¡No pasa nada, Curro! ¡No te vengas abajo! Al menos, la Nochevieja la celebraste por todo lo alto.
Ya de vuelta en su ciudad natal, Curro bajó del tren, salió a la Plaza de la Estación y se dirigió con paso mecánico a la parada del autobús. Ni se había molestado en avisar a Maite, su esposa, de que volvía hoy. Bastante tenía ya con el humor que se gastaba, sabiendo que le esperaba en casa la charlita incómoda con Maite. Otra vez le tocaría oír reproches, quejas, y seguramente recordar que es un egoísta despegado.
¿Egoísta, él? Si hasta quiso felicitarle el año y ella tenía el móvil desconectado. ¡Vaya tela! ¡Ofendidísima!
Durante tres días intentó llamarla, pero ella ni levantaba el auricular. Así que él, herido en su amor propio, también dejó de insistir. De hecho, ni siquiera se dignó felicitar a sus suegros y a la cuñada, para no hablar de su propia persona. ¡A ver si se lo dice todo bien clarito al cruzar el umbral!
Aquí nadie es perfecto, ni ella va a ser menos. Como se dice por aquí: la mejor defensa es un buen ataque.
Con ese espíritu guerrero subió Curro al portal.
En casa, el ambiente era tan animado como un cementerio un lunes por la mañana.
¡Ey! ¿Hay alguien vivo en este piso? ¡Maitina, que ya he llegado! gritó Curro, pero lo único que contestó fue el eco.
Se asomó a la cocina; ni rastro. Dio una vuelta por el salón, nada. Tampoco en los dormitorios. Y ahí fue cuando le dio por fijarse: faltaba la cuna, no estaba el cambiador ni el cochecito que les regalaron los padres de Maite.
Curro se acercó al armario: el lado de Maite, vacío.
¿Pero se le ha ido la pinza? ¿Que me ha dejado? pensó Curro, en modo drama.
Marcó el móvil de su suegra, pero comunicaba sin parar. Probó suerte con Lucía, la mejor amiga de Maite, pero ni caso. Al final, logró hablar con Pedro, el marido de Lucía.
¡Hombre, Pere! Pásame a Lucía, que no hay manera de pillarla pidió.
Lucía anda ahora con el crío en casa de sus padres, en el pueblo; estuvimos todos celebrando allí la Nochevieja. Y allí la cobertura es horrible contestó Pedro. Yo me vine ayer, que hoy tenía turno. Los demás todavía siguen descansando. ¿Qué te pasa?
Que he llegado de casa de mis padres y Maite no está en casa. Ni tampoco nada de lo del niño respondió Curro.
Hombre, tu mujer estaba a puntito de dar a luz. ¿En serio te fuiste de fiestuki y la dejaste a ella sola en Madrid? Flipó Pedro.
¡Si fue ella la que no quiso ir! Aunque tenía fecha para el diez u once de enero, nos daba tiempo de sobra.
Enhorabuena, campeón, eres un figura soltó Pedro entre risas.
¿De qué te ríes ahora?
Porque lo más seguro es que ya seas soltero. ¡Llama al hospital, anda!
Diez días antes…
De verdad que no lo entiendo, Curro le decía su madre por teléfono, no tienes por qué quedarte en Madrid en Nochevieja. Si Maite no quiere venir, vente tú solo. Le queda casi dos semanas… Te da tiempo de sobra para volver.
Que va a venir toda la familia: la tía Pili, el tío Antón, Natalia y Victor, Olga y Javi… Nosotros con tu padre, y la Vicky con Paco. Vicky ha reservado habitaciones en un hotel rural, todo en medio del bosque, hasta el dos de enero.
La noche del 31 hay cena especial y hasta han contratado una banda. Ya te lo hemos pagado, luego me lo das. Vienes con nosotros hasta Reyes y el día ocho, vuelta. Y llegas de sobra para el parto.
Pero Maite no había querido ni oír hablar del plan:
Curro, que cualquier día me pongo de parto. ¿Te imaginas el numerito? Vosotros ahí todos de juerga y yo con el show. Y el hospital a saber si llega a tiempo, estando fuera de la ciudad…
Ni hablar, yo me quedo aquí.
Mi madre siempre dice que ahora parece que estar embarazada es poco menos que estar inválida; ella nos tuvo a los tres y ni baja por maternidad ni nada, lo hacía todo.
Y, vale, Curro reconocía que Maite tenía su parte de razón. Pero pensaba en lo aburrido que sería el fin de año, los dos, con una cena modesta (Maite ya avisó que no iba a cocinar nada especial), y nada de celebración.
Mientras, toda su family en pleno bailando y cantando en el evento del año.
Así que nada, Curro cogió y se fue solo.
El hotel rural estaba animadísimo. Hacia eso de las doce y media, ya con el año nuevo estrenado, Curro se salió al hall para llamar a Maite… pero ni mu.
¡Perfecto! Anda que no te gusta enfadarte. Hubieses venido y te lo estarías pasando pipa masculló Curro.
La mañana siguiente su madre lo puso verde:
Ni me digas, tu Maite ni nos llamó para felicitar ni nada. Así no se hace familia, hijo.
No sabe lo que es una familia de verdad. Que se quede ahí sola, a ver si aprende.
Pero aquella Nochevieja Maite tenía otra cosa en la cabeza. Si pensaba en alguien, era en Curro, seguro, no en sus suegros ni la familia política.
Sus padres, al enterarse de que Maite se quedaba sola, rápidamente la invitaron a su casa. Ninguna celebración multitudinaria.
El hermano mayor de Maite vivía en Barcelona, curraba en una fábrica que ni cierra en Navidad, así que no iba a poder estar.
El 31, sobre las nueve de la noche, Maite y su madre estaban poniendo la mesa, cuando Maite empezó a removerse inquieta.
Llamaron a un taxi y rumbo al hospital. Su madre con ella, su padre al volante detrás.
Maite dio la bienvenida al nuevo año desde la habitación del hospital, y sus padres la celebraron abajo, en la sala de espera. Maite fue mamá de un chiquillo…
…Curro, siguiendo el sabio consejo de Pedro, decidió llamar al hospital.
¿Maite Gutiérrez? Se fue ayer de alta le respondieron en información.
¿Cómo que se fue? ¿Ya ha nacido el bebé?
Sí, el uno de enero, sobre las doce y media.
¿Y sabe quién la recogió? preguntó Curro.
Mire, joven, eso no lo tenemos en la ficha…
Curro entendió que sólo los padres podían haber ido a por Maite, así que ahora estarían todos en casa de los suegros.
Compró un ramo de rosas y para allá que fue.
Tocó el timbre. Abrió el suegro, don Julián.
Dígame.
Buenas, vengo a ver a Maite dijo Curro.
¿Y para qué? preguntó don Julián.
Pues… soy su marido.
¡Maite! llamó el suegro. Aquí hay un tipo que dice ser tu marido. ¿Quieres hablar con él?
No, dile que se vaya contestó Maite desde dentro.
Don Julián encogió los hombros y cerró la puerta.
Curro, cabezota, insistió y volvió a tocar.
Esta vez abrió la suegra, doña Carmen, mujer con voz de soprano y actitud de sargento mayor, que imponía bastante respeto.
¿No te ha quedado claro? preguntó ella.
Déjeme pasar, tengo derecho…
No le dio tiempo a terminar. Doña Carmen le quitó las rosas de la mano y le dio un par de golpes con el ramo en toda la cara.
Ya te explicará tu abogado de qué tienes derecho. Y no vuelvas a llamar, que el niño está durmiendo le soltó, lanzándole las flores a los pies y cerrando de golpe.
Curro se fue andando a casa, frotándose la cara. Bonitas, las rosas, pero menudos pinchos.
Llegó y llamó a su madre, aún medio aturdido.
¿Tú te crees, mamá? Ni me han dejado verle al niño.
Tranquilo, Curro. Tu Maite se enfadará, pero ya volverá. Con un bebé, ¿a dónde va a ir? Y tú ni la llames ni le des ni un euro.
Que la mantengan sus padres. Tú ahora a dormir, que mañana trabajas.
Y así lo hizo Curro: cena de croquetas del Mercadona y a la cama.
Durmió a pierna suelta. No sospechaba que aquélla sería su última noche en ese piso.
Al día siguiente, al volver de la oficina, encontró todas sus cosas en cajas y bolsas en el rellano.
Tocó la puerta. Abrió doña Carmen, la jefa del cotarro y dueña del piso donde habían vivido Maite y él.
Bueno, querido yerno, ¿te acuerdas de la dirección del hostal aquel donde vivías? Porque vete haciéndote a la idea. Todo lo que quede aquí, mañana lo tira la señora de la limpieza.
A Curro le tocó irse al hostal.
Acabaron divorciados por el juzgado. Curro, harto de aquel cuchitril, se planteó alquilar un estudio, pero al cobrar la nóminacon la pensión de alimentos de Maite y los 200 euros mensuales para el niño ya descontados poco le quedaba para sobrevivir.
¡Hazte un poco más ahorrador, primo! Tienes que pillar piso propio algún día le aconsejó Pedro. ¡No te rayes, Currito! Al menos, la Nochevieja la recordarás toda la vida.
Maite vivió tres años con sus padres, que la ayudaron con el pequeño Álex, y mientras, alquilaban su piso.
Cuando Maite volvió a trabajar, ella y Álex regresaron al piso recién reformado: ahí ya no quedaba ni rastro de Curro y su gran familia.
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