¡INESITO HA MANDADO FLORES! ¡POR MENSAJERO! ¡MIRA, TEÓFILO, QUÉ ROSAS MÁS MARAVILLOSAS! Y LA NOTITA PARA MI QUERIDA MAMÁ, DESDE BARCELONA. ¡QUÉ HIJO! ¿Y TÚ QUÉ? ¿OTRA VEZ TE PRESENTAS CON EL MONO DE TRABAJO? PODRÍAS HABERTE CAMBIADO, QUE HOY ES FIESTA, A KILÓMETROS HUYE A GASÓLEO.
Doña Remedios Ortega, mujer de buen cuerpo y peinado impecable, presidía la mesa engalanada con voz de reina.
Frente a ella se sentaba Teófilo, su hijo menor.
Ya cuarentón, tenía las manos recias, marcadas de grasa (era mecánico en un taller a las afueras de Valladolid), y el semblante fatigado.
No llegó de vacío. Había comprado un tensiómetro nuevo el viejo atormentaba a su madre y una tarta de milhojas, que tanto le gustaba a ella.
Pero ese dulce quedó eclipsado por el gran ramo de rosas que envió Inesito.
Inés el hermano mayor era el orgullo. Ingeniero informático. Vivía en Barcelona.
Inés llamaba una vez al mes, por videollamada. Teófilo venía tres veces por semana.
Inés era mi sol. Teófilo, el chico del servicio.
Mamá, he mirado el grifo de la cocina, hace falta cambiar la junta. Mañana vengo con las herramientas murmuró Teófilo, cebando la ensalada.
¡Ay, siempre hay algo que se estropea contigo! replicó la madre Inés me ha dicho que pronto mandará dinero; ya llamaré a un fontanero, como Dios manda. Uno bueno.
Teófilo guardó silencio. Estaba hecho. Era el fracasado, el que nunca salió del pueblo, ni ganó millones, y seguía con su viejo SEAT.
Medio año después, a Doña Remedios le dio un ictus.
Grave. Medio cuerpo le quedó paralizado, perdió el habla.
Teófilo la halló tirada en la cocina. Fue porque no contestaba el teléfono.
Ambulancia, UCI, alta temprana en casa.
Los médicos fueron claros: Hace falta cuidado a diario. Una asistenta o un familiar. Recuperación total, pocas esperanzas.
Teófilo llamó a Inesito.
Inés, mamá está fatal. Postrada. Hay que buscar solución. Trabajo, mi mujer también. Una cuidadora cuesta un dineral. ¿Puedes venir? ¿Ayudarte con los gastos?
Al otro lado, un silencio espeso. Por fin, la voz animosa, distante:
Teo, ¿tú sabes lo que pides? Tengo contrato aquí, hipoteca en euros. No puedo dejarlo todo para limpiar pañales. Te mando trescientos euros, busca a alguien. Apañaos como podáis, que tú vives cerca.
Tres cientos euros dieron para una semana de cuidadora.
Después se acabaron.
Inés no volvió a mandar. Decía que tenía gastos imprevistos.
Al poco, la esposa de Teófilo, Estrella, le dijo:
Teo, no podemos llevárnosla a nuestro piso de una habitación. El crío ya es adolescente.
Teófilo asintió.
Se mudó a casa de la madre.
Estrella le traía tapers de comida. Y Teófilo, tras la jornada en el taller, en vez de sofá y tele, regresaba cada día a un piso saturado de olor a medicamentos y vejez.
Y empezó el calvario.
Doña Remedios no sólo estaba postrada. Su carácter se endureció. La demencia se mezclaba con la amargura.
A veces no reconocía a Teófilo; otras sí, pero le odiaba por no ser Inés.
Cuando él la cambiaba una mujer voluminosa y pesada, gritaba:
¡Quita las manos! ¡Me haces daño! ¡Lo haces a posta! ¿Dónde está Inés? ¡Llama a Inés! ¡Inesito jamás lo haría así! ¡Inesito me quiere!
Teófilo callaba y apretaba los dientes.
La aseaba, la alimentaba con cuchara de puré, lavaba sábanas.
Perdió diez kilos. Envejeció una década en meses.
Cada noche escuchaba lo mismo:
Eres mal hijo. Eres malo. Ya llegará Inés y te echará. Me llevará a un balneario.
Teófilo sabía que Inés no vendría. Ya ni llamaba: No soporto verla así, decía.
Así dos años.
Dos años sin vida.
Doña Remedios falleció una noche, tranquila.
Sobre la mesilla, junto a la cama, se mantenía el retrato de Inesito en su marco. Teófilo lo limpiaba de polvo a diario, porque así lo pedía su madre.
Al entierro Inés sí vino.
Traje oscuro y caro, cara de pena, moreno de ciudad.
En el cementerio lloró lágrimas tan perfectas como un actor.
Los familiares y vecinas cuchicheaban:
¡Ay, qué hijo! ¡Qué dolor muestra! Se nota que quería a su madre. Ha venido deprisa. ¡Un héroe!
A Teófilo nadie lo miró.
Él, apoyado aparte, con los hombros caídos y la mirada perdida, no lloró. No le quedaban lágrimas; era un cascarón vacío.
En el funeral, Inés tomó la palabra.
Mamá fue una santa. Siempre confió en mí. Todo lo que he alcanzado es gracias a ella. Ojalá me hubiera despedido.
Bebió un trago de orujo, sin brindar.
Luego fue hacia Teófilo.
Oye, hermano. Estuve mirando El piso de mamá está en pleno centro. Ahora se cotiza mucho. Hay que vender. A partes iguales. Tengo invertido en un negocio y necesito efectivo. ¿No te importa? Tú ya tienes tu casa.
Teófilo encaró a su hermano.
Por primera vez en muchos años, le observó de verdad; ese hombre tan exitoso y seguro.
¿Mitad y mitad? preguntó en voz ronca.
Sí, según la ley. Ambos somos herederos. Es justo.
Justo repitió Teófilo.
Vendieron la vivienda.
Inés se llevó su parte y voló el mismo día. Ni visitó el cementerio al noveno día.
Teófilo aprovechó su porción para saldar la hipoteca del miniestudio del hijo. No se quedó nada para él.
Un mes después, Teófilo ordenaba trastos en el garaje.
Encontró la libreta de su madre.
Allí, con letra temblorosa, tras el ictus y con la zurda, leía:
«Señor, ayuda a Inesito, todo es tan difícil allá. Y Teo Teo es fuerte, él puede con todo. Él es recio. No necesita nada».
Teófilo cerró la libreta.
Encendió un pitillo. El humo le bajaba áspero.
Comprendió que su madre tenía razón. Él había aguantado. Lo llevó todo: suciedad, dolor, gritos, muerte.
Pero nunca ganó lo más anhelado. Nunca fue el hijo. Quedaba de herramienta.
En la vida sucede a menudo: quien te cuida día a día recibe sólo tus reproches. Quien manda mensajitos desde lejos, cosecha tu amor y bendiciones.
Porque el cariño a distancia ese sí es bonito, limpio y seguro. El de cerca huele a sudor, a orines, a desvelos. Y ése, cuesta valorarlo hasta que se acaba.
Moraleja:
No des por sentado a esos que siempre están. Los que sin quejarse hacen todo lo sucio, mientras sueñas con cisnes en el estanque. Algún día ese recio se romperá. Y sólo te quedará tu hermoso pero frío retrato en la mesita.
¿Tienes tú también en tu familia a esos héroes invisibles, sobre los que todo descansa y a quienes nadie reconoce?







