Un hombre corriente jamás se juntaría con una mujer excesivamente delgada, ¿sabes por qué?
Durante más de medio siglo nos han impuesto cánones de belleza estrictos y un culto casi religioso a la delgadez, y en los últimos años, parece que se exige a las mujeres un cuerpo etéreo, como si todas tuvieran que ser estatuas de mármol. Te guste o no, toca adaptarse a lo que dicta la sociedad, como si fuéramos canarios amaestrados y no personas. Si no lo haces, ni te ascienden en el trabajo ni tendrás a un hombre decente a tu lado.
Las mujeres vigilan su peso como quien guarda una joya de la abuela, aterrorizadas ante cada gramo de más. Las mujeres normales y hermosas, con curvas y alegría en el andar, han desaparecido de las portadas. Sin embargo, yo y mis amigas estamos en contra de esa corriente.
La gente es diversa: narices grandes, narices pequeñas, rostros serenos o expresivos, pelirrojas o morenas, hay belleza en todas partes. Pero considerar más atractiva a una mujer solo porque ha perdido 40 kilos, eso me parece una neura mental. Ningún hombre sensato se fijaría en alguien por ser solo un saco de huesos.
Claro que tampoco buscamos señoras que sean como barriles de vino, que lleven los mofletes a ras de hombro. Pero la abundancia es, para mí, una virtud. Las mujeres majas, llenitas de vida, suelen ser geniales en la cocina.
Siempre guardan viandas deliciosas en la nevera, así que nunca pasarás hambre junto a ellas ni te quedarás desierto de afecto. Saben apreciar el placer de una comida casera y disfrutan compartiéndolo con los suyos.
Si una mujer es como una empanadilla jugosa, jamás te obligará a hacer dietas ni estará amargada, como una serpiente que sueña con devorar a un hombre de mazapán. No te dará garbanzos hervidos sin chorizo, gracias, de esos ya tuve suficiente en la mili.
Siempre tendrás la opción de zamparte una pizza y ver una película por la noche si el sueño se resiste. Y tomar helado. Y lo mejor: no se cree una diosa inaccesible, así que no te exige cosas raras, solo agradece que estés a su lado. Pero esas enjutas y afligidas actúan todo el rato y se toman demasiado en serio a sí mismas. Por eso yo escogí a una mujer redonda y sonriente y soy completamente feliz.







