Durante toda mi infancia, pensé que mi abuelo Damián era el hombre más sabio del mundo: caminaba des…

Durante toda mi infancia pensé que mi abuelo Felipe era el hombre más sabio de Castilla. Caminaba despacio, con esas manos enormes y curtidas de trabajar la tierra, y casi nunca levantaba la voz. Pero cuando decía algo, todos en la familia callaban para escucharle.

Su casa estaba a las afueras de un pequeño pueblo de Segovia, rodeada de gallinas, herramientas de labranza y un butacón de madera antiguo que crujía cada vez que se sentaba. Allí pasábamos los fines de semana, entre el aroma a sopa y el canto de los pájaros. Fue en esa casa donde, de repente, descubrí algo que mi madre jamás me había contado: mi abuelo no sabía leer.

Aquel sábado, tan común, terminó siendo único. Yo tenía 8 años y llevaba un libro de cuentos que acababa de comprarme mi madre con veinte euros de mi hucha. Se lo puse entre las manos y le dije:

Léemelo tú, abuelo. Me hace ilusión oírtelo.

Se me quedó mirando, serio, tragó saliva y me respondió:

¿Y si lo leemos juntos, Valeria?

Así buscaba siempre la manera de evitarlo. Siempre había alguien que leía por él. Mi madre firmaba sus papeles. El doctor en el centro de salud le explicaba todo en voz alta, con paciencia. En la caja del banco decían: Ya sabe usted cómo es don Felipe, es de los que lo guarda todo en la cabeza.

Pero no, no era que lo recordara todo. Era que lo disimulaba.

Un día, con 76 años ya cumplidos, se cayó del tejado intentando arreglar una teja rota tras una tormenta. No fue nada serio, gracias a Dios, pero en el hospital, mientras mirábamos el cielo gris por la ventana, me soltó algo que me pilló desprevenida.

Valeria, quiero que me enseñes a leer.

¿Yo, abuelo?

Sí, tú. Tu paciencia es infinita y tu letra siempre me ha parecido preciosa.

Empezamos por el abecedario. Después, las sílabas. Luego, palabras enteras. Había días en que se frustraba, otros en los que reía nervioso. Cada vez que se equivocaba, se disculpaba:

Perdóname, hija.

Abuelo, por favor. No tienes que disculparte le decía. El verdadero valor lo tiene quien empieza desde cero, no quien se hace el listo.

Las semanas fueron pasando.

Una tarde lluviosa, mientras yo repasaba los deberes en la mesa, lo vi sentado con mi viejo libro de cuentos en las manos. El mismo que le di hace años.

Me miró, carraspeó y murmuró:

¿Quieres que te lea uno?

Me quedé quieta, sorprendida.

Abrió la primera página con cuidado. Y con voz temblorosa leyó:

Había una vez un niño que soñaba con alcanzar las estrellas.

No pudo leer mucho. Se equivocó, se paró, luego se rió. Pero lo intentó.

Cuando terminó, con las mejillas humedecidas, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y dijo:

Hoy he leído mi primera historia.

No, abuelo le corregí, abrazándole. Hoy has escrito la tuya.

Ahora tiene un cuaderno donde copia frases bonitas. Las coloca con imanes en la nevera. Me manda notas de voz leyendo titulares de El País. Dice que nunca hará falta saberlo todo, pero que le gusta comprender lo que antes ignoraba por vergüenza.

Hace poco le vi en la plaza leyendo en voz alta, con un niño pequeño sentado en sus rodillas. Le miraba con la misma admiración con la que yo le miraba cuando era niña.

Como si lo supiera todo.

Quizá lo sabe. Porque hay cosas que no vienen en los libros.

Y otras, sí. Y ahora no quiere perderse ninguna.

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