Dónde resuena

Dónde suena

Logré quitarme el abrigo y sacar la carpeta con partituras de la bolsa justo cuando pegaron un folio en la puerta del salón. Pensé que sería alguna advertencia sobre incendios, pero al acercarme leí: «Desde el día 1 el local permanecerá cerrado. Obras. Se revisa el alquiler». Una firma de la empresa gestora y el número de teléfono.

Dentro ya resonaban las voces. Alguien hacía ejercicios de respiración, otra buscaba las gafas; alguno bromeó con que también les vendría bien una reforma, pero la broma no cuajó. El director del coro, don Rodrigo Fernández, estaba de pie junto al piano y sostenía el papel como si de él pudiese arrancar otra realidad, una en la que todo fuese más sencillo.

Vamos a calentar primero dijo. Su voz era serena, pero yo notaba cómo se contenía para no derrumbarse.

Siempre calentábamos igual, y en ello había consuelo. M-m-m, na-na-na, escalas suaves arriba y abajo. Notaba cómo el sonido se formaba dentro del pecho, cómo dejaba de ser solo mío para ser de todos. Desde que me jubilé y la casa empezó a ser demasiado silenciosa, el coro me sujetaba por los hombros. No como un deber, sino como el sitio donde no desaparezco.

Después del calentamiento Rodrigo levantó la mano.

La situación es la siguiente. Nos piden… hizo una pausa, buscó mejor las palabras nos ponen entre la espada y la pared. Cierran el salón por obras. Y el alquiler, ahora, cuesta el triple. No podemos permitirnos eso.

¿Cómo que no podemos? saltó enseguida Doña Carmen López, que siempre era la primera en hablar. Pero si estamos en el Centro Cultural; no somos una empresa privada.

El Centro ahora depende de otra entidad respondió Rodrigo. Hoy me lo han explicado. Optimización, dicen. Y además… miró el papel como si encontrase algo íntimo escrito en él Me dijeron: Déjenselo a los jóvenes, váyanse a casa.

Sentí como algo se me atragantaba. No era tristeza, sino una rabia seca, como tos. Recordé cuándo colgábamos bufandas en los respaldos de las sillas, cómo traíamos bizcocho cuando había algún cumpleaños, cómo en diciembre poníamos un arbolito de plástico cerca de la ventana y cantábamos tan fuerte que hasta el conserje salía a escuchar, fingiendo revisar la calefacción.

¿Y ahora molestamos? pregunté, sorprendiéndome de que la voz no me temblase.

Molestamos a quienes piensan que sobran los que ya estamos de vuelta dijo Rodrigo. Pero no tiene sentido discutir con quien no quiere escuchar. Decidamos qué hacemos.

Al final dijimos: Luchar. Así lo dijimos luchar aunque ninguno de nosotros tenía experiencia real en ello. Al día siguiente Rodrigo, yo y otras dos compañeras fuimos al Ayuntamiento del distrito con la carpeta, la carta, la lista de integrantes y una copia del agradecimiento por nuestra actuación en las fiestas del barrio. Me puse la falda seria y la blusa como para una entrevista de trabajo.

En la sala de espera olía a café de máquina y papeles. La secretaria, una joven de manicura perfecta, ni levantó la vista.

¿Qué desean?

El coro Almendro en Florexplicó Rodrigo. Nos cierran el local.

Presenten su solicitud por la web o en la ventanilla respondió ella.

Ya la hemos hecho intervino Carmen, entregando el documento. Está firmado.

Papeles no se aceptan respondió la secretaria, y finalmente nos miró con una expresión más cansada que malintencionada. Todo es por el sistema.

¿Y si queremos hablar con alguien…? me costó encontrar las palabras. Sé pagar facturas con el móvil, pero sistema suena a puerta sin picaporte.

Apúntense para cita. Hay hueco en dos semanas dijo ella.

Dos semanas después nos aclararon que la cuestión corresponde al propietario; ese propietario era la gestora, que tenía condiciones comerciales. Rodrigo se esforzaba, preguntaba, rogaba al menos una cesión temporal. Pero las respuestas eran de manual, sin alma. Yo sentía que nuestras voces ahí no formaban coro; cada sílaba se apagaba en el techo.

Lo intentamos en otros sitios: colegio, biblioteca, centro vecinal. En el colegio, la jefa de estudios dijo que todo está ocupado por actividades extraescolares, y cuando Carmen preguntó cuáles, los listó tan rápido que era como un escudo. En la biblioteca la encargada sonreía, hasta que recordó necesidad de silencio y las quejas de los lectores. En el centro vecinal ofrecieron el sótano, donde olía a humedad y el eco era triste. Rodrigo lo miró y musitó:

Aquí perderíamos la voz.

Lo más doloroso no eran las negativas, sino las palabras que nos clavaban: grupo de mayores, poco viable, no encaja con la actividad. Una funcionaria, sin desviar la mirada del ordenador, comentó:

Si lo hacen por gusto, pues ensayen en casa.

Salí a la calle andando tan rápido que parecía huir de algo.

El viernes, fuimos igual al Centro Cultural. Pura costumbre. La puerta estaba cerrada, y en el cristal, el mismo folio, ahora con otro al lado: Prohibido el acceso a no autorizados. Me quedé de pie, carpeta en mano, sin saber dónde poner las manos. Rodrigo nos miró, serios y callados.

No nos dispersamos ordenó. Nos vamos a la biblioteca. He conseguido una hora en la sala de lectura, mientras haya poca gente.

¿Y si nos echan? preguntó tímida Mercedes Torres, poco amiga de discusiones.

Si nos echan, nos vamos respondió Rodrigo. Pero lo intentaremos.

Solo había que andar diez minutos. Marchábamos en fila, como escolares sin profesora. Sentía a la gente mirarnos en la parada: algunos curiosos, otros molestos, como si ocupásemos demasiado el suelo.

En la biblioteca un bibliotecario delgado y amable nos pidió cautela:

Solo que no hagan mucho ruido se apuró. Canten, claro, pero ya saben…

Seremos discretos le aseguré.

Nos colocamos entre estanterías, rodeados de libros que juzgaban con sus lomos. Rodrigo, sin piano, dio él mismo el tono, muy bajo. Al principio temí que sin instrumento nos desuniéramos, pero fue al revés: escuchábamos el uno al otro mejor que antes. La respiración compartida era más sostén que cualquier tecla.

Al principio, en la sala la gente levantaba la cabeza, fruncían el ceño. Una señora cerró el libro de golpe. Pero luego, al entonar una canción sencilla que todos conocen, incluso quienes nunca han cantado en coro, el silencio fue más profundo. No el habitual, sino uno de los que escuchan.

Después el bibliotecario se nos acercó:

Aquí, la verdad, no suele haber tanta vida. Pero mejor la próxima vez junto a la ventana. Así molestan menos.

Rodrigo asintió, como si le ofrecieran un escenario.

Pero la próxima vez jamás llegó. La tercera repentina, la jefa llamó al bibliotecario delante de nosotros:

Han llamado para quejarse. Esto es una biblioteca, no un club.

Me quedé mirando mis manos. Quise decir: No somos un club, somos un coro, pero no encontraba las palabras. Rodrigo dio las gracias, nos agrupó y salimos.

Vaya dijo Mercedes. Qué vergüenza.

Eso dolió más que lo de váyanse a casa. Porque venía desde dentro.

No es ninguna vergüenza saltó Carmen. ¡Estamos cantando!

Cantamos replicó Mercedes. Pero la gente se queja. Estorbamos.

Yo caminaba a su lado sintiendo que algo frágil se me balanceaba por dentro. Comprendía a Mercedes; yo también deseaba volver al salón, a un sitio donde nadie nos podía llamar de más. Pero ese sitio ya no existía: era como perder una habitación propia.

Rodrigo se detuvo antes de entrar al metro.

Vamos aquí dijo de repente.

¿Aquí? Carmen miró alrededor. Gente fluía arriba y abajo; un chaval tocaba la guitarra junto a una columna.

Buena acústica. Aquí no debemos nada a nadie.

Sentí las manos frías, con una vergüenza anticipada, como en el colegio cuando se te olvidan los versos delante de todos. Rodrigo se colocó junto al muro, levantó la mano.

Sólo una canción dijo. Para probar.

Empezamos suave, tanteando el agua. El paso subterráneo sostenía la voz, la devolvía redonda. La gente pasaba; algunos sonreían, otros fingían no oír. Una niña tiró de su madre:

Mira, mamá, abuelas cantando.

La madre quiso apartarla, pero se quedó escuchando con el ceño deshecho.

No todo el mundo era así. Un hombre con bolsa se detuvo, protestó alto:

¿Qué hacéis? Esto no es un concierto.

No tapamos el paso dijo Rodrigo con calma, sin bajar el brazo.

Me da igual el hombre hizo un gesto brusco. Id a vuestra casa.

Sentí el temblor en la barbilla, pero seguí cantando, más fina la voz. Miraba el suelo y pensaba: Si paro ahora, no volveré a empezar. Y me aferré al canto, como a una barandilla.

Al acabar, alguien aplaudió, después más. No era un teatro, era un gracias por un pequeño descanso en la prisa.

¿Ves? Carmen estaba exultante.

Lo veo admitió Mercedes, sin sonreír.

Una semana después sabíamos ya dónde situarnos para no ser estorbo y cuándo había menos gente. Probamos en el parque, entre jubilados y niños; lo intentamos en la sala de espera del ambulatorio (eso fue lo más duro: tos, protestas, quejas). Pero un día, al acabar una pieza breve, una mujer con un vendaje susurró:

Gracias. Al menos he dejado de pensar en los análisis.

Para mí, aquello fue un triunfo.

Rodrigo hablaba de canta donde estés. No lo predicaba, solo lo explicaba muy natural, cuando tocaba. Un día en el parque, yo luchaba con el tapón de mi botella, él me ayudó. Fue tan sencillo que se me llenaron los ojos.

No solo cantamos para nosotros dijo.

¿Entonces para quién? preguntó Mercedes.

Para que la ciudad recuerde que tiene voz. Y para recordárnoslo también.

Parecía simple, pero esas palabras me atravesaron. Recordé el tiempo tras la muerte de mi marido, cuando ni llamaba por teléfono porque la voz ya no me hacía falta. Allí, sin embargo, sí hacía falta, y no solo a mí.

El conflicto surgió donde menos lo esperábamos: en una cafetería del centro comercial, en una esquina casi vacía. Rodrigo habló con el dueño por teléfono, y parecía todo resuelto: Canten le dijo, no me importa, a la gente le va a gustar. Colocamos las sillas en semicírculo, yo acomodé el abrigo en el respaldo, carpeta en las rodillas.

Las dos primeras piezas salieron bien, algún móvil grabando, gestos amables del público. Me sentí otra vez en un salón, no en la calle. Y entonces apareció el vigilante:

¿Quién les ha dado permiso? preguntó, voz mecánica pero sin enfado.

El dueño respondió Rodrigo. Está aquí.

Hay normas. No se pueden hacer actuaciones sin permiso de la administración. Han puesto una queja. Dicen que molestan.

Lo estamos haciendo despacio explicó Carmen.

Da igual. Mi jefe quiere que lo paren.

Vi a Mercedes pálida, recogiendo partituras.

Ya lo decía, susurró. Es una vergüenza.

No es para tanto le dije bajito, sin pensar que sería yo quién le diera ánimo. No hemos hecho nada malo.

Damos la lata responde ella. No quiero que nos miren como a los que no entienden su sitio.

Rodrigo se quedó entre el vigilante y el coro, como entre dos muros.

Hacemos una más y nos vamos, sin líos propuso.

No. Ahora mismo, por favor insistió el vigilante.

El dueño apareció detrás del mostrador, tembloroso.

Os dejaría, pero me pueden multar se excusó.

Sentí regresar la rabia seca y también el cansancio. Cansancio por tener siempre que justificar que merecemos espacio y voz.

Recogimos en silencio. Carpetas, abrigos, sillas. Paseé los dedos por los botones del abrigo para tener algo que hacer. Al salir, una señora murmuró: Qué pena, era bonito. Esa pena, curiosamente, me calentó el pecho.

En la calle, Mercedes anunció:

No vuelvo. Lo siento.

Carmen saltó:

En cuanto vienen mal dadas…

Carmen, interrumpió Rodrigo Déjalo.

Vi a Mercedes ir hacia la parada, pequeña y encogida. Quise correr tras ella, pero el cuerpo no me acompañó. Todos tenemos nuestro límite.

Aquella noche estuve mucho rato en la cocina. El té se enfriaba en la taza. En mi cabeza sonaba Dónde está el sitio. Me di cuenta, de repente, de que lo que echábamos de menos no era el salón, sino la seguridad. Y tal vez lo que necesitábamos era otra cosa: no un lugar físico, sino una forma de estar juntos aunque molestásemos.

Al día siguiente me llamó Rodrigo.

¿Puedes acercarte a la biblioteca infantil? No en la que nos echaron, sino en la de la otra calle. Hay nueva directora. Yo ya hablé, pero mejor que vaya alguien más a explicar que no vamos a molestar.

Fui. La nueva biblioteca era luminosa, con dibujos por las paredes y un piano antiguo pero decente en la esquina. La directora, mujer de pelo corto, escuchaba con atención.

Por las tardes esto está vacío explicó. No hay talleres, ni actividades. Solo pido que no canten muy fuerte, y que una vez al mes hagan jornada abierta. Para quien quiera entrar, sin escenario.

Podemos hacerlo le respondí, notando dentro una calma que me quitaba peso.

Y una cosa más añadió. Mi madre tiene su edad, siempre dice que no sabe dónde meterse. Anímela a venir.

Al salir, me descubrí caminando más despacio. Era porque no hacía falta correr.

Rodrigo reunió al coro en el parque para dar la noticia. Vinieron casi todos, menos Mercedes. Carmen escuchaba de labios apretados, como si temiera alegrarse.

No es el salón de antes advirtió Rodrigo, pero es un sitio. Y tendremos formato: un día al mes, jornada abierta. El resto del tiempo, ensayo.

¿Y si nos vuelven a echar? preguntó alguien.

Seguiremos buscando. Pero ya sabemos que podemos hacerlo.

Alcé la mano:

¿Y Mercedes?

Rodrigo suspiró.

La llamaré. Pero mejor que la llames tú también.

Por la noche lo hice. Mercedes tardó en responder, luego murmuró:

No quiero que me miren como a…

¿Como a persona viva? susurré. Pues que miren. No pedimos limosna; cantamos.

Respiró hondo al otro lado.

Lo pensaré.

El primer ensayo en la biblioteca fue tímido. El piano, un poco desafinado, obligaba a afinar el oído. Me senté junto a la ventana, carpeta sobre mis rodillas. Desde el pasillo se asomaban niños, alguna madre, una anciana de pañuelo que no se atrevía a entrar.

Pase la animé con la mirada. Al final entró y ocupó la punta de una silla.

Fijaron la jornada abierta para el sábado. Sin grandes anuncios; solo un cartelito y un aviso en el grupo del barrio: Coro 55+: Canta en la biblioteca. Entrada libre para quien quiera escuchar. Temía que no viniese nadie y muriese la ilusión, pero el sábado aquello tenía vida. Vinieron conocidos, y niños, y padres, y el antiguo bibliotecario de la otra biblioteca. Incluso se asomó el chico de la guitarra del metro, sonriendo.

No dimos un concierto formal. Rodrigo dijo:

Vamos a cantar lo que ahora llevamos dentro. Si alguien quiere acompañar, bienvenido.

Vi a Mercedes, de pie y con el abrigo puesto. Me acerqué y la tomé del brazo:

Quítese el abrigo, aquí se está bien.

Escucharé respondió.

Escuche desde dentro le puse en las manos su carpeta. Aquí están sus partituras.

Miró la carpeta como quien mira un puente peligroso. Pero se quitó el abrigo y se sentó a mi lado.

Al empezar a cantar, sentí que el espacio, minúsculo, ya era nuestro. No por permiso, sino porque bajo nuestro ritmo todo encontraba su sitio. La gente escuchaba sin distancia de teatro. Algunos musitaban, algunos solo cerraban los ojos. En un momento, la pieza casi se descuadra, el piano titubeó, y Rodrigo sonrió sin interrumpir. Entendí que no necesitaba perfección para sentirme en mi lugar.

Después nadie gritó bravo. Solo dieron las gracias unos cuentos. Un niño preguntó:

¿Puedo entrar en el coro?

Carmen soltó la risa:

Te falta para eso, le dijo. Pero ven a escuchar.

La directora se acercó a Rodrigo.

Os reservo la sala los miércoles y viernes desde las seis. Y en mayo habrá fiesta en el patio: podréis cantar allí, sin escenario, al aire libre.

Rodrigo asintió, y le vi morderse los labios de emoción.

Cuando todos se fueron, ayudamos a recoger. Revisé mi carpeta, cerré la bolsa. Mercedes se acercó.

Yo… empezó, y calló.

Has venido le dije.

He venido repitió, sonriente por primera vez en mucho tiempo. Y ¿sabes? No me da vergüenza.

Asentí. Al salir, la ciudad era la misma de siempre: tráfico, prisas, letreros, gente corriendo. Pero yo, por dentro, sentía algo distinto, no fuerte ni grandilocuente, sino esa certeza de que si tienes voz y quienes respiran contigo, siempre hallas tu sitio. Incluso si hay que inventarlo de nuevo, cada día, a pulmón.

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