Para poder dedicarme a mis hijas, tuve que dejar el trabajo. En ese momento, mis niñas tenían 3 y 2 años.
Con mi marido, estábamos pasando por una época complicada económicamente, que nos afectaba mucho en nuestro día a día. Tuvimos que luchar para salir adelante y ni siquiera podíamos permitirnos pagar la matrícula de nuestras hijas en un buen colegio. No queríamos que fueran a uno público.
No teníamos otra opción más que enseñarlas en casa. Fue una decisión muy difícil.
Después de leer varios blogs sobre homeschooling, mi marido y yo nos animamos a educar a nuestras niñas en casa, aunque no teníamos mucha idea al principio.
La mesa del comedor se convirtió en aula, llena de dibujos educativos y divertidos por todas partes.
Un familiar mío que era profesor me pudo dar el temario de cada asignatura. Me puse manos a la obra y organicé un horario: tiempo para hablar con mamá, tiempo para jugar y tiempo para aprender.
Así empecé a enseñar a mis hijas en casa.
Era complicado, y a veces dolía leer críticas sobre la educación en casa, diciendo que era imposible. Pero supe aprovechar la situación y siempre defendí mi opinión.
Después de tres meses conseguimos sacar muy buenas notas. Fue increíble ver cómo mis hijas lograban cosas que nunca me habría imaginado.
Ahí fue cuando pude ver de verdad los efectos positivos de educar en casa. Tuvo un impacto muy profundo en su vida espiritual y social.
Seguí con el homeschooling más de cinco años. Y hoy en día, mis hijas son sinceras, valientes, seguras de sí mismas y muy inteligentes.
Cuando hacemos alguna presentación en público, la gente suele preguntar: ¿de qué colegio sois?
Gracias a todo lo vivido y aprendido con ellas, me convertí en una entusiasta de la educación en casa.
Creo que esta tendencia traerá muchos cambios positivos.
La verdad, puedo decir que mi entrega a mis hijas me dio un verdadero sentido en la vida.
Si no hubiéramos aceptado el reto, jamás sabría que tenía estas fortalezas. Nos permitió, tanto a mí como a mis hijas, crecer y ser mejores.
Como se suele decir aquí: los retos no nos rompen, nos hacen.Hoy, cuando veo a mis hijas construir sus propios caminos con firmeza y alegría, sé que valió la pena cada esfuerzo, cada duda y cada noche en vela. Nuestra pequeña aula improvisada en el comedor transformó más que su educación: transformó mi visión de la vida. Aprendí que la adversidad puede ser el mejor maestro y que la dedicación puede abrir puertas que antes parecían cerradas.
No sé qué nos deparará el futuro, pero sé que mientras mantengamos la pasión por aprender y la confianza en las posibilidades, cualquier desafío será solo el inicio de una nueva lección. Si alguna vez alguien duda del poder de un hogar lleno de amor y aprendizaje, yo les diré que allí, en la mesa de nuestro comedor, descubrimos que el corazón es el mejor maestro y el alma, el mejor alumno.
Y así seguimos, juntos, aprendiendo cada día.







