Mi hermana decidió criar sola a sus cuatro hijos después de que su marido le fuera infiel con una compañera de trabajo.

Mi hermana decidió criar sola a sus cuatro hijos. Su marido, tan majo él, la engañó con una compañera de trabajo y desde entonces mi hermana no se ha metido en otra relación, ni por asomo. Es una mujer con carrera: suma tres títulos universitarios; uno de ellos, de chef. Que yo recuerde, siempre ha trabajado en distintos bares y restaurantes de Madrid y alrededores.

A los niños nunca les faltó de nada: ropa, juegos, excursiones. Ellos, agradecidos, claro… pero siempre con el ¿y si me compras también? que no fallaba. Ahora ya son mayores, tienen sus propios hogares y familia. Pero aún así, mi hermana sigue enviándoles dinero. Se jubiló hace tiempo, pero allí sigue, dándole al tajo. Según ella, ayudar a los hijos es el motor de su vida.

Hace unos meses, cayó con una gripe monumental que, como era de esperar, acabó en pulmonía. De las gordas, vamos. Pidió la baja laboral, apenas tenía para pasar el mes con la pensión y algunos euros sueltos. Sus amigas la ayudaron bastante, pero sus hijos solo mostraron señales de vida cuando dejó de mandarles la paga.

Entonces, rápido, le llamaron: ¡Hola mamá! ¿Cómo estás? ¡Recupérate pronto! y poco más. Nadie, ni por despiste, preguntó si tenía para las medicinas o para sobrevivir. Mi hermana, en un momento de lucidez tras la fiebre, les pidió que fueran a verla. Todos pusieron la misma excusa: que si el trabajo, que si la familia, que si el niño tiene fútbol. No tenían ni un rato para pasar a ver a su madre.

A mi hermana le supo a cuerno quemado. Toda la vida pendiente de ellos, y ahora que necesita una mano, ni media visita. Pasó un mes en el hospital Gregorio Marañón. Fue la enfermera la que se encargó de todos los trámites y gastos de hospital, porque mi hermana apenas podía mover un dedo. Se recuperó como una campeona y volvió al trabajo. Los hijos, ni una llamada hasta que se enteraron de que ya había salido del hospital.

Entonces, sí, ya se acordaron de su querida madre. Primero, preguntaron cómo seguía de salud pero enseguida fueron al grano: todos necesitaban dinero. Pero no cantidad al aire, no, que para eso son muy organizados: 250 euros para uno, 150 para otro, y todos poniéndole fechas tope para los ingresos. Todos a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo por WhatsApp.

A mi hermana le sentó como una patada. No se lo esperaba de sus propios hijos. Tendría que haber pensado más en sí misma, reconocía. Cuando una se olvida de vivir por cuidar a otros, espera algún día algo a cambio, una pizca de cariño, o al menos, una visita que no sea para pedir. Quizá nunca debería haber puesto a sus hijos por delante de su propia vida; debería haber planificado su futuro y no haberse conformado con una vejez en soledad. Pero bueno, a estas alturas, ¿qué le vamos a hacer? Como se dice aquí: a lo hecho, pecho.

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Mi hermana decidió criar sola a sus cuatro hijos después de que su marido le fuera infiel con una compañera de trabajo.
El gato dormía abrazado a mi esposa, dándome la espalda y empujándome con las cuatro patas, mientras por la mañana me miraba descarado y burlón. Yo me quejaba, pero no podía hacer nada: era el mimado de la casa, un sol y un amorcito, según mi mujer, que se reía mientras yo no le veía la gracia. A ese “sol”, además, se le freía pescadito, se le quitaban las espinas y la piel crujiente y deliciosa se le ponía en cuidadas montañitas al lado de los tiernos y humeantes trozos en su platito. El gato me lanzaba miradas irónicas, dando a entender que el verdadero dueño era él. Yo me llevaba los restos que él no quería de la merluza: en definitiva, me hacía la vida imposible y yo me vengaba apartándole del plato o del sofá. Era una guerra declarada. A veces, depositaba minas de retardo en mis zapatillas, y mi mujer simplemente decía riendo: ‘Bien hecho por molestarle’, mientras acariciaba a su “sol”. El gato me miraba con condescendencia, pero qué remedio: sólo tenía una mujer y no valía la pena discutir. Así que aguantaba. Pero esa mañana… Esa mañana, cuando iba a salir al trabajo, escuché un grito desesperado en el recibidor. Corrí y vi al gato, seis kilos de pelo y uñas, lanzándose contra mi esposa como un toro a la muleta. Cuando me vio, me saltó al pecho y me apartó de un empujón que me hizo caer al suelo. Me alcé, cogí una silla como escudo y, agarrando a mi mujer por la mano, la arrastré al dormitorio. El gato saltó, chocó con la pata de la silla y pegó un chillido desgarrador, pero siguió atacándonos hasta que cerramos la puerta. Nos curamos las heridas con yodo y alcohol, y mi mujer llamó al trabajo para explicar que nuestro gato se había vuelto loco y que tendríamos que ir al hospital; luego hice yo lo mismo. De repente, la tierra tembló y la casa se sacudió: los cristales de la cocina y el baño reventaron, y reinó un silencio absoluto. Olvidándonos del gato, salimos disparados a la cocina y miramos por la ventana: ante la casa había un enorme cráter, trozos de coche –el del vecino, un camión de gas– esparcidos por todas partes, coches volcados como tortugas y el ulular de sirenas en el aire. Asombrados, mi mujer y yo nos volvimos hacia el gato: estaba en un rincón, abrazándose la pata delantera derecha rota y llorando bajito. Mi mujer gritó, lo tomó en brazos y salimos a toda prisa, bajando los siete pisos de un salto. Que me perdonen los afectados por la explosión, pero nosotros teníamos nuestro propio herido. Llegamos al veterinario, en el coche sonaba Mikhail Tariverdiev y sus “Dos en el café”, como para rematar la escena. Una hora después, mi mujer salía del veterinario abrazando a su tesoro, mientras él enseñaba su patita vendada a todos los que aguardaban con sus mascotas; y al enterarse de lo sucedido, todos se pusieron a acariciarle. Al volver a casa, mi mujer le preparó su pescado favorito, quitándole las espinas y poniendo la piel crujiente en una montañita, mientras a mí me tocaban los restos. El gato, cojeando, se acercó a su platito y me miró dolorido. Intentó hacerme una mueca arrogante, pero sólo le salió un gesto de sufrimiento. Cuando terminé lo mío, me acerqué y dejé en su plato mi parte del pescado, limpia de espinas. Me miró atónito y maulló bajito. Lo cogí en brazos, lo miré a la cara y dije: —Puede que sea un perdedor, pero con una esposa y un gato como vosotros, soy el perdedor más feliz del mundo. Y le di un beso en la cabeza. El gato ronroneó y me dio un cabezazo en la mejilla. Le bajé, y dolorido, se puso a comer su pescado, mientras mi mujer y yo, abrazados, le mirábamos sonriendo. Desde entonces, el gato duerme sólo conmigo, me mira a la cara y yo sólo pido a Dios una cosa: que me conceda muchos años para verles a él y a mi esposa a mi lado. Y no necesito nada más. Palabra de honor. Porque eso, eso es la verdadera felicidad.