REMOLQUE

EL REMOLQUE
Rubén estaba tan cansado de las fiestas, de los líos de una noche, de las citas interminables sin sentido, que cuando conoció a la sencilla, alegre y astuta Clara, sintió que por fin había llegado lo que llevaba años buscando.
Salieron juntos a un café en el centro de Madrid, escucharon a un grupo de músicos tocando en la Plaza Mayor, charlaron de sus logros profesionales y del amor de ella por la poesía contemporánea, y, cuando supieron que a los dos les encantaba la ensaladilla rusa con manzana, entendieron que debían seguir conociéndose.
Clara lo invitó a cenar en su piso, situado en el barrio de Chamberí.
Rubén se puso su mejor camisa, se afeitó, aprendió de memoria unos versos raros de uno de los poetas españoles favoritos de Clara, y pasó por una floristería a comprarle rosas rojas y una botella de Rioja.
Caminaba por las calles de Madrid con el ánimo ligero y la cabeza llena de buenas expectativas.
Su seguridad rivalizaba con la de un gato que pide comida quince veces al día.
El plan estaba perfectamente trazado, todo bajo control, salvo un imprevisto total: Buenas tardes, me llamo Esteban.
Mamá está en la ducha, pasa sin problema.
Rubén se quedó paralizado.
El rostro cuadrado y juvenil de Esteban, que le miraba desde arriba, tenía una palmada tan grande que podría cubrirle media cabeza.
Al principio pensó que se había equivocado de piso, pero cuando Esteban estornudó fuerte, tapándose la nariz a lo Clara, Rubén quiso salir corriendo.
El vino empezaba a perder su encanto, y las flores a marchitarse.
Rubén cruzó la entrada y se fijó en las zapatillas de Esteban.
Casi podía ponérselas encima de sus propios zapatos y aún así le quedaban grandes.
Clara, a su lado, apenas le llegaba al pecho a su hijo.
A Rubén, sorprendido, le vino a la cabeza que ojalá los anillos de bodas funcionasen igual: compras uno y diez años después tienes uno dos tallas más grande.
Pensando en esto, Rubén pasó a la cocina, donde la mesa ya estaba puesta y Esteban cambiaba las cortinas sin usar ninguna silla.
¡Cinco minutos y salgo!
gritó Clara desde el baño.
Veinticinco minutos después, por fin, Clara salió del baño con un elegante vestido de noche y el maquillaje radiante en el rostro.
Cuando vio la cara mustia de Rubén, todo rastro de nerviosismo y romanticismo se disipó al instante.
Clara sirvió la comida en silencio, llenó las copas y empezó a cenar sin decir palabra.
¿Por qué no me habías dicho que tenías un hijo?
preguntó Rubén, con voz de resentimiento.
¿Te asustó el remolque?
le respondió Clara con una sonrisa triste.
Ni siquiera es un remolque, es todo un tren de mercancías.
Es grande, sí, salió a su padre.
El mío era de un pueblecito perdido en las montañas de León, más alto aún que Esteban.
Decían que cazaba jabalíes con las manos desnudas.
¿Y ahora dónde está?
tragó saliva Rubén.
Recorre España de gira.
Nos dejó por el gran escenario, desde entonces sólo recibimos sus cartas, y con una letra tan indescifrable que parece que sean del propio jabalí.
¿Cuántos años tiene el crío?
Rubén señaló con la cabeza a la pared.
Catorce, acaba de sacar el DNI.
¿A la fuerza?
Qué gracioso.
Volvieron a comer en silencio.
La conversación se había ido cuesta abajo.
¿Me pasas más carne?
Rubén tendió el plato.
¿Te gusta?
Sinceramente, nunca probé nada mejor.
¿Qué es?
Ciervo.
La preparó Esteban.
Vaya, tiene talento.
Eso lo heredó del padre, junto con un viejo libro de recetas, un juego de cuchillos, carretes de pesca, una barca y alguna cosa más que nos dejó de recuerdo.
¿Barca?
Rubén tragó saliva.
Sí, la guardamos en el trastero.
Y bueno, a veces aparece por ahí.
Esteban es un loco de la pesca.
En ese momento, el móvil de Clara vibra.
Se excusa y sale al salón a contestar.
Rubén, viéndose solo en casa ajena, pensó en cómo despedirse educadamente.
Oye, Rubén, necesito pedirte un favor…
Clara volvió visiblemente alterada.
Ha habido un problema enorme en el trabajo.
¿Te quedarías un par de horas con Esteban?
¿Yo?
¿Con Esteban?
¿Para qué?
Es menor, y nunca se sabe quién puede llamar a la puerta…
Prefiero no dejarlo solo.
¿Temes que se lo lleven como si nada?
Mira, te pago por haber perdido la noche y de niñero, y te prometo que no te vuelvo a molestar.
¿Hecho?
¿Y qué hago con él?
No sé, sois hombres, charlad de vuestras cosas.
Yo me voy ya.
Antes de que Rubén pudiera protestar, Clara ya había volado por la puerta.
Sin otro remedio, se quedó en la cocina, acabó la carne, terminó el vino y rebuscó el cargador del móvil, muerto de aburrimiento.
Clara seguía sin volver.
Al pasar por la puerta de Esteban, escuchó música conocida.
No puede ser, pensó Rubén, y llamó.
Está abierto.
Entró despacio en el cuarto.
Lo primero que vio fue una gran diana de madera llena de cuchillos y flechas clavadas.
No había ni un agujero fuera de la diana: el chaval no fallaba nunca.
En el escritorio había un tocadiscos antiguo y en el altavoz sonaba bajo una canción de Héroes del Silencio, su grupo español favorito.
Esteban desmontaba unos carretes de pesca, mientras Rubén miraba embobado los trofeos sobre el armario y un saco de boxeo colgando del techo, junto a una nueva consola para videojuegos.
No está mal el cuarto, macho, silbó Rubén.
Ni como adolescente soñó tener una habitación así.
Trabajo en verano contestó Esteban, dejando a Rubén algo avergonzado por haber supuesto que Clara se desvivía económicamente.
El chico parecía completamente autosuficiente.
¿Tienes un cargador de móvil?
preguntó Rubén.
Encima de la maqueta del tren, señaló Esteban.
¿Del tren?
murmuró Rubén fiel de asombro.
Cuando se giró, vio una enorme maqueta de trenes eléctricos, con vías, montañas, puentes en miniatura.
¿La has montado tú?
Sí, la voy ampliando poco a poco.
Pronto pondré un segundo nivel y más puentes.
Hace poco me llegó otra caja de raíles, pero no me ha dado tiempo.
Rubén sentía una calidez que no lograba explicarse.
¿Puedo hacer un recorrido?
preguntó ilusionado.
Claro, concedió Esteban, cruzando la habitación en dos pasos enormes.
***
Clara regresó una hora después.
Creía que Rubén ya se habría marchado, así que fue directa a la habitación de su hijo.
Allí se encontró a los dos, uno tan entregado como el otro, montando rutas de tren.
Rubén, será mejor que te vayas, susurró Clara.
Perdón, ¿qué hora es?
Rubén saltó del suelo.
Las diez y media, dijo Clara, exhausta.
Mañana temprano tengo que volver al lío en la oficina, necesito dormir algo.
Lo acompañó hasta la puerta, le besó la mejilla y le ofreció dinero.
No acepto dinero de una mujer, replicó Rubén con desdén.
Gracias por cuidar de mi remolque.
Rubén sonrió tímidamente y desapareció escaleras abajo.
***
Hola, Clara, ¿puedo volver a pasar otro día?
llamó Rubén dos días después.
Mira, Rubén, ahora mismo el trabajo me absorbe, no tengo tiempo para relaciones y, después de la última vez…
¿Pero podría ir a ver a Esteban?
¿A Esteban?
preguntó sorprendida Clara.
Sí.
Por si necesita compañía.
Bueno…
tendría que preguntarle.
Ya le he escrito yo.
Dice que le parece bien.
Además, le he traído un juego nuevo para la consola.
No molestaremos.
Vale, ven esta tarde.
Aquella tarde Rubén apareció de otro modo.
Sin camisa elegante, sin perfume, ni vinos ni miradas cómplices.
Vestía camiseta negra con el logo de Vetusta Morla, mochila repleta de patatas fritas y refrescos, y una sonrisa de adolescente.
Por favor silencio, tengo una videollamada larga, avisó Clara en bata y mascarilla facial, con cierto olor a cebolla flotando en el ambiente.
Rubén asintió y se encerró en la habitación de Esteban.
Esa noche Clara tuvo que separarlos de un acalorado debate sobre Almodóvar y Álex de la Iglesia, que iban a resolver con una maratón de seis películas.
Al final, Clara les convenció de que ambos tenían mal gusto y sacó a Rubén de casa.
¡No te olvides de la carnada el sábado!
gritó Esteban desde la puerta.
¿Carnada?
inquirió Clara.
Vamos a pescar lucios.
Conozco una tienda buenísima, hace siglos que no voy de pesca…
es como volver a ser niño.
Menudos amigos estáis hechos.
¿Y conmigo no quieres pasar tiempo?
Puedes venir y te animas a preparar bocadillos.
Sí, claro, no tengo otra cosa que hacer.
Id a pescar sonrió Clara.
Bastante tengo con el trabajo y así al menos el niño se entretiene.
***
Pasó un mes.
Clara estaba absorbida por su empleo, sin ni un segundo para el amor.
Rubén y Esteban, en cambio, aprovecharon ese tiempo a lo grande: terminaron la maqueta, fueron a buscar cangrejos, hicieron limonada siguiendo una receta antigua y Rubén enseñó a Esteban cómo invitar a salir a una chica de su clase.
Todo iba en calma, hasta que una noche la puerta tembló con unos golpes tan fuertes que los focos casi se desprenden.
Abrió Clara y el aire se llenó de olor a jabalí.
Ante su puerta, el exmarido y padre de Esteban.
Me he dado cuenta de muchas cosas, dijo de rodillas.
Incluso así seguía siendo enorme.
Estoy cansado, quiero una familia tranquila.
He ahorrado euros, os pienso llevar a mi pueblo leonés.
Allí vivirás sin trabajar y saldremos de pesca y caza, padre e hijo.
¡Pero qué cosas tienes!
Diez años evaporados y vuelves ahora.
¿Y tu jabalí, también quieres traértelo a casa?
Pues…
Ese animal firmó contrato con una productora de cine y me dejó tirado masculló el hombre.
O sea, que te quedaste solo.
¡No importa!
Lo fundamental es que ahora…
No terminó, porque Rubén salió al pasillo en una camiseta de Clara.
Clara, he usado tu camiseta, la mía se manchó pintando los trenecillos con Esteban…
Pero, ¿alguien aquí acaba alguna frase?
exclamó Clara, harta.
¿Y este quién es?
preguntó su ex, acercando el puño a Rubén.
Este…
balbuceó Clara.
En ese momento, Esteban apareció y, de un hábil movimiento, inmovilizó a su padre contra la pared.
¡Es el remolque!
siseó Esteban.
¡Esteban!
¡Hijo!
Soy tu padre, no un remolque.
Un remolque de cosas que mamá y yo hemos tenido que arrastrar desde que te fuiste.
Pero si nunca os dejé nada musitó el hombre, de pronto dándose cuenta del sentido de sus palabras.
Rubén y Clara se refugiaron en un rincón, observando aquel forcejeo familiar.
Vale, vale, suéltame gimió el ex, y Esteban le liberó.
Estás hecho un hombre se frotó el brazo el padre.
Ya puedes cazar jabalíes.
De hecho, mañana me gustaría ir contigo a cazar, pasar tiempo juntos.
Al menos, intentarlo, soy tu padre, merezco una oportunidad.
Clara cambiaba la mirada de uno a otro, sin saber qué responder.
Sí, lo comprendo dijo Rubén y empezó a marcharse.
Perdón
***
A la mañana siguiente padre e hijo salieron temprano.
Esteban volvió solo al anochecer.
¿Y tu padre?
preguntó Clara.
Se ha ido respondió quitándose los zapatos.
¿Cómo que se ha ido?
¿Así sin más?
Bueno, se fue con el jabalí.
Lo cargó al remolque y se largó a entrenar a otro sitio.
Me dejó en el centro y se fue.
Qué ilusa soy, se dio un golpe en la frente Clara.
Voy a llamar a Rubén.
No hace falta, acabo de despedirme de él.
Me trajo hasta casa.
Mañana ha prometido venir.
Pero si tu móvil está aquí.
¿Cómo supo dónde recogerte?
Dijo que nos siguió para asegurarse de que estabamos bien, los dos.
¿De verdad dijo eso?
Sí, y añadió que ya no puede dejar de estar unido a nuestro remolque.
A veces la vida nos pone ante grandes cargas o inesperados compañeros de viaje.
Lo importante no es cuánto pesan, sino lo mucho que pueden enseñarnos y hacernos sentir más ligeros.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

twelve + 15 =