Si no te pones las pilas, me buscaré a otra que sepa arreglárselas: las palabras que me rompieron en…

Si no empiezas a ponerte las pilas, me buscaré otra que sí se apañe, ¡eh! esas palabras me partieron en dos en mitad de un momento de lo más mundano.

Una noche, justo después de cenar, escuché algo que nunca olvidaré.
Él me miró tan tranquilo y soltó:

«Si no te empiezas a arreglar y cuidar tu imagen, me buscaré otra. Una que sí se arregle».

Así, como si nada. Como si me dijera que le pase el pan.

Me quedé delante de él, con los ojos llenos de lágrimas, sin comprender cómo podía exigirme eso justo cuando tenemos cuatro críos pequeños. Uno de dos años, otro de cuatro, uno de seis… Y yo soy la única que mueve la casa.

Yo cocino.
Yo pongo la lavadora.
Yo friego.
Yo plancho.
Yo organizo todo mochilas, bocadillos, ropa, dramas domésticos, zumos derramados, chaquetas perdidas.

Él sólo llega, se quita los zapatos y pregunta:
«¿Qué hay de cenar?»

Desde que nació la última criatura… casi no duermo. Me levanto a las cinco para preparar el desayuno y todo lo necesario antes de que la casa despierte. Cuando consigo llegar al baño, ya es mediodía. A veces ni me da tiempo a depilarme las cejas. Mis uñas no ven una lima desde hace semanas.

Y él repitiéndome que «parezco una vieja» y que «toda mujer debe estar guapa para su marido».

Mientras me lo dice, tengo a una niña colgada de la cadera y otro gritando desde el baño que se ha acabado el papel higiénico.

Hace dos semanas volvió a soltarlo. Estaba sentado viendo la tele y yo recogiendo juguetes del suelo.

«Si no te arreglas, no te contesto la próxima vez».

Intenté explicarle que no me queda tiempo para nada, que me ahogo de tareas.
Él sólo se encogió de hombros:

«Eso a mí no me importa. Organízate. ¿Quién te manda tener la casa tan limpia? Si no puedes, no te metas».

Pero es el mismo que monta un drama si un plato está fuera del sitio.
El mismo que grita si el suelo no brilla.

La semana pasada incluso hice el esfuerzo. Me levanté aún más temprano, me hice un moño, me puse un pintalabios viejo que encontré en el cajón. Cuando me vio, en vez de decirme algo bonito, me soltó:

«¿Y esto qué es? ¿Que ahora sí te arreglas? Ya es tarde».

Lloré mientras fregaba las cazuelas, con el bebé tirando de mi camiseta y los otros tres peleándose por una tablet que ni funciona bien.

Se lo conté a Carmen, la vecina, porque necesitaba desahogarme.
Ella me miró y dijo:

«Esas cosas no las dice un hombre inocente. Normalmente lo dice alguien que ya tiene otra y está preparando el terreno para irse».

Desde que escuché eso, ya no duermo tranquila.

Él llega más tarde. Se ducha rápido. Se arregla más que antes. Huele a perfumes que jamás vi en casa. Cuando le pregunto dónde ha estado, se enfada. Dice que soy «paranoica».

Y yo… yo tengo miedo.

Miedo de verdad.
Porque si se va, me quedo sola con cuatro hijos. Sola con todo. Sola con el agotamiento, el insomnio, el agobio, la vida que ya apenas puedo sostener.

Estoy enfadada. Enfadada, porque fui yo la que sostuvo en pie este hogar. Yo le di vida. Yo cargué con todo. Y él… él sólo exigía.

Y hoy estoy aquí, preguntándome:

¿Y si Carmen tiene razón?
¿Y si él ya decidió?
¿Y si me he perdido el momento en que solo para él se acabó el amor?

No sé lo que vendrá.
Pero siento que algo ocurre. Y que lleva tiempo haciéndolo.

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