Todo parecía ir bien. Según la ecografía, el bebé estaba completamente sano. Pero el parto fue complicado. Era una niña, pero surgieron problemas. Tan graves que los médicos empezaron a aconsejarme que renunciara a ella.
La pequeña estaba en una incubadora. Cuando mi marido vino a visitarnos, el doctor jefe le dijo que la niña no podría sobrevivir y que sería una carga. Él lo pensó mucho y decidió que era mejor renunciar para no complicarse la vida. Yo, sumida en una profunda tristeza, no dije nada.
Sin embargo, antes de recibir el alta, afirmé que jamás abandonaría a mi hija. Mi marido cogió sus cosas y se marchó. Volví a un piso vacío con la niña. Recorrimos hospitales y consultas, buscando cada oportunidad. Al final, hubo resultados.
Recibí mucho apoyo de otras madres que también tenían hijos enfermos. Un día, conocí a un hombre en el hospital. Me contó su historia: su esposa le había dejado por un joven amante y, como no tuvieron hijos, pasaba sus días en soledad.
Miró a mi hija enferma con una ternura que me hizo llorar. Me ayudó con sus consejos, sus contactos y su dinero. Nos fuimos acercando tanto que pronto no quisimos separarnos. Nos casamos.
Ahora mi hija, que casi está sana, es deportista de élite. Y ahora en nuestra familia hay otro niño, un pequeño hijo. La vida me ha enseñado que nunca hay que rendirse, porque de las dificultades nacen nuevas fuerzas y grandes alegrías.







