Mamá, te presento a Jeanne, mi prometida – dijo Egor con una gran sonrisa.

Mamá, quiero que conozcas a alguien. Esta es Laia, mi prometida sonríe Diego con toda la boca.
Isabel se sorprende tanto que casi se atraganta. Hace dos días, cuando su hijo le avisó de que venía de visita con compañía, se alegró mucho. El chico ya roza los treinta, es hora de sentar cabeza. Se había imaginado una joven sencilla, de aspecto común y buena educación. Pero ¿esta? Casi dos metros de estatura, una falda tan corta que con sólo inclinarse se ve todo, y en lugar de blusa, una tira estrecha sobre el pecho. Y los zapatos, ¡madre mía! Isabel nunca había visto semejantes plataformas, con cordones de rafia. Y además arrastra una maleta enorme.
Buenas tardes logra decir Isabel, y llama a su marido Paco, sal, que Diego nos trae a su futura esposa. Ven, a conocerla
Paco aparece en pijama, en camiseta vieja y calzoncillos. Al ver a Laia, se queda con la boca abierta.
Buenas dice rápido y desaparece. Voy a cambiarme.
Vuelve en chándal nuevo. Este, piensa Isabel fastidiada.
Se pasea pavoneándose.
Disculpe, señorita, por la pinta de antes. Déjeme la maleta, que la meto dentro. Pasen, no tengan reparo dice muy servil.
Laia tropieza al subir los escalones y entra en la casa.
Isabel abraza a su hijo.
¿Pero a quién me traes? Esto, ¿cómo lo digo?, es un portón, susurra.
Diego se ríe:
Ya te acostumbrarás. Es solo lo que parece, luego es muy buena y atenta. Ya lo verás y entra también.
Isabel se persigna.
Virgen Santa, vaya regalito y apura tras ellos.
Los hombres cuchichean en la mesa, mientras Laia en el dormitorio de Paco y Diego deshace la maleta. Isabel observa, asombrada, cómo de ese baúl salen sombreros, bikinis, vestidos de verano, ropa interior.
¿Qué es esto? pregunta, levantando dos cuerdecitas.
Son tangas. Si quiere, le regalo unos, que tengo nuevos ofrece Laia. Isabel imagina esos hilos en su trasero voluminoso y se estremece.
No, gracias gruñe. Pero, ¿por qué estás en nuestro cuarto? pregunta Isabel.
Es que el cuarto de Diego es pequeño y el suyo grande. El tío Paco lo permitió. Dijo que se apañan contesta Laia, sin malicia.
Así que el tío Paco, ¿eh? Ya veremos sale del dormitorio, coge a Paco del brazo y lo saca afuera.
¿Te has vuelto loco? ¿Das nuestro cuarto? Vas a dormir en la caseta, lo sabes, anfitrión mío.
En ese momento, la vaca mugió.
Vaya, por vuestra culpa no he ordeñado a Blanquita dice ella, escupiendo y yendo a por el cubo.
Laia sale tras ella.
¿Puedo probar? Nunca he ordeñado una vaca.
Isabel sonríe:
¿En ese atuendo? repasa a la chica de arriba abajo.
Ahora vuelvo, me cambio y sale corriendo.
Vuelve con shorts y top. Isabel suspira.
Anda, pruébalo, pero ponte un pañuelo.
Laia canta:
¿Me pongo mejor el sombrero? Tengo uno precioso, con frutas.
Isabel resopla.
Pañuelo y punto. Menudos inventos
La lleva al cobertizo y, por si acaso, ata a la vaca.
Aquí tienes el cubo. Ordeña. Yo voy a preparar el desayuno.
Pasa media hora y Laia no aparece. Isabel pone la mesa y se asoma al cobertizo. Se echa a reír. Laia, despeinada, con el pañuelo caído, rodea la vaca, le palpa los costados y murmura:
¿Dónde tienes el grifo, vaquita?
Tras muchas risas, Isabel le muestra dónde está “el grifo” de Blanquita. Laia sólo puede suspirar.
Pues he buscado por todas partes
Tras el desayuno, Laia quiere tomar el sol. Tiende la toalla, se pone el bikini y se tumba. Isabel lleva semanas pidiendo a Paco que corte la hierba junto a la valla y él siempre se escaquea. Hoy, como buen anfitrión, coge la guadaña.
Isabel se enfada, pero lo disimula.
Laia, ¿me ayudas a recoger frambuesas? Luego haremos mermelada y algún refresco.
Laia salta:
Claro, tía Isabel.
Van a la huerta; Isabel le da un bote y Laia se pone a recoger frutos con mucho empeño. Justo entonces la vecina llama a Isabel y charla con ella largo rato. Isabel lamenta no tener una nuera como imaginaba. Pero la vecina le dice:
Tranquila. Mira, el hijo de los Fernández trajo una que Valentina aún no se ha repuesto. Montaron el banquete y la botella en la mesa. Y esa chica, Mónica, se emborrachó tanto que fue a sentarse encima del suegro. Le tiraba de los bigotes y se reía como una mula, diciendo cuánto le gustan los viejos, porque no son tacaños. ¿Nos regaláis el coche en la boda? Tu chica no se escaquea del trabajo.
Isabel levanta las manos:
Me he enrollado. Ojalá Laia no haya hecho alguna trastada
Se asoma al huerto. Vacío.
¿Laia, dónde estás? llama.
Aquí se oyen voces entre ortigas y hojas enormes. Laia asoma, despeinada y llena de cardos.
¿Por qué te metiste allí? Eso es terreno ajeno, la casa está abandonada se extraña Isabel.
Pero allí las frambuesas son más grandes y muestra orgullosa el bote lleno.
Ay Dios, ¡qué pelos! Ven aquí, que te lo arregle.
Se sientan en el porche. Isabel le quita los cardos y va preguntando por la vida de Laia. Ella, sencilla, cuenta:
Viví con mi abuela. Mis padres eran geólogos y siempre andaban de viaje, hasta que les cayó un desprendimiento. Cuando terminé el instituto, la abuela falleció. Fui a trabajar: de camarera, de lavaplatos Hasta que me buscó una agencia de modelos. Pero no me gusta, allí te tratan como muñeca, te ponen y te quitan. Conocí a Diego y él me propuso servir cafés en su oficina. Ahí está bien, todos son simpáticos y nadie me dice cosas feas.
Tras el baño, todos están relajados en la cocina de verano, tomando té.
Tía Isabel, ¿me enseña a hacer todo aquí? Me encanta este sitio, tan bonito y tan tranquilo.
Isabel guiña a su hijo.
¿Y te casarías con mi tontorrón?
Laia se sonroja.
Él nunca me lo ha pedido.
Diego se ríe:
No das opción, madre. Ni un día soltero me dejas.
Isabel resopla:
Ya está, ya has tenido tiempo. Mira, Laia, si no te pide matrimonio, vente conmigo. Te busco buen marido.
Laia casi llora:
Gracias, tía Isabel, pero yo quiero a tu Diego
Medio año después, los jóvenes se casan. Ayer Laia le contó a Isabel, en voz baja, que pronto será abuela.
Así que nunca juzgues a las personas por su apariencia. Puedes pasar por alto a alguien buenoAños después, en una tarde luminosa, Isabel se sentaba en el porche viendo correr a sus nietos por el patio, mientras Laia preparaba limonada con Diego detrás cortando rodajas de pan.
Isabel no podía evitar sonreír. Aquella muchacha extravagante que un día llegó en platillos y tangas había encontrado su sitio y llenado la casa de alegría. Laia se había convertido en su cómplice para cada receta nueva, cada cosecha, cada tradición. Ni los sombreros de frutas ni los cardos inesperados podían cambiar el amor y la dedicación que aportaba a la familia.
Isabel se levantó despacio y fue hasta Laia, abrazándola por la espalda.
Sabes, hija, nunca imaginé que sería tan feliz con una nuera como tú.
Laia giró y sonrió, sus ojos brillando como el sol.
Y yo nunca pensé encontrar un hogar tan cálido.
En ese momento, la vaca Blanquita mugió y un niño pequeño se escapó, riendo, directo hacia el huerto. Todos lo siguieron, entre carcajadas y gritos suaves.
La vida había cambiado, sí, pero Isabel supo que a veces, el mejor regalo llegaba envuelto en sorpresa y risas. Y con Laia en su familia, cada día traía algo inesperado, y siempre, siempre, algo hermoso para recordar.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

2 × 1 =