Recuerdo aquellos días con nostalgia y algo de tristeza. Desde el mismo momento en que supe que iba a ser madre, entendí que tendría que criar a mi hija sola. Cuando el padre supo la noticia, me rogó entre lágrimas que no continuara con el embarazo. Pero mi decisión era firme y no cedí. Por suerte, mis padres estaban de mi lado, animándome a seguir adelante y asegurándome que se harían cargo de todo lo necesario. Y así fue.
Mi pareja desapareció sin dejar rastro, pero mis padres estaban llenos de alegría por tener una nieta en casa. Mi padre tenía un buen empleo en Madrid y se encargaba de todas las obligaciones económicas, eligiendo siempre invertir los euros necesarios para el bienestar familiar. Mi madre, trabajadora incansable, mantenía la casa impecable y cocinaba para todos, siempre con ese toque castizo que tanto se aprecia en nuestro hogar.
Cada vez que intentaba aportar mis propios ahorros al presupuesto familiar, mi padre me los devolvía enseguida, diciendo:
“¿Por qué pones aquí el dinero de la niña? Mejor gástalo en tu hija”.
Del mismo modo, si trataba de ayudar a mi madre en la cocina, ella me detenía con suavidad:
“No te molestes, hija. Quédate con tu niña y déjame a mí el cocido”.
Con el tiempo, volví a trabajar, y empecé a comprar cosas necesarias para la casa. Pero aquellas aportaciones eran más un gesto simbólico que otra cosa. Mi madre se hacía cargo de todo lo doméstico y del cuidado de mi hija, que llevaba el hermoso nombre de Belén. Aparentemente, todo marchaba bien, pero la calma se rompía cada vez que un hombre cruzaba la puerta de nuestro hogar; entonces, mis padres se llenaban de inquietud.
“¿No has aprendido nada en la vida? Todos son iguales, te dejarán y volverás a quedarte embarazada”, me decían con ese tono serio que sólo se escucha entre las plazas de Salamanca y los patios de Segovia.
Conforme Belén crecía, mis padres se volvían aún más estrictos. Me trataban como a una colegiala. Mi madre no dejaba de llamarme para preguntar dónde estaba, cuándo pensaba regresar, con quién hablaba y qué había comido ese día. Después del trabajo, mi padre insistía en acompañarme hasta casa, como si aún tuviera quince años.
Finalmente, conocí a un hombre especial. Cuando mi madre se enteró de que tenía una cita, empezó a notar un dolor en el pecho y a decir que no se encontraba bien, pidiéndome que no la dejara sola. Esta situación terminó por afectar mi relación: él canceló una cita tras otra, hasta que al décimo intento dejó de buscarme. Encontró a alguien cuya madre era más sana y menos sobreprotectora.
Así, mirando atrás, reconozco cuán atados estábamos a las costumbres de nuestra tierra y cómo, a pesar del cariño, la protección excesiva puede ahogar los sueños.







