No me presentó a nadie.
Cuando me acerqué, me puso la mano delante y dijo bajito: Espérame fuera un momento. Ya fuera, me soltó: Aquí hay gente importante, no quiero líos, ¿vale?
Con el tiempo, sus comentarios empezaron a doler cada vez más.
Me decía que hablaba demasiado de barrio, que debía cambiar de estilo de vestir, que no iba a subir fotos conmigo porque en su familia eran muy reservados.
Jamás me llevó a su casa.
Nunca conocí a sus padres.
Cuando le invité al cumpleaños de mi madre, siempre tenía excusa: mucho trabajo, el coche en el taller, estaba cansado.
Pero cuando se trataba de eventos con los suyos, desaparecía todo el fin de semana.
Un día de esos de lucidez le solté a bocajarro: ¿Te da vergüenza estar conmigo? Se quedó callado unos segundos y respondió: No es vergüenza Es que venimos de mundos distintos.
Tú eres buena persona, pero mis amigos son de otro nivel.
No quiero que me juzguen. Esa frase me rompió algo por dentro.
Así que le pregunté: ¿Y tú puedes juzgarme a mí? Él, encogiendo los hombros, como si le diese igual.
Lo peor fue cuando vi en su Instagram fotos con una compañera de la universidad, hija de un abogado famoso del pueblo.
Restaurantes caros, eventos de esos con corbata, sonrisas y etiquetas al canto.
Con ella, sí posaba, sí mostraba orgullo.
A mí ni la mención.
Cuando le pregunté, me respondió: Solo somos amigos. Tuvimos una bronca monumental.
Le solté que no iba a ser su relación secreta.
Respondió: Si no te gusta cómo son las cosas, esto se acaba.
Pues se acabó allí mismo.
Caminé unas cuantas calles sola, llorando por Salamanca sin importar quién pudiera verme.
Una semana después, ya era oficial con la otra.
Mientras yo seguía yendo a mi curro, veía sus fotos con trajes nuevos, viajes y cenas de postín.
Jamás me pidió perdón, ni una palabra admitiendo que me había hecho daño.
Hoy sé que, durante un año, fui la chica que nadie debía ver.
La que existía solo a puerta cerrada.
La que no daba la talla para salir en la foto de grupo.
Y esas cosas, por desgracia, no desaparecen de la noche a la mañana.





