Mi madre soñaba con tener una niña.
Ella y mi padre fueron bendecidos al principio con hijos varones. Yo fui la cuarta en llegar a la familia, la pequeña y muy deseada. Recuerdo que mi madre solía llamarme princesa. De broma, decía a veces que los chicos eran demasiado traviesos y que era más difícil entenderse con ellos. Por eso, cuando tras una ecografía supo que esperaba un niño, se preocupó un poco.
Para mi marido y para mí, el género no era tan importante; desde el momento en que supimos que esperaba un bebé, estábamos profundamente enamorados de nuestro futuro hijo. Después del examen, comenzamos a comprar cosas y a preparar poco a poco la habitación infantil, eligiendo juguetes y ropita que parecían más de niño, y mi madre nos aconsejaba no precipitarnos, porque todo podía suceder.
No sé si rezó o si tenía algún presentimiento, pero tras el parto, nos llevamos una sorpresa enorme: había nacido una niña. A veces ocurre que las ecografías muestran una cosa y la realidad resulta ser otra.
Por supuesto, mi madre estaba encantada, y yo me preguntaba si deberíamos cambiar los peleles azules con estampados de coches o no. No quería que la gente pensara que en el carrito había un niño cuando salía a pasear con mi hija.







