Lo único a lo que siempre he tenido un miedo atroz en mi vida es a una suegra enfadada. Me casé una vez antes. Pero en ese sentido, tuve suerte, supongo. Mi primer esposo era de un orfanato, sin familia. Así que jamás tuve que soportar ningún juicio o condena a mi persona. Pero con él no funcionó. Estuvimos casados solo cinco años y fui yo quien pidió el divorcio. La cuestión es que cuando nos casamos, yo aún estaba estudiando en la Universidad Complutense. Al cabo de un año, mi marido empezó a beber, acumuló deudas, y su responsabilidad se convirtió también en mía como esposa. Tuve que abandonar mis estudios para trabajar y poder pagar esos préstamos.
Solo conseguí complicarme mucho la vida con ese matrimonio. Cuando finalmente me divorcié de él, sentí un auténtico alivio, como si me quitara la losa de encima. Al fin, pensé, no volverán los problemas. Pasé dos años sola, dedicándome tiempo a mí mismo, recomponiéndome poco a poco. Y entonces, conocí a Óscar. Él no había estado nunca casado, ni siquiera había tenido una relación seria antes que conmigo. Todo fue rápido, enseguida se formalizó la relación. Me pidió matrimonio y, por supuesto, acepté. Poco después, llegó el momento de conocer a su madre.
Desde el mismo umbral de su piso en Salamanca, vi la cara descontenta de su madre. Me lanzó un seco hola y enseguida se metió en otra habitación. Al principio no entendía qué pasaba. Medio pensé que llevaba algo mal puesto, pero no. Iba perfectamente recatada. Ya sentados en la mesa, la suegra me miró de arriba abajo, en silencio. Esa mirada me hizo sentir tan incómodo que terminé por ruborizarme, justo cuando soltó aquello:
Vaya, ¿así que ni siquiera tienes estudios? Entonces serás una ignorante, ¿no? Su sonrisa tenía un punto de burla y desprecio. Dudé unos segundos, pero respondí con calma mientras le daba un sorbo al café: Tengo estudios universitarios sin terminar, la vida me llevó por otros derroteros y no pude finalizar la carrera, aunque mi intención es volver y acabarla. Ella resopló de manera audible. Sí, sí planes de volver a estudiar ¿Y cuándo piensas hacer de esposa, a ver? ¿Cuándo vas a criar a tus hijos, cocinarle a tu marido y limpiar la casa? Eres toda una marquesita. Volvió a burlarse, dio otro sorbo a su café y dejó la taza con estrépito sobre la mesa. Te lo digo claro: mi hijo no necesita a una cualquiera como tú, ni de lejos.
Mírala, no tiene ni propiedades, ni carrera, ni nada dijo. Encima, bien presumida, pero ni pizca de inteligencia. En ese momento, la humillación me desbordó. No pude evitar levantarme y encerrarme en el baño. Lloré, sintiéndome pisoteado por una extraña mientras mi marido no abría la boca. Menos mal que nos fuimos pronto de aquella casa; no quería volver y me sentí más aliviado lejos de esa mujer. Pero, claro, comenzó a venir a nuestro piso en Madrid. Y cada vez encontraba alguna ocasión para soltarme alguna pulla, insultarme o intentar herirme, aunque solo fuera un poco.
Finalmente, decidí acudir a una psicóloga de Chamberí. Tras unas pocas sesiones, comprendí que mi suegra era una manipuladora de manual y que yo permitía sus ataques por la educación recibida en casa, que siempre me había enseñado a no enfrentarme y a callar. Así que, la próxima vez que vino a faltarme al respeto, le pedí directamente que se marchase de mi casa. Desde entonces, no volvimos a hablar. Y sinceramente, no me importa. A mi marido tampoco le supone nada especial.
La experiencia me ha enseñado, al menos, que es fundamental poner límites y no dejar que nadie ni siquiera la familia te arrebate la dignidad o la tranquilidad en tu propia casa.






