Cómo sobrevivir cuando tu esposa se convierte en una auténtica “cerdita” en casa

Llevo doce años casado con mi esposa, y si lo pienso en este sueño extraño, nuestra historia no es, para nada, trivial. Al principio era todo maravilloso: yo trabajaba, ella cuidaba el hogar, y juntos tuvimos dos hijos milagrososuna hija que sólo podía llamarse Jimena y un hijo, Rodrigo.

No hace mucho, en este Madrid en el que vivimos entre calles que a veces se vuelven ríos y, otras, desiertos rojos de azafrán en los sueños, fui ascendido en el trabajo. Nuestro hogar empezó a llenarse de euros como panes recién hechos. Creí que por fin podríamos vivir en calma, como una siesta eterna bajo el sol de La Mancha. Pero los problemas surgieron de un rincón donde jamás los habría imaginado.

De repente, mi mujer empezó a entregarse a las telenovelasesos relatos delirantes en los que las familias se multiplican y los amores son imposibles, donde el jamón curado y la paella aparecen en la mesa por arte de magia. Lo surreal era que veía de todo: desde dramas turcos hasta series policiacas y ahora hasta esas doramas coreanas que parecen olas sonando contra los acantilados de Asturias.

Al principio no me molestabacreía que era su forma de escaparse, quizás incluso de soñar otra vida. Pero poco a poco, las telenovelas fueron devorándole el tiempo hasta dejarle apenas un hilo para sostenerse en el día a día. Jimena y Rodrigo comenzaron a comer comida para llevar casi a diario, paellas precocinadas y croquetas de supermercado, y mi mujer sugería sin cesar que pidiéramos más, a falta de ganas para cocinar. ¿Y qué comen los niños?, me preguntaba a veces, flotando por la casa como si ella misma fuera uno más de sus personajes de ficción.

Además, mi esposa empezó a engordar, convertida en estatua frente al televisor, siempre con un bol de aceitunas o patatas fritas en la mano. Traté de arrancarla del hechizo, le propuse ir juntos al gimnasio o a nadar a la piscina municipal de Chamberí, pero su respuesta era siempre: Estoy cansada. ¿Agotada de qué, si los días se escurrían entre las sombras azules y naranjas del televisor?

En algún momento, decidido a hacerle reaccionar, contraté a una asistenta de Cuenca que dejó la casa reluciente. Pero mi esposa interpretó la limpieza como una señal de que podía entregarse por completo al sofá y la pantalla, como si hubiese desaparecido del mundo. A los niños apenas les presta atención: Rodrigo hace los deberes en solitario y Jimena se peina sola, mientras su madre viaja a universos inventados por otros.

Yo regreso del trabajo antes de tiempo, a veces caminando bajo una lluvia que sólo cae sobre mí, para poner la lavadora o ayudar con las tareas escolares, preguntándome en voz alta si acaso estoy soñando todo esto. Mi suegra, digna señora que vive en un piso antiguo cerca de la Puerta de Toledo, está siempre de su lado. Antes pensaba que no era digno de su hija, ahora apenas me mira y sus palabras vuelan, perdidas como palomas asustadas por el tráfico.

Pienso ya en el divorcio, aunque la pena más grande son Jimena y Rodrigo, atrapados también en este teatro onírico. No sé cómo despertar de esta pesadilla de salsa rosa y luz de plasma. No sé si hay salida. Tan sólo sigo andando por las calles de mi propio sueño, buscando respuestas donde no las hay, entre anuncios de telenovelas y portales que se transforman en espejos de feria.

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