Cuando era niña, soñaba con crecer para poder hacer lo que quisiera: comer lo que me apeteciera, aco…

Cuando era pequeña, me pasaba la vida soñando con hacerme mayor sólo para poder hacer lo que me diera la gana:
comer lo que quisiera,
acostarme a la hora que me apeteciera,
salir de casa sin tener que dar explicaciones a nadie.

Hoy, cuando lo pienso, sonrío con cierta tristeza al acordarme de mi yo infantil y su ingenua imaginación.

La realidad me golpeó de verdad el día en que me mudé sola a mi piso en Madrid:
lavar la ropa, cocinar, limpiar, pagar recibos, el alquiler, hacer la compra
y todo eso con uno de esos sueldos que apenas dan para llegar a fin de mes.

Siempre pensé que ser libre era decidir lo que quería cenar.
No se me pasó por la cabeza que consistiría, más bien, en hacer cuentas para ver si me llegaba el dinero para comprar arroz y también gel de ducha.

Un día me di cuenta de que llevaba semanas sin sentarme tranquila a desayunar.
Me levantaba, me duchaba, dejaba la cama hecha deprisa y ya estaba corriendo para no perder el autobús.
De camino, recordaba que se me había olvidado responder un correo del trabajo, que tenía que pagar el wifi antes del viernes, y que la tarjeta del banco estaba ya tirando a límite.

Esa libertad adulta resultó ser una lista interminable de tareas, más que un sueño hecho realidad.

Por la tarde, al volver a casa, el cansancio me caía encima como un ladrillo.
Abría la nevera esperando encontrar algo ya preparado pero claro, ahí nunca hay milagros.
Tocaba fregar, cortar, cocinar y después volver a recoger todo.
Algunas noches cenaba simplemente pan y queso, sólo por no tener que ensuciar ni una sartén.

Y aún así, ni descansaba, porque mi cabeza no paraba:
el recibo del agua que llega más alto de lo esperado,
el dichoso grifo del baño que no para de gotear,
la lavadora de la mañana que ya huele a humedad

Mis amigas siempre decían:
¡A ver si quedamos ya de una vez!

Pero siempre había algo:
una tenía que hacer horas extras,
otra tenía que cuidar a un familiar,
la tercera andaba sin un duro,
la cuarta estaba agotada.

De adolescentes, nos veíamos casi a diario.
Ahora, de adultas, podía pasar un mes entero sin coincidir.

Y cuando por fin nos juntábamos
acabábamos hablando de todo lo que nos cansaba, de facturas, de dolores de espalda.
¡Parecíamos mayores de ochenta, y eso que somos jóvenes!

Lo peor es darte cuenta de que el descanso de verdad parece no existir.
Incluso los fines de semana están a tope de tareas:
la colada, limpiar, ordenar, comprar, arreglar lo que se rompe

Un sábado, fregando el suelo, me solté a llorar.
Me dije a mí misma:
Hasta cuando descanso, parece que no descanso.

De pequeña yo llamaba libertad a todo eso que hacían por mí y que ni notaba.
Ahora lo hago yo sola y sin red.

El trabajo tampoco era lo que me había imaginado.
Pensaba que el trabajo siempre daba satisfacción.

No caía en que también implicaba:
poner buena cara cuando no te sale,
aguantar comentarios tontos,
perseguir objetivos que cambian cada semana,
y ver cómo parte del sueldo se va en cosas que ni siquiera percibes.

Un día me pillé calculando si gastar en un menú del día o guardarme los euros para la tarjeta de transporte.
Eso no te lo enseñan de niña.
Nadie te cuenta que ser adulta es una serie interminable de sumas y restas mentales.

Pensaba que crecer era sinónimo de libertad.
En realidad, es un equilibrio raro entre cansancio, responsabilidades y pequeños y valiosos momentos de calma.

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